La primavera se abre camino

La primavera se abre camino (at Madison Square Park)
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#nycstrong

(at Roosevelt Island)
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US NAVY+USAF Flyover

Hoy a mediodía, homenaje de la USNavy y USAF a los trabajadores sanitarios y de emergencias que luchan contra el COVID-19 (at New York, New York)
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Times Square. Bike territory

Pocas veces Times Square está tan despejado para el paso de los ciclistas. (at Times Square, New York City)
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Calles despejadas

Calles despejadas un sabado de primavera #staystrongnyc🗽 (at 5th Ave & 55th St)
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Wide open spaces

Wide open spaces (at New York, New York)
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#staystrongnyc

#staystrongnyc🗽
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Stay safe and healthy

Stay safe and healthy (at City Cinemas 1, 2 & 3)
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Six feet saves lives

Seguimos en casa poniendo nuestro grano de arena para parar esto. . Mientras tanto, podéis escuchar el último podcast donde repasamos la reacción de NYC a las epidemias a lo largo de su historia. Accede desde la bío.
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Podcast: Las epidemias que modelaron Nueva York

En septiembre de 1668, Samuel Megapolensis, el pastor de la iglesia holandesa en la recién creada Nueva York, escribía a un amigo acerca de cómo el Señor nos había «visitado con la disentería, la cual incluso ahora está aumentando en virulencia».  Muchos han muerto por eso, y muchos están enfermos «.

Lo que Megapolensis estaba describiendo era probablemente el primer brote de fiebre amarilla de la ciudad y que la asolaría intermitentemente  durante más de un siglo.

 Más de 350 años después, el mundo y Nueva York se encuentran en medio de otra pandemia, y el número de casos aumenta cada día.  

Es instructivo e incluso puede llegar a ser sedante el recordar que hemos estado aquí antes: desde la fiebre amarilla y el cólera hasta la polio y la mal llamada gripe española.

La forma misma de la ciudad ha sido dictada por su respuesta a las epidemias.  Revisitar estos brotes en el pasado ​​no solo proporciona una idea de la capacidad de recuperación de la ciudad, sino que también apunta a formas en que la pandemia puede remodelar Nueva York una vez más.

 La fiebre amarilla fue tan devastadora en los principios de Nueva York porque, como el nuevo coronavirus, nadie tenía inmunidad natural.  Esto estaba en marcado contraste con la viruela, la enfermedad más prominente en los siglos XVI y XVII;  

Si bien esa enfermedad devastó las comunidades de nativos americanos como la población de la Confederación de los Iroquois y los grupos a ellos alineados cuya población se redujo hasta en un 87 por ciento, muchos colonos habían adquirido inmunidad a la enfermedad mientras aún vivían en Europa, donde los brotes de viruela eran casi rutinarios por aquel entonces.

 Las estadísticas precisas sobre los primeros brotes de fiebre amarilla son difíciles de encontrar, pero revisando las crónicas, en 1702, Lord Cornbury, el gobernador colonial de Nueva York, escribió que «en diez semanas, la enfermedad ha barrido a más de quinientas personas de todas las edades y sexos».  

Para poner eso en perspectiva, la población de la ciudad de Nueva York en ese momento rondaba únicamente los 5,000;  El 10 por ciento de los vecinos de la ciudad murió en menos de tres meses.

Si bien el vector más común para la fiebre amarilla fueron las picaduras de mosquitos, en los siglos XVII y XVIII la enfermedad se atribuyó a todo, desde los malos vapores (la llamada teoría de la enfermedad «miasma») hasta el saneamiento deficiente y el aumento de la inmigración, tanto así que  llegó a ser conocida como «la enfermedad de los extraños».  

Para combatir el miasma, en la década de 1730, Nueva York comenzó a regular el estabulado del ganado dentro de los límites de la ciudad, y finalmente  los mataderos y los corrales se trasladaron al área cerca del llamado Collect Pond, un estanque que cubría el área donde ahora se encuentran los tribunales de Foley Square y el edificio municipal, en el lower Manhattan.

