Podcast: Park Slope y la tragedia de 1960

Podcast: Park Slope y la tragedia de 1960

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Traemos hoy al podcast la trágica historia del accidente aereo que en 1960 provocó la muerte a 134 personas y la caída de los restos de un avión comercial sobre las calles de Park Slope en Brooklyn.

Todos los métodos de contacto están aquí: https://linktr.ee/unminutoennuevayork

A medida que los vuelos en los modernos reactores de pasajeros se convertían en moneda común y el nuevo signo de los tiempos,  en 1960, un mortal accidente aéreo en pleno vuelo en el espacio aéreo  de Nueva York,  ensombrecería temporalmente ese fervor y fomentaría un clamor de la opinión pública por un mejor control y gestión de la seguridad del tráfico aéreo. 

Era el accidente que más temían los pilotos y pasajeros de la aún nueva era de los reactores: un tipo de catástrofe claramente nuevo, una que nunca había antes ocurrido en una zona urbana importante, una que habría parecido mucho menos aterradora solo unos años antes. cuando los aviones eran más pequeños y más lentos.

Corría la mañana el 16 de diciembre de 1960, paradójicamente un día antes del 57 aniversario del primer vuelo de los hermanos Wright en los bancos de arena de Kitty Hawk.

Los informes posteriores a la investigación por parte de las autoridades de aviación  civil, y también  de números testigos visuales y del radar de control de tráfico aéreo, sugieren que dos aviones, un DC-8 de United Airlines y un Super Constellation de Trans World Airlines, probablemente colisionaron en el aire sobre la vertical de Staten Island. 

El DC-8 procedía del aeropuerto de Chicago O’Hare con destino al aeropuerto Idlewild, llamado así por aquel entonces y ahora aeropuerto JFK, con 84 pasajeros a bordo. 

Por su parte, el Super Constellation volaba  desde Dayton y Columbus, en Ohio, hacia el aeropuerto de LaGuardia.

Ninguno de los aviones había informado hasta el momento sobre problemas técnicos, pero realmente el avión de United Airlines, estaba sufriendo problemas en sus sistemas de radio. 

Uno de los receptores a bordo del avión que rastreaban las señales de navegación no funcionaba correctamente.

Eso explicaría por qué el avión de United no entró en el patrón de espera que se suponía debía hacer y, debido a que los pilotos aparentemente no sabían su posición correcta, el DC-8 no redujo la velocidad a las 240 millas por hora, como le habían indicado los controladores.

En el fatídico momento, el DC-8 volaba a 360 millas por hora, impactando en el Super Constellation de TWA con uno de sus cuatro motores en la misma cabina de este.

Tras la colisión, los restos del  avión de TWA se estrellarían en el Miller Field, en la costa sureste de Staten Island, donde ahora se encuentra el New Dorp High School. 

No habría daños en tierra ni a personas ni a ninguna propiedad en este lugar.

Sin embargo, entre los tripulantes y pasajeros de este avión turbohélice no hubo supervivientes a pesar de que los 44 cuerpos hallados tras el siniestro fueron trasladados inmediatamente  al cercano  Hospital Seaview. 

Por otra parte, los restos del reactor cuatrimotor DC-8, llegarían despedidos cruzando el New York Harbor, desde el punto de impacto, hasta Park Slope, Brooklyn, y más precisamente hasta Sterling Place cerca de su intersección con la 7a avenida. 

Algunos testigos especularon que el avión de United intentaba realizar un aterrizaje de emergencia, tal vez en Prospect Park mientras descendía, pero no se encontraron evidencias de que los pilotos mantuvieran ya por entonces el control del aparato.

Inmediatamente la ciudad movilizaría a casi 2.500 efectivos ( entre policías, bomberos, médicos, enfermeras y voluntarios de protección civil), pero en estos primeros momentos, éstos no llegarían a comprender la magnitud del desastre al que se enfrentaban.

Solo cuando los primeros bomberos llegados al lugar encontraron la cola del avión, de una pieza con las letras de «United» todavía claramente visibles, se hicieron una idea de la magnitud de a lo que se enfrentaban..

La devastación provocada por los restos del reactor en esta densa zona residencial era significativa.

La sección de cola estaba depositada en la intersección de Sterling Place y Seventh Avenue; uno de los cuatro motores del avión había aplastado un automóvil cercano  y una sección de 25 pies de un ala había cercenado el tejado de una casa de cuatro pisos en el 126 de Sterling Place.

Otras Diez casas brownstone se incendiarían, junto con una funeraria en la intersección de las dos calles, un deli y una lavandería. 

Caso particular fie el de la Iglesia Llamada  del Pilar de Fuego, lugar de culto de una congregación cristiana Pentecostal, en el 123 de Sterling Place, un nombre trágicamente profético y ubicada a mitad de la manzana, que fue completamente destruida por la colisión de los restos del avión.

Un vigilante de esta  iglesia, de 90 años que allí se encontraba, resultó muerto en el acto, una de las seis víctimas mortales en tierra del accidente.

De los ocupantes del DC-8 siniestrado hubo en principio un único superviviente, Stephen Lambert Baltz, un niño de 11 años de Illinois, que viajaba para pasar las navidades en la cercana localidad de Yonkers con unos familiares, y que tras el choque de los restos del avión en tierra fue lanzado desde estos contra  una gran pila de nieve que se encontraba depositada por esas fechas en la calle. 

Sorprendentemente, cuando fue rescatado, todavía conservaba la consciencia para relatar a los servicios de emergencia su vista de la ciudad de Nueva York desde el aire  justo antes del momento del accidente, algo que describiría un médico del cercano Hospital Metodista de Brooklyn, donde fue trasladado.

Desgraciadamente, el niño fallecería al día siguiente víctima de una neumonía causada por respirar gases derivados de los restos de combustible del avión siniestrado. 

Esta tragedia aérea se convertiría en el accidente aéreo más mortal hasta la fecha en ese momento con un total de 134 víctimas, 128 de ellas a bordo de los dos aviones y 6 que se encontraban en las calles y edificios de Brooklyn.

También sería el primer accidente en ser investigado utilizando posteriormente la llamada «caja negra» del avión, dispositivo que hoy por hoy equipan a todos los aviones comerciales. 

Hoy en día, las cicatrices del accidente aéreo de 1960 se han reparado, borrado o reconstruido en su mayoría, pero todavía hay algunos restos y señales que se pueden encontrar en la actualidad.

La fábrica de ladrillo en la parte superior  del 126 de Sterling Place delata por su color y material diferentes al de los edificios gemelos de al lado, los trabajos posteriores de reconstrucción, así como la ausencia por completo de la cornisa en esta parte superior del edificio. 

Aunque no existe ninguna placa en Sterling Place para conmemorar esta trágico evento, se han colocado otros emblemas conmemorativos en diversos  lugares de Brooklyn. 

La compañía United Airlines adquirió en su momento una parcela en el cercano cementerio de Green-Wood para enterrar los restos no identificados de las víctimas. 

Además, en 2010, este tradicional y significativo cementerio de Brooklyn erigiría un monumento en honor a todas las víctimas del accidente. 

También, en la capilla del Brooklyn Methodist Hospital, donde falleció el niño Stephen Baltz, existe  una placa conmemorativa en honor a él y a los otros fallecidos.

En ella se encuentran incrustadas 4 monedas de diez centavos y cinco monedas de cinco que Baltz tenía en su bolsillo cuando fue rescatado, las cuales posteriormente serían donadas a este propósito  por su padre.

En cierto sentido esta catástrofe de Park Slope es casi un desastre fantasma, sin las imágenes compartidas universalmente como el Titanic o el zeppelin Hindenburg, un desastre que es, de forma extraña, casi olvidado por aquellos que bien no estaban allí o que no fueron tocados directamente por él.

Park Slope ha cambiado mucho desde 1960 hasta nuestros días y de hecho, era un barrio ya descrito por aquel entonces como «en transición». 

A mediados de la década de 1960, Park Slope fue «redescubierto» por jóvenes profesionales que se mudarían aquí atraídos por los alquileres asequibles y la calidad de vida que podría ofrecer a sus familias.

A base de la llegada de esta nueva población, y la profunda renovación del parque inmobiliario, ya en 1973  este vecindario era un hito en el ámbito de Nueva York.

Hoy, tanto el residente como el visitante tiene la oportunidad de degustar los paseos por sus arboladas calles y avenidas flanqueadas por sus características casas rojizas, perderse en la desbordante naturaleza del cercano Prospect Park o saborear su gran variedad de cafés, restaurantes, librerías o pequeños negocios que el barrio nos ofrece.

Chilly autumn nights

Finalizando una semana más. La semana previa al puente de Thanksgiving y que ha supuesto que al final de la misma ya se haya notado el bajón en las temperaturas previo a la llegada oficial del invierno.

Aquellos que lo vayan a aprovechar para reunirse con sus familias fuera de la ciudad,ya miran las previsiones meteorológicas por si pudieran dificultar sus desplazamientos en un fin de semana donde es muy común viajar por todo el país.

Rockefeller Center Christmas Tree

¡Ya está aquí!

Esta semana ha llegado por carretera desde el estado de Maryland este abeto noruego que será el árbol que presidirá durante la temporada de Navidades el Rockefeller Center.

Habrá que esperar has el 1 de diciembre para asistir a la ceremonia de alumbrado del mismo.

Ya el año pasado pudimos experimentar la clásica visita a este emblemático lugar del midtown, guardando las correspondientes distancias y evitando aglomeraciones. Habrá que ver cómo se gestiona este año.

Para ir refrescando memoria sobre el tema «Arboles de Navidad», os dejo aquí el podcast qur hicimos en su día

Brooklyn se une a la competición de los Super Tall

El llamado «Downtown» de Brooklyn es una zona de gran actividad económica y es uno de los distritos más densos de la ciudad. Ello se traduce en la aparicón de nuevos rascacielos o ¨Super Talls que ya comienzan a rivalizar con sus homólogos de Manhattan.

Muestra de ello es 9 Dekalb Avenue, cuya estructura ya se levanta hasta los 327 metros de altura.