Esta reordenación no logró hacer mucho para detener los embates de la enfermedad.  Impulsada por un nuevo brote en 1793, la ciudad de Nueva York creó su primer Departamento de Sanidad, que promulgó una serie de leyes de cuarentena cada vez más estrictas, también creó una Comisión de Sanidad, constituida tres responsables para administrar y autorizó al Consejo local a aprobar ordenanzas sanitarias y nombrar un inspector sanitario.

 Si bien la comisión de sanidad no tenía mucho poder más allá de reaccionar ante los brotes de las enfermedades, en otros lugares de la ciudad, los médicos y los reformadores estaban considerando cómo abordar los problemas de salud pública.  

Entre las soluciones estudiadas estaba una ubicación permanente para el paso de las cuarentenas, que finalmente sería una granja fuera de los entonces límites de la ciudad llamada «Belle Vue», y que fue comprada en 1798 por el hospital del centro de la ciudad con dicho nombre y pronto, como el propio Hospital Bellevue, se convirtió en un lugar clave para aislar a las víctimas.

En 1799, respondiendo a las llamadas para limpiar las innumerables fosas sépticas de la ciudad, Aaron Burr, más conocido por su brazo financiero, el Banco de Manhattan, precursor del actual JP Morgan Chase, fue el precursor en instalar una primitiva tubería de madera en el bajo Manhattan y así por primera vez, algunos privilegiados neoyorquinos pudieron disfrutar en sus viviendas de lo que por aquel entonces podía considerarse como agua potable.

Pero la fuente de agua potable de de Burr, ubicada cerca del estanque de recolección de aguas fecales, el Collect Pond, era en sí totalmente insalubre.  En 1803, el Consejo de la Ciudad votó por desecar y rellenar de tierras este estanque, que había acabado irremediablemente contaminado completamente por los desechos urbanos y de los numerosos mataderos cercanos.  

Para ello, la ciudad cavó un canal de desagüe que discurriría en dirección oeste hacia el río Hudson y para ello pagó migajas a los neoyorquinos que por aquel entonces se ofrecieron a ello por hallarse sin trabajo para ayudar en la tarea.  

Este canal, una vez drenado el estanque , se rellenó durante la década de 1820 y ahora es lo que todos conocemos como Canal Street;  Los terrenos recuperados donde se encontraba este estanque dieron origen al vecindario de Five Points, que pronto se convertiría en la ubicación de algunas de las viviendas ocupadas por inmigrantes más superpobladas de la ciudad, los llamados Tenements.

A su vez, y mientras se acometía esta empresa de drenaje , una comisión formada a tal efecto, estaba ya trazando la cuadrícula de calles y avenidas rectilíneas de Manhattan desde Houston St. Hasta la actual calle 155, marcando una vía para que los por aquel entonces neoyorquinos más ricos escapasen de los primitivos e insalubres confines del bajo Manhattan.  

Una crítica a este nuevo Commissioners plan para Manhattan fue su falta de espacios abiertos, pero los comisionados señalaron que, a diferencia de París o Londres, donde una gran cantidad de lugares amplios como los parques podrían ser necesarios, en Nueva York con sus grandes brazos de mar que la envuelven por el este y el oeste, esto no era particularmente necesario en lo que respecta a la salud y el placer de sus habitantes.

Esencialmente, después de haber presentado el plan, pensaron que el plan proveía de espacio libre más que suficiente para una población mayor de la que por entonces habitaba en cualquier lugar de Estados Unidos. 

Los comisionados sostenían que la mayor parte de Manhattan, con o sin cuadrícula trazada, en cualquier caso era espacio libre y abierto para el necesario esparcimiento de los vecinos.

Solo tendrían que pasar un par de generaciones para constatar que ese espacio libre inicialmente previsto había desaparecido por completo.

En la década de 1830, unos años en la que la población de la ciudad creció de 200,000 a más de 310,000 habitantes, Nueva York se vio afectada por nuevos desastres.  Así es, que en junio de 1832, un brote de cólera mató a 5.000 personas en solo dos meses, y particularmente en el creciente barrio de Five Points.  Como nadie sabía aún que la enfermedad se propaga principalmente a través del agua contaminada, la ciudad continuó ignorando sus galopantes problemas de escasez de agua realmente potable.