Hace ya algunos años, publicábamos en el podcast un episodio sobre los nuevos edificios que venían a la ciudad. Algunos ya se han materializado en realidades, mientras que otros siguen siendo proyectos…

A nivel más anecdótico, diremos que un ilustre vecino es este nuevo edificio comercial y de apartamentos es el ilustre Junior´s Bakery & Restaurant, donde a mi juicio, podremos tomar la mejor cheesecake de esta ciudad, además de otros variados platos clásicos de la cocina de diner.

Sobran palabras para describir esta delicia…

Podcast: Moynihan Train Hall: primer paso hacia una nueva Penn Station

Podcast: Moynihan Train Hall: primer paso hacia una nueva Penn Station

Caminamos por el West Side de Manhattan, aproximándonos a su calle 34, calle desde la cual no es difícil divisar en dirección Este la silueta del Empire State Building.

Estamos en una zona bastante bulliciosa de la ciudad, eminentemente comercial con establecimientos ya clásicos como los almacenes Macy ‘s muy cerca, o en dirección opuesta los recientemente estrenados Hudson Yards, con sus también nuevos centros comerciales, complejos de oficinas, hoteles y demás atracciones turísticas.

También, este entorno es el principal punto de llegada a la ciudad por ferrocarril, con el complejo de Penn Station, que sirve al acceso de transporte regional desde New Jersey, al otro lado del río Hudson, así como el Long Island Rail Road que conecta la gran isla de de mismo nombre con Manhattan, y además, los trenes de largo recorrido de la compañía pública de ferrocarril Amtrak.

Y es precisamente Penn Station y el entorno que la rodea, de nuevo la protagonista de esta historia, porque en estos pasados meses se han movido piezas en ese complejo y largo en el tiempo puzle encaminado a restituir, de alguna forma, el gran error histórico de la destrucción de la original Pennsylvania Station, y así dotar de nuevo a Nueva York de una estación ferroviaria moderna y funcional acorde al nivel de utilización que esta estación tiene.

Puede que nos estemos acercando a ello dentro de las iniciativas de modernización de las infraestructuras de transporte que se vienen impulsando en el último lustro.

Hace aproximadamente 3 años el estado de Nueva York emprendió un gigantesco plan de inversiones en infraestructuras de transporte a lo largo del estado que se traduciría en grandes obras, algunas de las cuales este año estamos viendo concluir.

A las nuevas terminales construidas en el aeropuerto de LaGuardia, incluido su nuevo AirTrain, que conectará estas terminales con la red del metro y que en estos días se ha aprobado por parte de la legislatura del estado, se sumarán las nuevas terminales actualmente en construcción o ampliación en el aeropuerto internacional JFK.

La gran interrogante en todo este grupo de infraestructuras del transporte es el futuro incierto todavía de la actual Penn Station, la estación ferroviaria con el mayor volumen de  tráfico de pasajeros diarios de todos los EEUU.

La James A Farley Post Office, es un edificio masivo que ocupa dos manzanas completas   – o city blocks-   que están delimitadas por las avenidas séptima y octava y las calles 31 y 33 en direction norte-sur.

Proyectado en el omnipresente estilo Beaux Arts, es obra de los mismos arquitectos que previamente habían concebido la original Penn Station, los McKim, Meade and White, y que fue construido inmediatamente a continuación de aquel histórico edificio perdido en la manzana contigua en su lado oeste en la década de 1960.

El motivo que propiciaría su construcción contigua al superlativo para el servicio postal era que la compañía ferroviaria promotora y propietaria de la original Pennsylvania Station, lo era también tanto de los túneles que desde ésta cruzaban todo el West Side de Manhattan y llegaban hasta el río Hudson, como de los terrenos ubicados sobre ellos, túneles que posteriormente cruzaban el río bajo su lecho hasta el vecino estado de New Jersey, conectando de ese modo con las demás regiones de la costa Este del país.

Fue así como la Pennsylvania Railroad Company propondría al gobierno federal la cesión de los derechos para construir sobre sus túneles una gran oficina postal, una  propuesta que sería tras unos años de incertidumbre e intrincasdas discusiones políticas, aceptada finalmente por el gobierno en 1903.

Sin embargo, no sería hasta el año 1908 cuando se convoca el concurso para seleccionar un diseño que materializase el deseo de crear esta gran oficina postal que sirviera a la postre a la gran metropolias en que Nueva York se estaba convirtiendo, tras el poceso de consolidación de los 5 boroughs.

Finalmente la firma seleccionada para esta colosal tarea, de nuevo McKim, Mead & White, aceptaría el desafío creativo con otra muestra de grandiosidad arquitectónica semejante a la que habían desplegado solo unos años antes en la Pennsylvania Station, a cuyo lado levantaban este nuevo coloso dedicado a servir a una ciudad con vocación de capital, algo buscado desde la década de 1890, pero que no encontraría las condiciones propicias hasta este momento.

En una primera fase, construida entre 1910 y 1914, el nuevo edificio se levantaría enfrentando a la octava avenida y la grasn Pennsylvania Station dialogando formalmente con ésta y ofreciendo una gran columnata corintia compuesta por 20 columnas de 16 metros de alto cada una que se apoyan en un basamento escalonado continuo a lo largo del frente del  edificio que proporciona acceso al vestíbulo principal y que sirven de apoyo para el gran entablamento que completa la fachada.

En él reza la inscripción, tomada del libro de Historias de Herodoto «Ni la nieve, la lluvia, el calor, ni la penumbra de la noche impiden a estos mensajeros completar sin demora las rondas asignadas», cita en la que se alaba el servicio de los mensajeros del rey Jerges I de Persia.

En los extremos de esta monumental fachada principal este, rematan el conjunto dos grandes pabellones rectangulares decorados con sendas hornacinas.

En sus fachadas laterales a lo largo de las calles 31 y 33, el edificio ofrece al viandante sendas columnatas de grandes pilastras planas.

A pesar de este lenguaje reivindicando la grandiosidad del mundo clásico, el edificio, revestido del clásico granito que ya describía Vitrubio con su opus isodomum, no podía estar más en consonancia con el signo de los tiempos en que se construía, contando en sus entrañas con una estructura portante de grandes elementos metálicos. 

Dentro de su entrada enfrentada a la Octava Avenida encontramos un gran vestíbulo de doble altura que es paralela al frente con columnas y que es dedicado a la atención al público que atendía -y todavía se atiende- en esta oficina postal.

Cada sección del techo del vestíbulo está decorada con emblemas nacionales  o escudos de armas de diez miembros de la Unión Postal en el momento de la construcción del edificio: los Estados Unidos, el Reino Unido, el Imperio Alemán, la Tercera República Francesa, el Imperio Ruso, el Reino de Italia, el Reino de España, Bélgica, Austria-Hungría y Países Bajos.

En 1939 el Departamento Postal de Estados Unidos anunciaba una ampliación de esta Oficina General de Correos para satisfacer la demanda en el servicion.

La parte occidental de la manzana, todavia desocupada, albergaría un anexo al edificio principal, así como una nueva sede postal para paquetería llamada Morgan Station.

De nuevo, la oficina de McKim, Mead & White fue contratada para la ampliacion.

En abril de 1931, el Departamento del Tesoro compraría esta mitad occidental de la manzana al ferrocarril de Pensilvania por 2,5 millones de dólares.

La extensión dell edificio fue ampliado entre 1932 y 1934 bajo el entonces director general de Correos James A. Farley.

El proyecto implicó la instalación de la viga más grande jamás contruida en la historia de la ciudad hasta ese momento, de 136 toneladas de peso, que se extendía 35 m sobre la vías del tren que debía salvar bajo ella.

Una vez puesto en servicio el complejo, durante el resto del siglo XX, aparte de sus funciones regulares consistentes en ser uno de los centros principales de clasificación y distribución postal de la región, este Oficina General de Correos organizaría eventos diversos como los de iluminación de árboles de Navidad.

Este edificio se convirtió en un hito o landmark designado por la ciudad de Nueva York en 1966 y fue incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1973. 

En 1982, la oficina de correos de Penn Station se renombro como el Edificio James A. Farley que hoy conocemos, en honor al ex Director General de Correos que había impulsado la ampliación del complejo en la década de los 30.

Antes de la crisis financiera de 2009, la oficina de correos de Farley era la única oficina de correos de la ciudad de Nueva York que estaba abierta las 24 horas del día, los 7 días de la semana, pero como resultado de la recesión, sus ventanillas comenzaron a cerrarse a las 10:00 de la noche, un horario que todavía hoy mantiene y es muy popular a nivel local para hacer y recoger envíos postales tras la jornada laboral.

A principios de la década de 1990, el senador Daniel Patrick Moynihan comenzaría a impulsar un plan para reconstruir una réplica de la histórica Penn Station, en la que el mismo había trabajado como limpiabotas durante la Gran Depresión. 

En ese momento, Penn Station estaba sobrepasado en uso y el USPS planeaba trasladar gran parte de sus operaciones a otra instalación.

En 1994 se retiró la cornisa del edificio, que estaba tan deteriorada que habían empezado a caer trozos de piedra a la calle.

También se reemplazaron partes de la estructura de acero deteriorada.

Otra muestra reciente de la importancia que este edificio ha tenido en la vida de Nueva York, se dio durante los meses posteriores a los ataques al World Trade Center de Septiembre de 2001.

El edificio Farley sería fundamental para mantener los niveles de servicio en el área metropolitana de Nueva York ya que sirvió como respaldo y reemplazo para las operaciones de la oficina del Servicio Postal de Church Street frente al complejo del World Trade Center, que había sido destruida.

Ya en octubre de 2002, el gobierno del estado de Nueva York acordaría comprar el edificio Farley al USPS por la cantidad $230 millones, con la esperanza de que la visión del senador Moynihan de una nueva Penn Station, se hiciera realidad algún día en un futuro no lejano.

EL 1 de Enero de 2021, apenas unas horas después de que la bola cayera en Times Square para marcar la llegada del nuevo año, se inauguraba una nueva era para el transporte ferroviario de pasajeros a solo 10 manzanas al sur.

Este día se inauguraba y abría al público, con la presencia de las máximas autoridades del estado de Nueva York, el Moynihan Train Hall de Pennsylvania Station, en honor al ya mencionado senador de Nueva York, Daniel Patrick Moynihan (tenaz impulsor de este proyecto desde los años 90) , proporcionando  así  una renovación muy esperada y a la vez muy necesaria. 

El proyecto, con un coste de 1600 millones de dólares había tardado tres años en construirse y es en cierta medida un intento de remediar los errores del pasado, cuando la original y opulenta estación de Pennsylvania fue demolida en la década de 1960 para dar paso al Madison Square Garden y todo el complejo subterraneo de Penn Station.

Este anexo a Penn Station que da acceso a esta desde el corazón del edificio de la oficina postal James A. Farley, es un proyecto concebido por la firma SOM, autora de muchos otros emblemáticos proyectos tanto en la propia Nueva York, como a lo largo de los 5 continentes.

El proyecto, a pesar de las abultadas cifras de su presupuesto y tiempo de construcción, se basa fundamentalmente en la creación de un gran vestíbulo en uno de los patios del edificio Farley, donde anteriormente se encontraba la gran sala de clasificación del correo, con una gran cubierta a modo de gigantesco lucernario sostenido por tres  grandes cerchas de acero roblonado, originales del edificio pero que anteriormente se encontraban ocultas a la visión del usuario y que ahora, gracias a esta gran cubierta acristalada, son al fin visibles, y tratan de evocar a la original Penn Station, dando carácter a este gran nuevo vestíbulo, conectando visualmente desde su interior con el entorno de la ciudad y los edificios que rodean esta manzana.

En el centro de este gran espacio, pende un gran reloj de inspiración art Deco pero con influencias cubistas, según otros, diseñado por el arquitecto Peter Pennoyer.

Desde este vestíbulo principal, el viajero que ha podido esperar en las distintas salas de espera y zonas de restauración adyacentes, puede descender a 9 de los 11 antenes de Penn Station que bajo él discurren y tomar un tren a su destino en Long Island u otras ciudades del Este del país.

Si bien este nuevo gran vestíbulo no resiste la comparación con la majestuosidad del Main Concourse principal, con sus techos de constelaciones en Grand Central Terminal, servirá para dar una bienvenida mucho más agradable a los viajeros que llegan a Penn Station.

La adición de obras de artistas reconocidos agrega al proyecto un ambiente de celebración, un sentido de orgullo en la esfera pública, un método que el estado de Nueva York ha priorizado en puntos de tránsito similares como las cuatro estaciones a lo largo de la ampliación línea del metro Q de la Segunda Avenida (con piezas de Chuck Close, Jean Shin, Vik Muniz y Sarah Sze) así como en la nueva Terminal B en el aeropuerto de La Guardia con instalaciones de estos y otros artistas.

El Moynihan Train Hall sirve a 17 de las 21 vías que parten de Penn Station, y que son utilizadas por el Long Island Rail Road y Amtrak. 

Los andenes que sirven a las cuatro vías más al sur, utilizadas por NJ Transit, no se pudieron extender hasta el nuevo anexo de la estación. 

El plan es que el Moynihan Train Hall  preste también en un futuro próximo servicio al Metro-North Railroad, la principal línea de cercanías que sirve a los suburbios del norte de la ciudad cuando se complete el faraónico  proyecto  East Side Access.

Al mismo tiempo que veíamos las obras del Moynihan Train Hall, lentamente tomar forma durante los últimos años, una mega construcción se ha venido desarrollando silenciosamente bajo los pies de la ciudad, horadando mediante poderosas tuneladoras el lecho rocoso de Manhattan para crear un nuevo y muy necesario enlace ferroviario entre las dos grandes estaciones terminales que todos conocemos: Grand Central Terminal y Penn Station. 

East Side Access, el túnel que ya hoy las conecta, es uno de los proyectos de infraestructura de transporte más grandes que se están llevando a cabo actualmente en los Estados Unidos. 

Ofrecerá una vez puesto en servicio la posibilidad de llevar el servicio del LIRR directo en un nuevo gran hall de ocho andenes bajo Grand Central Terminal, situada como sabemos, en el East Side de Manhattan, conectando así las dos redes de ferrocarril metropolitanas del estado y que se espera reduciría los viajes diarios a Manhattan en hasta 40 minutos para determinados viajeros, así como un acceso ferroviario al aeropuerto internacional JFK más rápido desde este lado este de Manhattan.

El proyecto abarca obras en múltiples ubicaciones en Manhattan y Queens, y se extiende a lo largo de más de doce kilómetros de túneles.

Y la pregunta ineludible sigue siendo: Cuál es el futuro último de Penn Station.

Actualmente el estado de Nueva York se encuentra inmerso en el estudio de las opciones y diferentes propuestas para renovar y revitalizar este vital hub de transporte por tierra.

Estas opciones contemplan en todo caso el mantener en su lugar el recinto del Madison Square Garden y se centra en la creación de nuevos accesos al complejo así como nuevos grandes vestíbulos que propicien una comunicación más fluida con los distintos trenes a tomar por parte de los viajeros.

La primera sería una alternativa considerada como de un solo nivel, que eliminaría todos los intrincados espacios de techos bajos que ahora existen y el 40 por ciento del nivel superior existente de Penn Station, para crear una nueva infraestructura de un solo nivel con amplios vestíbulos públicos con alturas de planta equivalentes a dos y tres pisos de altura. 

Este planteamiento se traduciría en mayores espacios abiertos con claras líneas de visión y un mejor acceso a los andenes y accesos de la estación. 

Según los comunicados de prensa de las autoridades del estado, este gran espacio central buscaría ser incluso más grande que el Grand Concourse de Grand Central Terminal que hoy todos hoy admiramos.

Este plan director también incluiría una nuevo vestíbulo a mitad de la manzana, espacioso y luminoso, con nuevos accesos en las calles 33 y 31.

Además podría combinarse con otra nueva deslumbrante entrada en la Octava Avenida, espacio actualmente ocupado por el Teatro Hulu, un recinto de 5.600 asientos perteneciente al complejo del Madison Square Garden.

La otra propuesta que se baraja es una alternativa de dos niveles que mantendría en mayor medida el nivel superior de la estación ya existente mientras reutilizaría el espacio de Amtrak para los pasajeros y las operaciones de NJ Transit. 

La expansión también incorporaría un nuevo atrio construido en la antigua calle de rodaje entre Madison Square Garden y 2 Penn Plaza, que ha estado cerrada por seguridad desde el 11 de septiembre de 2001.

La alternativa de dos niveles también puede integrar nuevos puntos de acceso vertical a los andenes, vestíbulos significativamente más amplios y nuevas entradas a nivel de calle a lo largo de la Octava Avenida.

Al igual que la opción de un solo nivel, esta alternativa podría combinarse con una entrada adicional en la Octava Avenida y un nuevo West Train Hall en el Teatro Hulu.

Las dos opciones son el producto de una revisión estratégica por parte de la MTA, NJ TRANSIT y Amtrak.

Este megaproyecto requerirá a su vez el desarrollo del llamado Programa Gateway, que incluye la construcción de dos nuevos túneles ferroviarios bajo el lecho del río Hudson así como la renovación de los dos túneles existentes.

En este sentido, la administración Biden ya se ha comprometido a priorizar este proyecto Gateway como parte de su plan de infraestructura dotándolo con más de 2.000 millones de dólares

No escapa a nadie que la manzana que ocupa el Moynihan Tain Hall y la James Farley Post Office, está a solo una manzana de distancia de los Hudson Yards, donde la percepción que el visitante esporádico tiene es que cada día que uno se acerca a ellos, van apareciendo y erigiéndose nuevos edificios.

En esta 9a Avenida es donde ya existe el proyecto para conectar este nuevo Moynihan Hall con los Hudson Yards mediante una nueva extensión del High Line, ese emblemático parque lineal elevado que en los últimos años desde su apertura se ha convertido en unos de los puntos focales de toda visita a esta ciudad.

Es así como el High Line podría obtener una extensión en forma de L que se adentre más en el Midtown de Manhattan, mientras serviría como un enlace peatonal directo al Moynihan Train Hall. 

La propuesta, también prevé extender el High Line en cerca de más de 2 kilómetros adicionales hacia el norte, creando un paso peatonal sobre West Street,  para así terminar en el Muelle 76, un nuevo espacio de ocio y esparcimiento cubierto creado recientemente sobre las aguas del Hudson y que no hace mucho era todavía parte del complejo de almacenamiento de coches retirados por la policía mediante el servicio de grúa municipal.

Hay historias humanas y personales relacionadas con este proyecto que empañan en cierto modo la significación positiva de su finalización y puesta en servicio.

Estas historias nos hablan de que detrás de cada gran proyecto están las personas y los equipos que lo hacen posible; personas al fin y al cabo sometidas a las limitaciones, desafíos y dificultades que todos tenemos.

Michael Joseph Evans, presidente del consorcio público-privado, Moynihan Station Development Corporation, de 40 años, llevaba la mayor parte de su carrera profesional trabajando en este proyecto.

Nacido el 11 de marzo de 1980 en Cali, Colombia, a los 4 meses de edad se muda a Dallas junto con su madre para reunirse allí con su padre, funcionario del gobierno. 

Con grandes esfuerzos por parte de estos padres y tras un amplio periplo en su trayectoria académica que incluiría estudios en Pennsylvania y Australia, Michael acabaría finalmente graduándose en la Universidad de Oxford. 

Ya en Nueva York, comienza una carrera en el gobierno del estado durante la administración del gobernador David Paterson, convirtiéndose en 2007 en asistente especial para infraestructuras.

Cuentan sus amigos más próximos que era un firme defensor del servicio público

y además, apasionado por las obras públicas que llevasen a las ciudades a ser lugares más habitables.

En su tiempo libre estudiaba también minuciosamente libros de la activista Jane Jacobs figura imprescindible en la historia de la lucha por la preservación urbana de Nueva York en los años 60.

En 2009, se convertía en jefe de gabinete del vice gobernador Richard Ravitch y en 2011, es nombrado subdirector de Moynihan Station Development Corp. convirtiéndose finalmente en presidente del consorcio público-privado para iniciar la construcción en 2013.