Esta percepción cambió cuando, en diciembre de 1835, estalló un incendio en Hannover Square , destruyendo casi todo lo que quedaba de la primitiva ciudad colonial holandesa y británica.  

Aunque Nueva York ya tenía códigos de protección de incendios relativamente estrictos, este incendio, que, a diferencia del brote de cólera, golpeó los edificios de los más ricos, destacó la continua dependencia de la ciudad del agua de los pozos.

Si bien la compañía de suministro de agua Burr ‘s Manhattan Company todavía existía, nunca había llegado a tender  suficiente  cantidad de tuberías de suministro para llegar a ser realmente viable financieramente .  

Las casas que se estaban construyendo en áreas emergentes más al norte como Greenwich Village todavía tenían letrinas y cisternas de agua, a veces construidas una adyacentes a las otras, lo que hacía muy poco para frenar la propagación de las enfermedades en el agua de consumo humano.

En respuesta al incendio, la ciudad impulsó la construcción del Acueducto Croton, una obra faraónica que se inauguró en octubre de 1842 y que a día de hoy sigue surtiendo a Nueva York de agua potable.

Este  sistema de transporte hidráulico  fue construido siguiendo los principios romanos antiguos, con agua que descendía por gravedad desde la presa del río Croton, a 40 millas al norte de la ciudad en el condado de Westchester.  «

Nueva York a partir de ese momento no solo tendría la capacidad de combatir incendios de manera más efectiva gracias a un constante suministro de agua, sino que las nuevas construcciones que se llevarán a cabo en la ciudad también podrían incluir tuberías interiores de suministro de agua potable.

Al igual que Greenwich Village había proporcionado un escape para algunos neoyorquinos de clase media que buscaban salir del bajo Manhattan, la promesa de agua corriente en las viviendas empujó a otros futuros propietarios hacia el norte a vecindarios recientemente acuñados como Gramercy Park y Chelsea, lo cual brindó a los residentes con mayores posibilidades, la oportunidad de vivir en hogares más limpios y salubres.

Pero para la creciente clase trabajadora de la ciudad, en su mayoría inmigrantes de Alemania e Irlanda, las condiciones empeoraron.  La construcción del primer Tenement de la ciudad (probablemente en el número 65 Mott Street) a mediados de la década de 1820 provocó una nueva ola de densidad en Five Points.  

Para cuando estallaron los disturbios debido al reclutamiento de soldados de la Guerra Civil en julio de 1863, la ciudad albergaba ya a más de 800,000 personas, casi una cuarta parte de las cuales eran irlandesas, y la mayoría de ellas vivían en este barrio de Five Points.

Una vez concluida la Guerra Civil, los reformadores encabezaron el movimiento para mejorar la salud y el bienestar de estos inmigrantes que seguían llegando en oleadas al país y a la ciudad.

La primera de ellas fue la introducción de la «Ley para la Regulación de Viviendas en las ciudades de Nueva York y Brooklyn», una precursora de los actuales Building Codes, que regulaba las salidas de incendios, los primitivos medios de extinción y la evacuación de los edificios.

En 1879, esta primitiva ley se revisó para introducir la obligatoriedad de inodoros en los edificios y proporcionar una ventana al exterior en cada habitación de las viviendas.  Esto creó lo que se conoció como una tipología de vivienda de edificio en H con patios interiores entre los distintos edificios para la ventilación de los espacios interiores, lo cual tampoco evitaba que estos mismos patios eran a menudo demasiado estrechos para proporcionar realmente un flujo de aire adecuado y que en cambio, se llenaban de olores nocivos e incluso acababan convertidos en receptáculos para la basura.

Finalmente, el proporcionar la conexión de los edificios al nuevo alcantarillado de la ciudad fue un gran paso adelante en la batalla contra las enfermedades.  

Pero colocar tuberías de alcantarillado y obligar a abrir ventanas de viviendas era solo una parte de la gran cruzada en pos de salud pública.  