De ese modo se iniciaban las obras del gran proyecto en el que llevaba ya varios años trabajando y que finalmente empezaría a tomar forma material

A lo largo del proceso, Michael, como responsable último del proyecto ante las máximas autoridades políticas del Estado de Nueva York, se vio obligado a enfrentarse a obstáculos imprevistos, como cuando los funcionarios estatales decidieron incorporar al proyecto el gran reloj central del vestíbulo, con menos de un año de antelación a la fecha de finalización programada para las obras.

Este reloj el cual no formaba parte de los diseños iniciales de esta ampliación supuso una enorme carga emocional para Michael

Durante los primeros meses de 2020, Evans se torturaba a sí mismo por los crecientes retrasos materiales: no llegaba la piedra de Italia; conmutadores para la red de fibra óptica del edificio; aparatos de iluminación, Pantallas LED y  el mencionado gran reloj, todo esto según una nota por el manuscrita que se encontró en su escritorio.

Aunque aparentemente seguro y profesional, estaba preocupado por su futuro después de este proyecto en el caso de que se viera ensombrecido por retrasos en su finalización o grandes desviaciones del presupuesto.

En diversas notas, Michael esbozaba estrategias para presentar su dimisión, ante los sobrecostos que se veía obligado a aprobar para llegar a la finalización y que supuestamente excedían el presupuesto disponible.

Todo esto colocaba a Michael en un lugar mental muy complicado.

Su compañero, Brian Lutz, declararía que los retrasos y los posibles sobrecostos dominaban su vida, incluso cuando fueron a pasar unos días de vacaciones a esquiar en Austria para celebrar el cumpleaños de Evans. 

Sin embargo, sin llegar a agotar estas vacaciones, se apresurarían en regresar a Nueva York después de que muchos países empezasen a cerrar sus fronteras por motivo del estallido de la crisis del coronavirus. 

Michael se  hallaba profundamente preocupado por ser un chivo expiatorio de los políticos en caso de que el proyecto no cumpliese con los plazos previstos marcados.

El gran proyecto del Moynihan Train Hall, que llevaba enfrentándose a arranques y pausas durante los casi 30 años posteriores a que el senador Moynihan lo propusiera por primera vez, finalmente se completaría en plazo y sin sobrecostos destacables.

Michael Evans no viviría para ver la culminación del más importante trabajo de su vida.

Nueve meses antes, el 17 de marzo de 2020 sería encontrado sin vida en su apartamento de Chelsea.

En reconocimiento a su trabajo y dedicación con el proyecto, los miembros del equipo instalarían en su memoria, en uno de los pilares de mármol del hall, una pequeña placa que reza  «En memoria de Michael Joseph Evans, presidente del Moynihan Station Development Corporation, Líder, Visionario y  Amigo». 

Sea cual sea el futuro para Penn Station y todo su entorno, parece que el ferrocarril y las infraestructuras a él asociadas están destinadas a vivir nuevos tiempos de resurgimiento y adquirir de nuevo un importante papel tanto en nuestros desplazamientos cotidianos como en los viajes a media distancia.

Traemos en esta ocasión al podcast la primera de las actuaciones que aspira a revitalizar Penn Station como lo que en su día fuera para Nueva York: la gran puerta de entrada ferroviaria a la ciudad.

El Moynihan Train Hall, un nuevo gran vestíbulo que se sitúa dentro del edificio de la Oficina Postal James A. Farley, aspira a ser esa primera pieza que lleve a cabo esta histórica tarea.

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Podcast: ¿Qué son las Brownstones?

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En la obra del escritor Rex Stout, su emblemático personaje principal, el detective en la ficción Nero Wolfe, vive en una lujosa y acomodada casa con elegante fachada de piedra rojiza, con su planta principal vestida de grandes ventanales y a la que se accede mediante una escalinata con balaustrada del mismo material, y que se encuentra situada en la calle 35 Oeste de Manhattan.

La propia ciudad de Nueva York y The Wolfe Pack (su club de fans oficial) rindieron homenaje al propio escritor Rex Stout y a su excéntrico detective privado en la ficción, con una conmemorativa placa de bronce que fue instalada el 22 de junio de 1996 en este número 454 Oeste, de la calle 35.

Los aficionados a estas novelas habían identificado este número de la calle 35 como el sitio probable donde se ubicaría la ficticia casa que aparece en estas obras del género detectivesco.

La placa reza así: “En este sitio se encontraba la elegante Brownstone del corpulento detective privado en la ficción Nero Wolfe. Con su hábil asistente Archie Goodwin, el Sr. Wolfe cultivó tanto orquídeas como el buen comer, mientras resolvía más de setenta casos según lo escrito por Rex Stout entre 1934 a 1975 «.

Debido a que hoy en dia ya no quedan de estas casas de piedra rojiza o como vienen a llamarse, Brownstones, en esa parte de Nueva York, en su día, los productores se vieron obligados a utilizar el exterior de otra casa distinta, situada en el número 44 de de la calle 76 Oeste, en el upper West side de Manhattan, para el rodaje del ya clásico de televisión “A Nero Wolfe Mystery”

Empecemos por lo más básico: el material.

La deniminada piedra Brownstone es en realidad una piedra arenisca, específicamente una cuyo origen geológico se remonta al período Triásico-Jurásico. 

Cuando se corta en cantera por primera vez, esta piedra presenta en realidad un característico color rosáceo  para posteriormente adquirir paulatinamente su tono marrón clásico una vez que ha sido expuesta al aire. 

Como muchas construcciones tras el paso de los años, las fachadas y motivos ejecutados con esta característica piedra rojiza a menudo requerirá restaurarse después de años de exposición a la intemperie y pérdida de su atractivo color original, cuando no su propia integridad física al tratarse de una piedra relativamente blanda.

Además, lo creamos o no, la mayoría del material de las fachadas de las casas de piedra Brownstone de Nueva York provienen de un mismo lugar: la histórica cantera Portland Brownstone Quarry, ubicada en la localidad de Portland, sita en el vecino estado de Connecticut. 

Durante el apogeo de la piedra rojiza de Nueva York, desde la década de 1870 hasta la de 1890, este tipo piedra sería muy fácil y económica de extraer y se suministraba tanto desde esta cantera como de otras cercanas ubicadas en New Jersey.

Como aliciente adicional, la facilidad de transporte del material por vías acuáticas, principalmente desde Connecticut, la hacía fácilmente disponible para la industria de la construcción en Nueva York.

Desde su cantera, la piedra se cargaba en barcazas y se transportaba hasta la ciudad, donde se descargaba en grandes campas de almacenamiento que se hallaban tanto en la margen del río Hudson como en la del East River.

Sin embargo, aclaremos un concepto erróneo un tanto común: solo una pequeña parte de una casa denominada como Brownstone emplea esta piedra como material en su construcción.

Como material estructural, la piedra Brownstone no es viable: es blanda, y susceptible de agrietarse al someterse a cargas y eventualmente desmoronarse, por lo que los elementos estructurales portantes de estas edificaciones, generalmente de entre 3 y 5 plantas, son muros portantes de fábrica de ladrillo que sostienen sus forjados, generalmente compuestos por vigas de madera.

Lo que en muchos casos  la gente llama una «Brownstone» es en realidad una casa adosada en hilera construida también con muros portantes de ladrillo, pero con otros diversos acabados en fachada, tanto de fábrica de ladrillo, otras piedras u otro revestimiento y que siendo rigurosos, se denominan Townhouse.

El término Brownstone a menudo se usa incorrectamente para describir cualquier casa adosada entre medianeras y que atesore cierta edad desde su construcción, sin importar qué material se usó en ella. 

Solo aquellas con fachada formada por aplacado exclusivamente formado por esta característica piedra arenisca rojiza, puede ser calificada como Brownstone.

No es de extrañar que incluso los agentes inmobiliarios a veces se equivocan, bien por desinformación o intencionadamente cuando indebidamente las incluyen y describen como tal en sus listados de propiedades en venta.

Las Brownstone emanan un aura de permanencia en el tiempo y antigüedad a pesar de que son un producto de la revolución industrial y los cambios sociales y económicos que ésta trajo.

A mediados del siglo XIX, cuando se estaban construyendo algunas de estas primeras casas entre medianeras en las ciudades, los estadounidenses estaban bastante obsesionados con los ideales del clasicismo romántico, específicamente con la adoración de la naturaleza por parte de las corrientes artísticas del momento. 

Para entonces, esta Revolución Industrial en marcha ya había marcado el comienzo de una racionalización generalizada de la producción industrial. 

Esto trajo el que se construyeran muchos edificios nuevos y muy rápidamente. 

El clasicismo romántico sería una respuesta a este trepidante ritmo de la urbanización, un recordatorio de que la naturaleza no sólo era necesaria, sino también deseable.

La tipología de casa Brownstone fue el feliz matrimonio de estos dos mundos aparentemente opuestos. Las máquinas a vapor permitirían a los trabajadores cortar y dar forma a esta piedra rojiza de un modo más rápido y de forma más barata que nunca, haciéndola asequible, mientras que sus tonos orgánicos evocarán la belleza y el poder de la naturaleza.

El palazzo italiano del siglo XV, el símbolo del Renacimiento, fue la principal inspiración para las Brownstones del llamado estilo italiano. Los detalles del repertorio formal clásico y su elegancia se consideraron eminentemente adecuados para simbolizar la prosperidad y la posición social de los nuevos neoyorquinos representados en un espacio limitado de fachada.

Para estos propietarios de casas adosadas de clase media que querían probar el sabor del lujo, la piedra rojiza en la fachada de su vivienda era el camino a seguir. 

Por poco dinero, mucho menos de lo que podría costar revestir su fachada con piedra caliza, granito o mármol, un nuevo propietario podría hacer que se construyera una fachada de Brownstone de seis pulgadas de espesor, completada con una elegante escalinata ascendente o como aquí se denominan “stoop” además de cualquier hermoso motivo decorativo tallado en la piedra que su sensibilidad estética o gusto artístico deseara incluir.