A partir de la década de 1850, el movimiento para crear Central Park y otros parques de la ciudad no solo consistió en corregir los errores de la cuadrícula del plan inicial de la cuadrícula de los Comisionados, sino en mejorar la salud, tanto física como moral, de los neoyorquinos.  

De hecho, para muchos en el siglo XIX, la mala salud a menudo estaba vinculada a la moral laxa, y no es de extrañar que el co-diseñador de Central Park, Frederick Law Olmsted, considerara que el parque tenía una «influencia armonizadora y refinada sobre las más desafortunadas y sin ley clases sociales de la ciudad.

Si bien, al menos la mayoría de las personas, ya no vinculan la mala salud con la depravación moral, que, en el siglo XIX, también tenía una implicación de oposición a la inmigración, no hay duda de que los patrocinadores del parque tenían razón en una cosa: pasar tiempo en espacios verdes es bueno para la salud.

A principios del siglo XX se producirían  dos epidemias más que pusieron de nuevo a prueba la preparación y capacidad de reacción de Nueva York.

 El 8 de junio de 1916, se informó de cuatro casos de poliomielitis, más conocida como polio o parálisis infantil, en la comunidad italiana del Gowanus, en Brooklyn.  La polio, una enfermedad viral, había comenzado a aparecer más regularmente en los Estados Unidos a fines del siglo XIX, pero rara vez se generalizó.  El primer brote importante en Nueva York había sido en el verano de 1907, cuando se informó de alrededor de 2.500 casos.

 Pero este brote de 1916 sería diferente: los investigadores pronto descubrieron una serie de casos no reportados tanto en Brooklyn como en Manhattan, y para el 17 de junio, el departamento de sanidad había declarado ya la epidemia.  

Los hogares donde alguien había contraído la polio podían optar por la cuarentena o que los contagiados fueran enviados a un hospital de la ciudad.  

Dado que muchos no podían cumplir con los estrictos requisitos de cuarentena de la ciudad, que incluía una habitación separada para uso exclusivo del paciente y un asistente que no estaría involucrado en ninguna preparación de alimentos en el hogar, se les arrebataron a muchos padres sus hijos y muchos murieron finalmente separados en los  hospitales de cuarentena.  

Finalmente, más de 23,000 personas contraerían la enfermedad, de las cuales aproximadamente 5,000 perecerían.

Pero esto fue solo un preludio de lo que llegaría de Europa dos años después, en 1918: la gripe, que terminó matando a entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo en tres oleadas y que, junto con los 18 millones de personas que perecieron en la Primera Guerra Mundial, casi destruyó a toda una generación.

 Al igual que con la polio, Nueva York pudo aprovechar su infraestructura de salud preexistente.  El Departamento de Sanidad requisó almacenes de armamento y otros edificios públicos para crear clínicas de campo, y además lanzó una campaña que instó a las personas a costumbres bastante generalizadas por aquel entonces como no escupir en público o toser cerca de otros.

Finalmente , Nueva York consiguió uno de los mejores resultados en los Estados Unidos: alrededor de 30,000 neoyorquinos perecieron por la gripe en 1918-19, con una tasa de mortalidad de aproximadamente 3.9 personas por cada 1,000.  (En Filadelfia, donde la gripe probablemente desembarcó por primera vez en el país, casi 8 de cada 1,000 casos terminaron siendo fatales). Algunos atribuyeron el éxito de la ciudad a la práctica novedosa de escalonar los horarios comerciales y de entretenimiento para aliviar la congestión del metro y así  mantener a los neoyorquinos más alejados entre sí ,similar al distanciamiento social actual que tratamos de aplicar en estos momentos.

En la década de 1920, el recuerdo de los estragos causados por estas epidemias ayudó a dar forma a las nuevas políticas de vivienda de la ciudad, y en especial la vivienda pública. 

El Lower East Side albergaba a más de un tercio de la población de Manhattan, con muchas personas todavía viviendo en viviendas abarrotadas y de deplorable calidad.  

Muchos reformadores argumentaban que mejorar las condiciones de las viviendas sería un primer paso necesario para prevenir otro brote de enfermedad.  

Fue así como surgieron nuevos edificios de apartamentos subsidiados, como los Apartamentos Dunbar financiados por el propio Rockefeller en Harlem y las Viviendas Amalgamadas en el Bronx.  El Dunbar, inspirado en los apartamentos con jardín populares en lugares como Jackson Heights, presentaba entradas privadas a patios interiores de manzana o interior courts (en lugar de viviendas, a las que se ingresaba desde la calle) y apartamentos bien diseñados con cocinas y baños modernos, junto con llamadas “amenities” como una guardería, sala de esparcimiento, área de juegos e incluso seguridad privada.

 Estos edificios promovidos con fondos privados fueron seguidos por los primeros edificios de la llamada  NYCHA, la New York City Housing Authority, y sus primeras Casas en East 3rd Street, que prometían en su lema «sol, espacio y aire», y señalaban que estos eran los requisitos mínimos de vivienda a los que tiene derecho todo estadounidense.  

El diseño de una torre en un parque que floreció en las próximas tres décadas del siglo XX a menudo se atribuye a Ville Radieuse de Le Corbusier y la creencia de este arquitecto de que los conjuntos de edificios altos ampliamente espaciados solucionarían los problemas de la sociedad.  Le Corbusier, como muchos de sus contemporáneos modernistas, estaba profundamente influenciados por los efectos del brote de la gripe de 1918, por lo que sus ideas de que la planificación urbana y la construcción de viviendas deberían promover la buena salud y la buena moral habrían resonado intensamente en los planificadores urbanos de Nueva York.

Pero la ciudad sabía que la luz del sol y el aire por sí solos no serían suficientes.  

En los edificios de vivienda pública de NYCHA, el alquiler debía pagarse semanalmente, y tomando prestado de la respuesta de salud pública durante las epidemias del pasado, se contrataron asistentes de vivienda tanto para cobrar este alquiler como para hacer un control sanitario semanal.  De esta manera, la ciudad consideró que podría estar un paso por delante de cualquier problema, incluidas enfermedades graves, y esencialmente poner a los inquilinos en contacto con un trabajador social de manera regular.

En la actualidad, puede ser difícil, con gran parte de las viviendas públicas de Nueva York plagadas de roedores, moho, pintura con plomo y a veces ascensores rotos, ver estos edificios como una historia de éxito de salud pública.  Pero para aquellos que se mudaron a ellos  desde las condiciones de viviendas hacinadas, los llamados “projects” fueron un cambio a mejor en sus condiciones de vida.

Sin embargo, a fines de la década de 1940, la fuerte resistencia de los inquilinos había eliminado estos controles semanales y, a medida que se desarrollaban las vacunas contra la polio, la fiebre amarilla y otros flagelos para la salud, en la década de 1950, la amenaza inminente de una emergencia de salud pública se fue desvaneciendo.  

Décadas más tarde, cuando Nueva York entró en la gran crisis fiscal de la década de 1970, muchos bienes inmuebles residenciales sufrieron, pero ninguno más que el envejecimiento sufrido por las viviendas públicas, donde el deficiente mantenimiento permitió que los problemas crecieran, a veces de manera exponencial.

Hoy en día, 1 de cada 15 neoyorquinos depende de la vivienda pública.  Mientras Nueva York se enfrenta a la pandemia de Covid-19, ¿cómo se atiende a los inquilinos más vulnerables de la ciudad de estos edificios?  

En una era de distanciamiento social como en la que nos hallamos recluidos, la validez del énfasis de Le Corbusier en el espacio abierto es evidente.  

Pero si se les va a pedir a los neoyorquinos que se refugien dentro de sus viviendas para soportar lo peor de la pandemia, está la ciudad a la altura?  

Durante casi cuatrocientos años, Nueva York ha podido responder a diversos brotes de enfermedades mediante la construcción de nuevos hospitales, la creación de estaciones de cuarentena y el establecimiento de zonas seguras.  Pero la asistencia a sus residentes más desfavorecidos generalmente es reactiva y ocurre generalmente después del hecho.  Desde los patios interiores de los edificios de viviendas hasta los espacios verdes en torno a las viviendas públicas, la arquitectura de Nueva York generalmente ha mirado por encima del hombro al último problema sufrido y rara vez se adelanta al siguiente.