Algunas de estas construcciones residenciales incluso incluían motivos de cantería representando en las fachadas de piedra los rostros de los propios dueños a modo de conmemoración personal.

Otros sin embargo optaban por tener el rostro de alguna celebridad representada en la fachada de residencia pero se no han encontrado muchos ejemplos en buen estado de estos ejemplos, debido a que a pesar de que esta piedra es muy fácilmente trabajable, no funciona bien cuando se le ha de dar formas muy precisas y sutiles como las de un rostro humano y los rasgos faciales se deslaminan pronto, o se desgastan por la acción de los agentes meteorológicos del exigente clima del Noreste americano.

La mayoría de artesanos que tallaron la piedra de las Brownstones de Nueva York eran inmigrantes alemanes que trabajaban en condiciones laborales deplorables en grandes talleres de cantería situados en algunos casos al aire libre.

En 1852, un artículo del New York Times relataba la «sorprendente perfección del trabajo» y a su vez describía la conmoción del periodista ante la «tos seca y la apariencia demacrada» de algunos de los trabajadores de cantería que el artículo retrataba.

El Times ofrecía a su vez en su artículo a los canteros este útil consejo: «cubrirse la boca o la cara con una gasa».

Entonces, si esta arenisca rojiza se hizo popular en parte porque era barata y fácil de trabajar, ¿cómo evolucionó este material hasta simbolizar en nuestros días la posición social de una clase acomodada y pudiente? 

Y es más. Lo que hoy ocupa nuestras conversaciones y comentarios cuando recorremos la ciudad y podemos admirar alguna de estas Brownstones: ¿De dónde vienen los precios desorbitados de estas casas en el mercado inmobiliario actual?

Como en muchos otros aspectos de la economía y los mercados, la respuesta la encontramos en un factor que generalmente despierta el interés de los agentes: la escasez del bien.

Las canteras de Portland se cerraron en primera instancia en la década de 1940 después de unas fuertes inundaciones para luego reabrirse a mediados de la década de 1990, proporcionando una buena reserva de piedra para trabajos de reparación y restauración. 

Pero las regulaciones ambientales ya vigentes entonces provocarían que estas canteras de Connecticut de nuevo se clausurasen y esta vez de forma ya definitiva.

Después de casi 300 años de explotación, la cantera Portland Brownstone Quarry cesó definitivamente en su actividad en el año 2012, y aunque hay otros lugares en el mundo donde se extrae piedra arenisca con similares tonos rojizos o rosados, los expertos afirman que no hay ninguna como la piedra que en su día venía desde Portland.

Eso inevitablemente contribuye a que las renovaciones y rehabilitaciones sean difíciles y costosas.

Stoop

No puedo pasar de puntillas y dejar sin mencionar una vez más una de las características visuales más distintivas de las Brownstones de Nueva York e integradas desde siempre en el imaginario de la cultura popular, como es su característica escalinata de acceso a la planta principal, el llamado “stoop” una palabra apropiada de «stoep», el término holandes  para «escalera». 

En los primeros días de New Amsterdam, los colonos holandeses construían estos escalones de acceso a la vivienda para elevar el piso de su planta noble por encima del nivel de potenciales inundaciones, pero algunos estudiosos incluso postulan que estas características escaleras de Nueva York se construyeron para elevar el piso de la sala noble por encima de un auténtico «mar de estiércol de caballo».

Son numerosos los que respaldan esta teoría sosteniendo que antes de 1895, cuando el Department of Sanitation comenzó efectivamente a limpiar las calles de la ciudad, tanto en los solares baldíos como en las propias calles, el estiércol de caballo junto con otros desechos de variado origen, se amontonaba hasta alturas insospechadas alineándose con las calles de la ciudad del mismo modo que hoy lo hacen los montones de nieve retirada de la vías públicas tras una fuerte tormenta invernal. 

En verano, el hedor era insoportable y finalmente, cuando las lluvias llegaban, un arroyo de sopa de estiércol de caballo inundaba las vías peatonales e incluso llegaba a filtrarse en los sótanos de las viviendas.

Tampoco falta una visión más refinada y sostiene que dado que principalmente Brooklyn, a diferencia de otras ciudades como Filadelfia o Chicago, carece de callejones laterales, el servicio y comerciantes tendrían que entrar por la parte delantera de la casa, lo que no sería una opción popular para los propietarios adinerados. 

En la década de 1870, cuando la clásica escalinata de las brownstones alcanzó su punto máximo de popularidad, dio  lugar debajo de la escalera principal para una entrada de servicio para sirvientes y repartidores».

Detractores

En cambio, no todas las referencias históricas o literarias que tenemos a esta ahora ilustre tipología arquitectónica fueron siempre de tono elogioso como podríamos llegar a entender en el caso de los fervientes seguidores de las andanzas del detective Nero Wolfe que daban forma al prólogo de nuestra historia.

Una referencia literaria en el sentido opuesto nos viene dada de la mano de la obra de la novelista Edith Wharton nacida en la segunda mitad del sigle XIX y que vivió en una residencia del tipo Brownstone junto con su familia en el número 14 Oeste de la calle 23, y que  describió Nueva York, una ciudad llena de Brownstones en sus memorias tituladas  “A Backward Glance”, como «una ciudad maldita con su revestimiento monótono y omnipresente de color chocolate, de la piedra más horrible jamás extraída de las entrañas de la tierra «.

Estas edificaciones que hoy atesoran más de 100 años de antigüedad en la mayoría de los casos son claras demandantes de los trabajos de conservación y rehabilitación.

Muchos son los firmes defensores de la restauración de la Brownstones de la manera correcta y desprecian el trabajo de calidad inferior o en busca de atajos.

Los profesionales más involucrados en su conservación denuncian sistemáticamente la técnica del estuco schmear, -término yiddish que evoca el acto de untar un bagel con queso en crema- y que implica revestir la fachada con una capa de estuco marrón o, lo que es peor, una simple capa de pintura, enfatizando que una fachada de brownstone correctamente restaurada realmente es costosa y lleva su tiempo, pero durará más que el enfoque económico a corto plazo de un contratista no cualificado o sin escrúpulos.

No es solo el material salido de las canteras de Brownstone lo que escasea hoy en día, sino que es el estilo y sus ejemplos construidos lo que es más complicado encontrar dentro de una ciudad tan extensa y cambiante como es hoy Nueva York.

Hay pocas zonas de Nueva York con auténticas casas Brownstone: el Upper West Side o West Village en Manhattan, Fort Greene, Park Slope, Carroll Gardens o Bed-Stuy, en Brooklyn, por nombrar algunas, son las áreas donde podremos encontrarlas en muy diversos estados de conservación, uso y mantenimiento.

Dado que la construcción de nuevas casas de esta piedra rojiza es casi imposible dada la escasez de su material característico, la demanda una vez más, ha superado la oferta y los precios para aquellas que se encuentran disponibles en el mercado hacen difícil el asociarlas con sus origenes de vivienda como respuesta a la demanda de las clases medias de la gran ciudad moderna que se estaba formando en el siglo XIX.

En cualquier caso, siempre nos quedará la alternativa de disfrutar de un paseo y pasar frente algunas de ellas para admirar su esplendor evocador de otra época, ya desvanecido en muchos casos, inspirador en muchos, y quizás alguno de sus moradores sea tan amable como para invitarnos a sentarnos por unos momentos en su característico stoop para charlar sobre cualquier asunto intrascendente y ver tranquilamente la vida de Nueva York pasar frente a nosotros durante unos instantes.

En este nuevo podcast repasamos los orígenes y características de las llamadas casas Brownstone que constituyen una característica imagen de algunos de los barrios más característicos de Nueva York.

Podcast: Brighton Beach. Vientos del Este llegados a Brooklyn

Brighton Beach

Es posible que alguien, alguna vez decidiera tomar el metro en Nueva York para pasar una relajada tarde de verano en Coney Island.

El plan podría consistir en pasear sobre las desgastadas tablas de su animado boardwalk, asomarse al muelle donde los pescadores, inasequibles al desaliento, intentan capturar la esquiva pesca, echar un vistazo a las atracciones del Luna Park, o incluso, los más decididos, engullir uno de los clásicos Hot Dogs de Nathan’s.

También es posible, cuando la amarilla linea Q del subway, una de las que nos trae hasta estos confines costeros de Brooklyn, efectúa una cerrada curva a la derecha, que ante la emoción de al fin avistar el mar tras la casi hora de trayecto desde Manhattan, este hipotético visitante se haya apeado del metro antes de tiempo, en la estación equivocada, y no está en la parada final de la línea, llamada Coney Island Stillwell Avenue.

Tranquilidad. No pasa nada. Es entonces cuando, y quizás ayudado por algún que otro cartel publicitario escrito con caracteres cirílicos, repares que estás en Brighton Beach.

No muchos ajenos a esta zona o incluso los turistas más avezados visitan Brighton Beach por una decisión consciente. Tal como nuestro visitante anónimo hace, en el camino a Coney Island, o llegando hasta aquí en paralelo a la playa desde el boardwalk que conecta a ambos, el visitante descubrirá una comunidad característica cuya particularidades no pasarán inadvertidas en cualquier caso al observador visitante.

Escucharemos lenguas y acentos distintos. Inevitablemente veremos escritura con caracteres cirílicos en muchos sitios y posiblemente alguien se dirija a nosotros en ruso a menos que no hagamos ver nuestra incapacidad para comunicarnos en esa lengua, en cuyo caso pasaremos a escuchar un áspero inglés con un marcado acento del este europeo.

Este microuniverso, denominado a veces en Nueva York “Little Odessa” , es el barrio de Brooklyn, que se asoma por el sur al océano mediante su característico boardwalk de tablas de madera  y es delimitado al norte por el barrio de Sheepshead Bay, Manhattan Beach por el este y el ya mencionado Coney Island por el oeste.

Toda el área donde Brighton Beach está incluida, desde Sheepshead Bay hasta la comunidad de Sea Gate, pasando Coney Island,  que fue originalmente comprada a los nativos que aquí habitaban en 1645 , y según los registros históricos, por el ridículo precio de un arma de fuego, una manta y una tetera. 