Lo que el futuro cercano nos depara y el mundo que nos espera ahí fuera cuando salgamos es incierto.

El mundo y para  notrosos aquí la ciudad estará  esperándonos para recordarnos que hemos de perseverar en los esfuerzos por la mejora del entorno vital de todas las personas y a no cejar en la observación y vigilancia de nuestros gobiernos para que actúen imparcial y responsablemente con la información proporcionada por la ciencia para que la historia no vuelva a escribir una vez más uno de estos capítulos de tragedia e irreparables perdidas de vidas humanas.

En estos tiempos de cuarentena echamos la vista atrás en la historia de Nueva York para revisitar la historia de las epidemias que asolaron esta ciudad y de un modo u otro le dieron la forma que hoy tiene.

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We’ll be back!

We’ll be back! Volveremos! (at NYPL The New York Public Library)
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Englewood cliffs

Buscando un poco de evasión de la actualidad a través de la música. Estos son los Englewood Cliffs, NJ, sólo un poco río arriba en el Hudson tras el George Washington Bridge. Aquí, en los Van Gelder Recording Studios, se grabó en 1964 una de las obras maestras del jazz: A Love Supreme, de John Coltrane. Música para refugiarse en ella. (at Englewood Cliffs, New Jersey)
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Podcast: Seneca Village, el barrio de Nueva York que Central Park destruyó

Podcast: Seneca Village, el barrio de Nueva York que Central Park destruyó

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Central Park, la gran alfombra verde que preside la mitad superior de la trama urbana de Manhattan es algo ya inherente a esta ciudad. Ha sido un ejemplo para la creación de multitud de parques y zonas verdes de recreo tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.

Hoy, con sus más de 150 años de historia continúa siendo ese verde oasis que tanto el neoyorkino como el visitante encuentra cuando busca abstraerse del ajetreo y la actividad de la ciudad que le rodea.

Pero esta gran y rectangular mancha verde de más de 3 km cuadrados de extensión, formada por praderas, pequeños bosques, lagos, senderos, parterres y calles y que la ciudad concibió y promovió entre 1857 y 1876 con el diseño de los arquitectos paisajistas Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux no fue establecida sobre terrenos vírgenes de la isla de Manhattan.

Este gran parque hoy delimitado por la calle 59 en su parte sur, la calle 110 en su extremo norte ya colindante con Harlem, la quinta avenida por el este y Central Park West u Octava avenida por el oeste, ocupa, al menos en su lado oeste los terrenos que en los años anteriores a su planeamiento y construcción ocupara un asentamiento urbano que constituía una dinámica y casi desconocida comunidad, entre las actuales calles 83 y 88, y que únicamente en los últimos años ha salido a la luz gracias al trabajo de historiadores y arqueólogos.

Antes de que se creara Central Park, el paisaje a lo largo de lo que ahora es el perímetro del parque desde la calle 83 oeste hasta la calle 89 era el original emplazamiento de Seneca Village, una comunidad de predominantemente de afroamericanos, muchos de los cuales eran propietarios de los terrenos. 

Alrededor de 1855, el núcleo de población estaba formado por aproximadamente unos 225 residentes, compuestos por aproximadamente dos tercios de afroamericanos, un tercio de inmigrantes irlandeses y un pequeño número de personas de ascendencia alemana. 

Seneca Village, uno de los pocos enclaves afroamericanos de la época, permitió a los residentes vivir lejos de las secciones más urbanizadas del centro de Manhattan y en cierto modo escapar de las condiciones insalubres y sobre todo el racismo al que se enfrentaban allí.

Quizás la primera pregunta que nos hacemos sería el origen de la denominación de este núcleo o poblado como Séneca Village.

Como en muchos otros asuntos históricos no estudiados hasta fechas recientes, las opiniones y argumentos son diversos.

Aún así, la teoría de que el nombre pudiese derivar de la tribu nativa de los Seneca parece poco probable, dado que la isla de Manhattan no era territorio habitado por esta tribu o grupo nativo. 

Otros historiadores sustentan la teoría más poética y políticamente más  atrevida, que el nombre derivaría de la figura del político y filósofo hispano Romano Seneca, que postulaba por  un gobierno fundamentado en el respeto a las libertades individuales.

Los habitantes negros de Seneca Village que estudiaban filosofía clásica en las African Free Schools, podrían haber adoptado este nombre para su poblado reflejando sus aspiraciones para esta nueva comunidad.

Para conocer los orígenes de Seneca Village tendremos que remontarnos a 1825, cuando los propietarios de los terrenos de la zona, John y Elizabeth Whitehead, subdividieron sus tierras en 200 lotes y las pusieron a la venta. 

Andrew Williams, un zapatero afroamericano de 25 años, compró los primeros tres lotes por la cifra de $125. 

Epiphany Davis, empleado de una tienda, compró 12 lotes por $578, y la Iglesia AME Zion compró otros seis lotes. De allí nació una comunidad. 

De 1825 a 1832, los Whiteheads vendieron aproximadamente la mitad de sus parcelas a otros afroamericanos pudiéndose encontrar a principios de la década de 1830 unas 10 casas construidas en este nuevo núcleo de población en la isla de Manhattan.

Hay según los historiadores algunas pruebas de que los residentes tenían en sus casa jardines y se dedicaban a criar ganado en Seneca Village, y el cercano río Hudson era una fuente probable de pesca para esta comunidad. 

Además, un manantial cercano, conocido como Tanner ‘s Spring, proporcionaba un suministro de agua.

Avanzando dos décadas, a mediados de la década de 1850, Seneca Village comprendía ya 50 hogares y tres iglesias, así como sus propios cementerios e incluso una escuela para estudiantes afroamericanos.

Para los afroamericanos, Seneca Village ofreció la oportunidad de vivir en una comunidad autónoma lejos del centro densamente poblado. 

A pesar de la abolición de la esclavitud en el estado de Nueva York en 1827, la discriminación aún prevalecía en toda la ciudad de Nueva York y limitaba severamente la vida de los afroamericanos. 

La ubicación remota de Seneca Village probablemente proporcionó un refugio de este clima hostil.

Nueva York, que históricamente creció con la ficción de que la esclavitud se limitaba al Sur, se dio cuenta de lo contrario en 1991, cuando trabajos de construcción en el Bajo Manhattan desenterraron cientos de esqueletos de un cementerio olvidado de la era colonial que había servido como el lugar de enterramiento colectivo de 15,000 africanos.  

El sitio del enterramiento, conocido desde 2006 como el Monumento Nacional del Cementerio Africano, subrayó el hecho de que la ciudad de Nueva York a fines del siglo XVIII era un epicentro de la trata de esclavos, con más africanos que cualquier otra ciudad del país, con la posible excepción de Charleston, Carolina del Sur.

En comparación con otros vecinos afroamericanos de Nueva York, los residentes de Seneca Village parecen haber disfrutado de mayor estabilidad y prosperidad económica : en 1855, aproximadamente la mitad de ellos poseía sus propios hogares. 

Con la propiedad, llegaron otros derechos que los afroamericanos no disfrutaban comúnmente en la ciudad, como por ejemplo, el propio derecho al voto. 

En 1821, el estado de Nueva York exigía a los hombres afroamericanos que poseyeran al menos un capital de $250 en propiedad y que tuvieran acreditada su residencia durante al menos tres años para poder votar. 

De los 100 neoyorquinos afroamericanos con derecho para votar en 1845, 10 de ellos vivían en Seneca Village.

El hecho de que muchos residentes fueran dueños de propiedades contradice algunas percepciones erróneas comunes a mediados del siglo XIX de que las personas que vivían en la tierra expropiada posteriormente para el Parque eran habitantes pobres que vivían en chabolas. 

Mientras que una minoría de residentes vivían en humildes cabañas en condiciones de hacinamiento, la mayoría vivía en casas de dos pisos. 

Los registros del censo muestran que los residentes estaban empleados, y los afroamericanos generalmente empleados como trabajadores en negocios locales  y en trabajos de servicio, las principales opciones para ellos en ese momento. 