La zona de Brighton Beach estaba constituida por terreno fundamentalmente arenoso y, antes del inicio de su urbanización y desarrollo urbanístico en la década de 1860, no era más que una agrupación de  granjas enmarcadas en la ciudad de Gravesend, que había sido el único asentamiento inglés de las seis ciudades del área de Brooklyn, siendo administrativamente parte del poblado de Gravesend, una de las localidades originales del condado de Kings, el cual hoy constituye Brooklyn.

En 1868, el emprendedor William A. Engeman decidió construir  un centro turístico y de recreo en la zona para las clases acomodadas de Nueva York aprovechando la condición costera del emplazamiento.

El complejo recibiría el nombre de «Brighton Beach» en 1878, nombre designado como una directa alusión a la ciudad turística inglesa de Brighton.

Este complejo hotelero con habitaciones para alojar hasta a 5,000 personas por noche y que podía servir comidas para hasta 20,000 personas al día, estaba cerca del entonces deteriorado complejo de ocio de Coney Island, por lo que era principalmente la clase media alta la que elegía ir y alojarse en este hotel. 

El pabellón de baño Brighton Beach de 120 m de largo y dos pisos también se construyó en la zona, inaugurandose en 1878, con capacidad para hasta 1200 bañistas. 

Con la construcción del ferrocarril de Brooklyn, Flatbush y Coney Island, el predecesor de la actual Brighton Line del metro de la ciudad de Nueva York, abierta el 2 de julio de 1878, se proporciona acceso directo al hotel desde el downtown de Brooklyn y Manhattan, lugares por aquel entonces todavía pertenecientes a municipios distintos, en el estado previo a la consolidación de los boroughs de 1898. 

Junto al hotel, Engeman construiría el hipódromo de Brighton Beach donde se celebraban carreras de caballos de pura sangre.

Sin embargo, en diciembre de 1887, y de manera no prevista, una marea extremadamente alta se apoderó de la zona, inundando la zona y creando de manera fortuita una nueva conexión temporal entre Sheepshead Bay y el océano. 

En el periodico Brooklyn Daily Eagle se publicaría de manera satírica  la crónica relatando que : «A menos que Engeman tenga mucha suerte, las próximas carreras en la pista de Brighton Beach serán conducidas por los caballos de cresta blanca de Neptuno».

Después de este desastre natural, y una década de constante erosión de la playa, el Brighton Beach Hotel, en ese entonces propiedad ya de la compañía del ferrocarril, se vio enfrentado a la posibilidad de ser socavado y arrastrado por la acción de las mareas.

Un plan denominado altamente ingenioso y audaz fue iniciado por el superintendente de la compañía del Ferrocarril, para elevar y mover el edificio en su conjunto, 495 pies tierra adentro.

Esto se lograría levantando el edificio, con su peso estimado de 5.000 toneladas y unas dimensiones de 140 m × 46 m, utilizando 13 gatos hidráulicos, después de lo cual se colocaron 24 líneas de vía férrea, de una milla y media de longitud en total, debajo de él. 

Además 112  (vagones planos) tirados por seis locomotoras de vapor se utilizaron para alejar el edificio del hotel del mar. 

Esta audaz obra de ingeniería hizo que el desplazamiento fuera exitoso; Se comenzó el 2 de abril de 1888 y continuó durante los siguientes nueve días, y fue el desplazamiento de una construcción finalizada más grande del siglo XIX.

Pero no sería esta la última construcción de ocio y recreo en crearse aquí.

Además de este hotel, la Metropolitan Opera llevó sus populares interpretaciones de Wagner al Brighton Beach Music Hall.

Además, otro teatro, el New Brighton Theater era un lugar de moda para la representación del  vodevil. 

Los visitantes que acudían a tomar el té en el Brighton Beach Casino serían atendidos por camareras japonesas vestidas con sus trajes tradicionales completos. 

En un enorme club privado, los Brighton Beach Baths, sus miembros podían nadar, acceder a una playa privada y jugar a pelota, mah-jongg o juegos de cartas.

Finalmente, el poblado, junto con el resto de Gravesend, fue anexado al distrito 31 de la ciudad de Brooklyn en 1894.

En 1905, Brighton Beach Park abrió su propia área de entretenimiento, llamándola Brighton Pike. 

Brighton Pike ofrecía un paseo marítimo, juegos, entretenimiento en vivo (incluido el espectáculo del salvaje oeste de los hermanos Miller y una enorme montaña rusa de acero. 

El parque fue cerrado en 1919 después de que se incendiara mientras que la ​​playa, sin embargo, siguió siendo un destino de ocio popular.

Ya entrados en el siglo XX, Brighton Beach se empezó a desarrollar como una comunidad residencial bastante densa con la reconstrucción final del ferrocarril de Brighton Beach a los estándares del sistema de tránsito rápido, convirtiéndose en la Brighton Line de la Brooklyn-Manhattan Transit Corporation (BMT), que abrió en 1920, la línea que ahora es servida por las líneas B y Q del metro de la ciudad de Nueva York. 

La línea de metro dentro del vecindario discurre en superficie en una estructura elevada. 

La apertura de la BMT Brighton Line tuvo consecuencias contradictorias: aunque hizo que Brighton Beach fuera viable como una comunidad durante todo el año, ahora era mucho más factible para los visitantes de las instalaciones de recreo regresar a casa por la tarde en lugar de pasar la noche. Esto llevó al cierre del Brighton Beach Hotel en 1924.

Los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Gran Depresión trajeron consigo un vecindario formado principalmente por judíos estadounidenses de primera y segunda generación y, más tarde, tras la II Guerra Mundial, supervivientes de los campos de concentración nazis del Holocausto.

De los 55.000 supervivientes del Holocausto que se estima que vivían en la ciudad de Nueva York en 2011, la mayoría de ellos vivía en Brighton Beach.

A finales de los años 60, con la masificación y los problemas financieros generalizados en la ciudad la calidad de vida en Brighton Beach disminuyó significativamente a medida que aumentaba la tasa de pobreza y la proporción de residentes mayores.

Debido a la crisis fiscal de la década de 1970, los empleados públicos y la clase media acabarían mudadose a áreas suburbanas, principalmente de Long Island,  mientras que la gente se quedaba subdividía los apartamentos en residencias de una habitación individual para en muchos casos ocuparlos los pobres, los ancianos y enfermos mentales. 

Brighton Beach sufrió tanto por los incendios provocados por los propios dueños de los edificios para cobrar los seguros, al igual que el sur del Bronx, como por causa del constante y extendido tráfico de drogas. 

Paradójicamente, durante los calurosos veranos, sin embargo, gente de toda la ciudad acudía a la playa de Brighton Beach junto al Océano Atlántico para sofocar estos calores estivales.

A mediados de la década de 1970, Brighton Beach se convirtió inesperadamente en un lugar popular para establecerse y abrir negocios para los inmigrantes soviéticos, en su mayoría judíos provinientes de Rusia y Ucrania.

Tantos ex soviéticos emigraron a Brighton Beach que el área adquirio el apelativo de «Pequeña Odessa»  a partir de la ciudad ucraniana en el Mar Negro.

Esta migración supuso un nuevo resurgir de la zona con la aparición de nuevos negocios que servían de imán y aglutinante de esta nueva comunidad de inmigrantes basada en la ayuda mutua.

El colapso de la Unión Soviética a principios de los años 90 y los subsiguientes cambios significativos en las circunstancias sociales y económicas de los estados postsoviéticos llevaron finalmente a miles de ex ciudadanos soviéticos a emigrar a los Estados Unidos.

Como no podría ser de otra forma, muchos más inmigrantes postsoviéticos, que hablaban principalmente ruso, eligieron Brighton Beach como lugar para establecerse. 

También hubo una afluencia de inmigrantes de repúblicas del Cáucaso, principalmente de países como Georgia y Azerbaiyán. 

En la zona se abrirían un gran número de empresas, tiendas, restaurantes, clubs, oficinas, bancos, escuelas y centros de juegos infantiles de habla rusa y orientados a los inmigrantes. 

Ese legado es perfectamente visible hoy en día, cuando Brighton Beach es ese lugar que nos permite hacer una rápida y cómoda incursión en la cultura gastronómica de Rusia, Ucrania, Georgia y de muchas otras repúblicas del Cáucaso al módico precio de un billete de metro que nos transporte hasta aquí.

El valor de las propiedades inmobiliarias en Brighton Beach comenzó a revalorizarse de nuevo, aunque la delincuencia y el tráfico de drogas siguieron siendo un problema social importante en la zona hasta principios de la década de 1990.

Desde la década de 2010, un número significativo de inmigrantes de Asia Central también ha elegido Brighton Beach como lugar para establecerse en Nueva York.

Una próspera comunidad georgiana agrega una nueva dimensión al panorama culinario de Brighton Beach. Si bien la comida rusa y ucraniana son deliciosas, muchos alegan que carecen del sutil matiz aromático de la cocina georgiana.

Brighton Beach se ha considerado también muchas veces como un lugar de implantación para la denominada «mafia rusa», aunque la percepción pública en los últimos años ha sido que el crimen organizado ha desaparecido en gran medida por la fuerte presión ejercida por las autoridades y más concretamente el FBI. 

En la década de 1970, un sujeto llamado Marat Balagula era considerado el jefe del crimen organizado  de Brighton Beach, aunque él siempre negó tener conexión alguna con la mafia estadounidense o la propia mafia de habla rusa. 

Después de la caída de la Unión Soviética en la década de 1990, muchos criminales rusos entraron ilegalmente en los Estados Unidos, viniendo especialmente a Brighton Beach. 

El infame Vyacheslav Ivankov, quien dominaría el inframundo de Brighton Beach hasta su arresto en 1995, llegó al país también durante esta oleada.

Cultura popular

El la cultura popular de las últimas décadas, Brighton Beach también aparece retratada como escenario de la vida cotidiana de muchos de aquellos supervivientes del horror nazi y de los inmigrantes llegados desde el este europeo tras la caída del telón de acero. 

Un barrio con un carácter tan marcado inevitablemente se presta a ser escenario de historias humanas de gran intensidad dramática.

Un ejemplo de estas obras recientes es La película Requiem por un sueño  del año 2000 de  Darren Aronofsky, un duro drama  basado en la novela de 1978 del mismo nombre de Huber Selby,  y cuya trama se desarrolla en gran parte en Brighton Beach.

Más conectada con la historia reciente y la geopolítica mundial, Brighton Beach también aparece como escenario indispensable en la película de 2005 Lord of War (El señor de la guerra) protagonizada por un muy solvente Nicolas Cage, donde tanto el personaje que protagoniza como su familia, son ucranianos que habían emigrado unos años antes desde su natal Ucrania escapando de la Unión Soviética.

También, en un tono menos duro y en el ámbito del teatro de Broadway, el clásico Brighton Beach Memoirs es una obra semiautobiográfica del afamado autor Neil Simon, el primer capítulo de lo que se conoce como su trilogía Eugene y que precede en ella a Biloxi Blues y Broadway Bound.

Ambientada en septiembre de 1937, durante la Gran Depresión, esta comedia sobre la mayoría de edad se centra en Eugene Morris Jerome, un adolescente polaco-judío estadounidense que experimenta la pubertad, el despertar sexual y una búsqueda de identidad mientras trata de lidiar con su extensa familia, todos habitando un apartamento en Brighton Beach.

Pero no solo producciones estadounidenses han retratado esta barrio en su historia, sino que al otro lado del océano, películas producidas en la Rusia de  los años 90 y 2000 como la comedia de espionaje Llueve de nuevo en Brighton Beach, o el thriller criminal Hermano 2, retratan en sus tramas la estrecha relación entre Rusia y este peculiar  rincón de Brooklyn a través de sus gentes.

Hoy en día, Brighton Beach es un bullicioso vecindario de Brooklyn frente al mar. 

La pequeña Odessa, como muchos otros vecindarios de Nueva York, tiene un carácter distintivo propio y a la vez mixto, claro ejemplo del crisol de culturas y procedencias del mundo que es esta ciudad.

Un paseo por sus calles perpendiculares al mar o la propia arteria principal del barrio, Brighton Beach Avenue, nos revelará infinidad de restaurantes donde saborear la tradicional sopa borsch rusa o los clásicos pelmeni al vapor ,las tiendas, librerías y negocios con un sabor «ruso» único, y que fusionan el encanto del negocio tradicional, a veces incluso con un cierto sabor trasnochado, con el conocimiento y dinamismo del comercio actual.

Algunas voces incluso, lamentan que aquellos primeros emigrantes llegados de la Unión Soviética han quedado anclados en aquellos años 70 y 80 y el relevo generacional no se ha producido con el riesgo de que la marca característica del barrio acabe difuminándose en pocos años y quedando relegado a anécdota historica de la segunda mitad del siglo XX.

Mientras tanto, y mientras sea posible experimentar este legado del Este de Europa en Nueva York,  su paseo marítimo y la propia playa a tiro de piedra de todas estas atracciones gastronómicas y culturales, constituyen razón suficiente para aventurarse a una visita, dado el fácil acceso en metro a este rincón de Brooklyn hasta donde llegaron los vientos del Este.

En este nuevo podcast de Un Minuto en Nueva York visitamos Brighton Beach, el barrio de Brooklyn de tradición y sabor ruso para descubrir su historia, peculiaridades y lo que ofrece al visitante.

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Podcast: Ragamuffin Day, el peculiar Thanksgiving Day de Nueva York

Podcast: Ragamuffin Day, el peculiar Thanksgiving Day de Nueva York

Thanksgiving Day o El Día de Acción de Gracias. Una festividad nacional que los Estados Unidos celebra cada año el último jueves del mes de noviembre.

En 1621, los colonos de Plymouth llegados a bordo del Mayflower y los nativos americanos de Wampanoag compartieron una fiesta celebrando la cosecha de otoño, y que hoy en día, si bien todavía existe controversia sobre si fue la primera, se reconoce hoy como una de las primeras celebraciones de Acción de Gracias en las colonias americanas.

Durante más de dos siglos, las colonias y los diferentes estados celebrarían días de acción de gracias. Pero no fue hasta 1863, en plena Guerra Civil, cuando el presidente Abraham Lincoln proclamó el Día de Acción de Gracias como festivo federal que se celebraría cada noviembre desde entonces.

Pero más allá de la tradición que hoy conocemos, donde las familias y amigos se reúnen en torno a la mesa para, en una copiosa cena, dar cuenta del tradicional pavo con su relleno y otros muchos platos característicos, e incluso el perdón presidencial de una de estas aves, existió en el pasado una tradición exclusiva con la que Nueva York celebraba esta festividad bastante  antes que se estableciera el desfile organizado por los grandes almacenes Macy´s que hoy conocemos.

Era el llamado Ragamuffin Day, donde niños y algunos ya no tanto, salían durante todo ese día  a las calles de la ciudad para ir pidiendo puerta a puerta a sus vecinos tanto dulces como dinero, siempre recitando al hacerlo la frase  “Anything for Thanksgiving?”

Esta tradición hoy en gran modo olvidada y ciertamente ignorada incluso por muchos neoyorquinos, precedería en el tiempo a la tradición ya hoy globalmente conocida de Halloween y su “Trick or Treating”.

El origen del Día de Ragamuffin se puede  rastrear en los registros hasta 1870, unos años después de que Lincoln, lo hubiera declarado Acción de Gracias como festividad nacional. 

Las crónicas informan  que en ese 1870 un grupo de hombres disfrazados salieron a las calles  a celebrar  el llamado Día de la Evacuación, un día antes del Día de Acción de Gracias, el 24 de noviembre. 

En el Día de la Evacuación se conmemoraba cada noviembre la efeméride de cuando las fuerzas británicas abandonaron en 1783 Nueva York después de la Guerra Revolucionaria y cuando George Washington, que anteriormente había sido obligado a la retirada de Manhattan  en la llamada la batalla de Long Island en 1776, cruzara de nuevo el Harlem River desde Westchester avanzando victorioso con sus tropas del ejército Continental hasta The Battery, en el extremo sur de Manhattan.

Este Evacuation Day, adoptado posteriormente por la comunidad de emigrantes irlandeses como una expresión de su sentimiento anti-britanico, fue un día festivo bastante importante celebrado en Nueva York hasta 1888, siendo posteriormente a lo largo de las décadas, ocasión para diversos actos conmemorativos de carácter histórico y patriótico, siendo hoy en dia testimoniales los actos relacionados con esta fecha.

En estos primeros registros, estos hombres disfrazados que desfilaban por las calles se hacían llamar “fantasticals” o  «los fantásticos». 

Pero, ¿cuál era la razón para los disfraces? La respuesta es algo complicada ya que los disfraces tampoco estaban directamente relacionados con el Día de Acción de Gracias o el mencionado Día de la Evacuación. 

Según otros cronistas, se piensa que esta costumbre estaba más relacionada con el Día de Guy Fawkes, día celebrado en Inglaterra cada 5 de noviembre, conmemorando el desbaratamiento del plan de los miembros del Gunpowder Plot, un grupo de católicos ingleses, de atentar contra la vida del rey James Primero mediante el intento en 1605 de volar por los aires la cámara de los lores. 

En Estados Unidos, el día de Guy Fawkes se importo desde el Inglaterra y se celebró con verdadero sentimiento anticatólico, llegando a quemarse una efigie del Papa. 

Aunque ambos días festivos tienen semanas de diferencia, se cree que la proximidad del Día de Guy Fawkes al Día de Acción de Gracias y el Día de la Evacuación es responsable de la extraña combinación de estas distintas festividades. Sin embargo, los American Fantasticals que desfilaban disfrazados no llegaban en caso alguno a pedir dinero.

¿Cómo surgió la costumbre de pedir? 

Se cree que los neoyorquinos de alguna manera entrelazaron aún más todas estas fiestas y conmemoraciones con otra vieja costumbre de Acción de Gracias proveniente de la zona de Nueva Inglaterra.

Un artículo del New York Times de 1893 explicaba cómo  [con eco]  “En un viejo libro que describe los personajes y las costumbres de Nueva Inglaterra se lee que en la víspera de Acción de Gracias era costumbre de las personas más pobres, sirvientes y dependientes ir a las casas de los ricos y acaudalados hacendados para pedir donaciones y limosna que les ayudase a celebrar esta significativa festividad. Y las personas más ricas sintieron que incumbe a su dignidad y hospitalidad no permitir que nadie se vaya de sus puertas con las manos vacías ”. [fin del eco]

Siguiendo el estricto significado de la palabra, en el  Día de Ragamuffin , los niños iban originalmente vestidos al estilo de los vagabundos de Nueva York de la época, con harapos e imitaciones de las vestimentas de los mendigos, desmesuradas y exageradas.

En las décadas de 1880 y 1890, más y más niños saldrían a las calles haciéndose pasar por personajes tan diversos como indios, peregrinos, el tío Sam, Mephisto y otros muchos. El Día de Ragamuffin era deplorado por algunos y alentado por otros.

De ese modo, en 1902, en el Día de Acción de Gracias, la ciudad estaba llena de niños disfrazados mendigando. 

El New York Times describía la escena como [eco]  “… desde la mañana hasta la noche, miles de niños deambulaban con trajes de ragamuffin, tocando cuernos, lanzando proyectiles inofensivos y jugando a mendigar. La práctica de vestirse como ragamuffins parece estar creciendo entre los niños de la ciudad cada Día de Acción de Gracias, y los padres de muchos parecen interesarse en estas exhibiciones, a juzgar por la gran variedad de disfraces fantásticos que usan los niños. [eco]

Se podía ver a niños e incluso a algunos hombres adultos con la cara pintada de rojo, verde, negro y amarillo. En muchas calles, los niños desfilaban tocando cuernos, sacudiendo cencerros y campanas o tocando platillos para agregar cacofonía a las festividades.

En años posteriores, los niños incorporarian nuevas temáticas en sus disfraces como las de marineros, bandidos e incluso personajes de Disney. 

Esta tradición llegó a extenderse a otros estados próximos, si bien nunca alcanzó la popularidad de que disfruto en la propia ciudad de Nueva York.