Los registros también muestran que la mayoría de los niños que vivían en Seneca Village se encontraban escolarizados.

A principios de la década de 1850, la ciudad comenzó a planificar un gran parque municipal para contrarrestar las condiciones urbanas poco saludables y proporcionar espacio para el esparcimiento de sus vecinos. 

En 1853, la cámara de representantes del Estado de Nueva York promulgó una ley que designó 775 acres de terreno en Manhattan, desde las calles 59 a 106 y entre las avenidas Quinta y Octava, para crear el primer parque público ajardinado más importante del país.

La Ciudad adquirió la tierra a través de la expropiación , lo cual permitió al gobierno hacerse con terrenos privados para uso público con una compensación establecida pagada al propietario. 

Esta era una práctica muy común en el siglo XIX, y ya se había utilizado previamente para construir la cuadrícula de calles de Manhattan unas décadas antes con el llamado Commissioner ‘s Plan de 1811. 

Con esta operación que afectó a Seneca Village, hubo aproximadamente unos 1.600 habitantes desplazados en toda la zona y aunque los propietarios de las tierras fueron compensados, muchos argumentaron  que sus tierras habían sido infravaloradas por las autoridades del Estado. 

Esta destrucción se asemeja a lo ocurrido. 100 años más tarde, en la década de 1960 cuando el país se embarcó en un frenesí de renovación urbana clasificando muchos barrios de clase obrera y gran dinamismo como “slums” o zonas marginales para justificar su demolición y sustitución por infraestructuras o nuevos barrios, política encabezada por el comisionado Robert Moses.

Finalmente, todos los residentes tuvieron que irse a finales de 1857. 

Para algunos autores, la desaparición de Seneca Village supuso la muerte del sueño de la utopía negra

Se están realizando investigaciones para determinar dónde se mudaron los residentes de Seneca Village; algunos pudieron haber ido a otras comunidades afroamericanas de la región, como Sandy Ground en Staten Island y Skunk Hollow en New Jersey.

Aunque tenemos un conocimiento limitado de cómo era la vida en Seneca Village, ha habido un trabajo continuo para aprender más sobre sus residentes y sus vidas. En 2011, arqueólogos de la Universidad de Columbia y la Universidad de la Ciudad de Nueva York realizaron una excavación del lugar. 

En ella, descubrieron una gran variedad de artefactos que habían sido allí abandonados y enterrados, tales como una tetera de hierro, una sartén para asar, una botella de cerveza de gres, fragmentos de porcelana de exportación china y un zapato pequeño con suela de cuero y parte superior de tela. Estos artículos nos han ayudado a reconstruir cómo era la vida de los residentes del pueblo.

A pesar de su corta historia de solo 32 años, Seneca Village se entiende como una comunidad muy unida que sirvió como una fuerza estabilizadora y de afianzamiento social en tiempos de incertidumbre para una comunidad históricamente maltratada.

Hoy en día, Central Park nos ofrece la posibilidad de explorar esos vestigios históricos de Séneca Village a la vez que aprender algo de su historia y circunstancias que lo rodearon.

Una exposición al aire libre disponible hasta Octubre de 2020 a la que llegaremos desde la entrada del parque en la calle 85 oeste nos guiará mediante paneles informativos y señalización a través de los diversos lugares que ocupó este asentamiento cuasi olvidado de Nueva York cuya memoria yace sepultada bajo las praderas y bosques de Central Park.

En este nuevo podcast abordamos una página un tanto desconocida de Nueva York.
La de Seneca Village, el asentamiento predominandemente afroamericano que se hallaba en el lado Oeste de lo que hoy conocemos como Central Park.

Seneca Village

Habías oído hablar de Seneca Village? Allá por 1850, donde hoy se encuentra la parte oeste de Central Park existía una comunidad que floreció durante apenas 30 años hasta que se construyó el gran parque que hoy conocemos. En este podcast contamos su historia. Accede desde la bio o allí donde siempre encuentras tus podcast favoritos 🎧🎙️#nyc (at New York, New York)
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