En 1925, el Madison Square Boys Club celebró el primero de lo que se convirtió en un desfile anual del Día de Acción de Gracias para protestar contra los niños que pedían limosna en ese día. Estos chicos llevaban pancartas que decían American Boys Don’t Beg.

En la década de 1930, la tradición de pedir dinero espontáneamente sería reemplazada por los desfiles de Ragamuffin organizados, un predecesor de los actuales desfiles del Día de Acción de Gracias. 

Posteriormente, y a medida que Halloween se hizo más popular después de la Gran Depresión, los eventos de Ragamuffin se volvieron menos populares, pero sin embargo, los niños continuaron estas tradiciones hasta la década de 1940. 

El fin del Ragamuffin Day vendría provocado por varios factores.Uno de ellos sería la caída del mercado de valores en octubre de 1929 que hizo que el dinero fuera escaso para todos y con ellos las ganas para celebraciones.

Por otra parte, durante la década de 1930, las escuelas de la ciudad de Nueva York, junto con la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños, desalentaron abiertamente a los niños que pidieran limosna en Acción de Gracias. 

El Boys Club ofreció como premio un pavo al niño con el mejor disfraz en una fiesta que realizarían, en lugar de pedir limosna en la calle o por los vecindarios.

Finalmente, el alcalde Fiorello LaGuardia impuso la prohibición de mendigar, no solo a los adultos sino también a los niños. Se le dio instrucciones a la policía para que hiciera cumplir la prohibición.

Ya en 1937, varias organizaciones comenzarían a organizar desfiles del Día de Acción de Gracias para disuadir definitivamente a los Ragamuffins, donde los desfiles de Acción de Gracias también presentarían a niños vestidos como mendigos y con disfraces de Halloween. 

En la década de 1940, en algunos de estos desfiles organizados participaron unos 500 niños.

Cada año, a pesar de algunos nostálgicos, la tradición murió un poco más hasta que al final de la década el Día del Ragamuffin prácticamente dejó de existir.

El último desfile de Ragamuffin del Día de Acción de Gracias registrado fue en 1956, claramente eclipsado por el Desfile del Día de Acción de Gracias de los grandes almacenes Macy’s. 

En un plano más anecdótico, un desfile de Ragamuffin el 15 de octubre de 1972 en el barrio de Bay Ridge, Brooklyn, atrajo a unos 6.000 niños y una multitud de alrededor de 35.000, personas convirtiéndolo en el desfile de Ragamuffin más grande registrado de los Estados Unidos hasta ese momento.

Los desfiles de Ragamuffin continuaron celebrándose en algunos boroughs exteriores de la ciudad después de perder su popularidad en Manhattan. 

Estos desfiles todavía se han llevado a cabo en algunos lugares del área metropolitana, incluso en el propio Bay Ridge, donde se lleva a cabo desde 1966, o ya fuera de la propia ciudad de Nueva York ,como Park Ridge o Hoboken (New Jersey).

Otras comunidades  donde se han venido celebrando este tipo de desfiles incluyen los municipios del condado de Westchester de Pleasantville y Briarcliff Manor (donde el desfile se ha venido celebrando a lo largo de unos 30 años).

Para conmemorar esta tradición, en cierto modo olvidada o eclipsada por el despliegue mediático y publicitario del desfile de  personajes flotantes de Macys que discurre cada año por Central Park West y la Quinta Avenida, en septiembre de 2016, una calle de Bay Ridge, Brooklyn, pasó a llamarse «Ragamuffin Way» en honor a esta tradición de 50 años de tradición en el vecindario, vestigio olvidado de una lejana Nueva York que ya no existe.

Se acerca la semana de Thanksgiving Day y con tal motivo miramos hacia el pasado de Nueva York y rescatamos una tradición hoy ya prácticamente olvidada en la que los niños tomaban las calles disfrazados en el día de Acción de Gracias para ir por los vecindarios pidiendo dulces y dinero a sus vecinos: el llamado Ragamuffin Day.

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Podcast: Brooklyn Navy Yard, el gran astillero de Nueva York

Podcast: Brooklyn Navy Yard, el gran astillero de Nueva York

Mientras se navega cotidianamente por las aguas del East River, ese familiar estrecho marítimo que separa por el este la isla de Manhattan de Long Island con sus costas de  Brooklyn y Queens, algo que en los últimos años y merced a la movilidad por agua que nos ha proporcionado las líneas  del New York Ferry, no es difícil reparar en un área del borough de Brooklyn ubicada en el tramo situado entre los los puentes de Manhattan y Williamsburg, que nos sugiere los vestigios de  un gran antiguo complejo industrial, hoy ya prácticamente en desuso como tal, pero que todavía mantiene la morfología de lo que un dia fue una de las piezas fundamentales de la producción naval del estado de Nueva York y de los Estados Unidos.

Hablamos del Brooklyn Navy Yard, los antiguos astilleros situados en el East River, dentro de su denominada Wallabout Bay, ocupando uno de los entrantes con que cuenta en Brooklyn y que cubre una superficie cercana a las 100 hectáreas y que hoy en día es parte también del registro nacional de lugares históricos de los Estados Unidos.

Hablamos de uno de los astilleros para la construcción de barcos de guerra para la armada de Estados Unidos, la US Navy y algunas otras,  con gran relevancia histórica junto con otros como los situados  Norfolk en Virginia, San Francisco o el propio Pearl Harbor en Hawaii.

La historia de este astillero entronca directamente con la propia historia y fundación de los Estados Unidos, estando su establecimiento promovido directamente por uno de sus primeros presidentes.

A partir de ahi, de sus diques secos surgieron un importante numero de buques que a la postre se significarian a lo largo de la historia naval de su propio pais y del mundo en los dos últimos siglos.

Pero como en muchas otras historias sobre el nacimiento y primeros años de Nueva York y sus diversas partes, hemos de remontarnos a los primeros europeos que llegaron a estas tierras por aquel entonces ya habitadas por los pueblos nativos americanos de la zona.

En 1637 , y como parte de los esfuerzos colonizadores holandeses, el colono Jansen de Rapelje, un Wallon Belga, compra 335 acres (unas 136 ha) de tierra formados principalmente por ciénagas y marismas en Wallabout Bay a la tribu de los Lenape. 

En este lugar establecería su granja y sus cultivos, aceptándose que el nombre hoy otorgado a la zona de Wallabout Bay procede del gentilicio Wallon, merced a su primer pionero europeo.

En el periodo entre 1776 y 1783 la ocupación británica de la ciudad de Nueva York es determinante dentro del proceso de la Revolución Americana. 

Se estima que 11,500 colonos independentistas mueren en los barcos prisión británicos amarrados frente a Wallabout Bay. El barco más infame que relata la historia es el Jersey, donde los soldados y comerciantes americanos son encarcelados por desobedecer el embargo británico.

Finalizada la Guerra de Independencia, en 1801 el presidente John Adams, originario de Nueva Inglaterra, promueve un gobierno federal  fuerte y una marina de guerra capaz de proteger el comercio y defender a la joven nación (inicialmente frente a Gran Bretaña) en un mundo convulso.

Al final de su presidencia, Adams toma las medidas necesarias para rápidamente autorizar el establecimiento de los primeros cinco astilleros navales del país, incluido el Brooklyn Navy Yard.

En 1806 se completa la Commandant ‘s House, el cual es hasta nuestros días el edificio más antiguo del astillero y que todavía se conserva. Este edificio se convirtió a finales del siglo XX en una residencia privada, desde 1971 y un Monumento Histórico Nacional desde 1974.

En 1820, con la promulgación de leyes  castigaban con la muerte el comercio de esclavos, y hasta 1861, varias escuadras de la Marina de los Estados Unidos patrullaban para suprimir este comercio de seres humanos frente a las costas de África. 

Los barcos construidos en este astillero astillero, incluidos el USS Ohio, Savannah, Peacock, Dolphin, Vincennes, Fulton II, Decatur, San Jacinto y Niagara, desempeñan un papel clave en estas misiones.

Estos esfuerzos entran en clara contradicción con la esclavitud generalizada extendida en los estados del sur y base de su economia agraria, y que varias decadas mas tarde detonarian la guerra civil.

En 1833 El comodoro Matthew C. Perry, conocido entre otras cosas por su expedición a Japón con los llamados barcos negros, forzando la apertura de este pais oriental al comercio,  es actor clave en la fundación del Naval Lyceum (el precursor de la Academia Naval de EE. UU.) Su lema sería «promover la difusión de conocimientos útiles, fomentar un espíritu de armonía y unidad de intereses en el servicio y cimentar los vínculos que nos unen como hermanos profesionales «. 

La primera publicación naval profesional, la Revista Naval, se publica aquí en los Brooklyn Navy Yards en 1836. Los escritores  Washington Irving, autor de la Leyenda de Sleepy Hollow, y James Fenimore Cooper serán colaboradores habituales de esta revista naval.

En 1837 el barco de vapor con ruedas propulsoras laterales y 9 cañones Fulton II se bota como el primer buque de guerra de vapor estadounidense asignado al servicio marítimo.

En la década de entre 1841-1851, el gobierno construye su tercer dique seco de granito utilizando para ello un martinete a vapor por primera vez en los Estados Unidos.

En el año 1852, y profundamente comprometido con la mejora de la atención médica, el joven cirujano naval E.R. Squibb busca ser asignado al Hospital Naval donde perfeccionará la fabricación de éter anestésico. Más tarde,  en 1857, funda su propia empresa farmacéutica fuera del astillero, que posteriormente proporcionaria la mayoría de los suministros médicos para el Ejército de la Unión durante la Guerra Civil.

En 1858 el USS Niagara construido en este Yard y el británico HMS Agamemnon se encuentran en el medio del océano Atlántico para tender el primer cable telegráfico submarino. El 5 de agosto de ese año, la reina Victoria transmite el primer mensaje telegráfico en código Morse a los EE. UU.

En el año 1862, el USS Monitor, el primer buque de guerra acorazado encargado por la Unión Navy, está siendo equipado en Brooklyn después de ser construido en el Continental Shipyard en Greenpoint. La «Batalla de Hampton Roads» entre el Monitor y el confederado CSS Virginia marca la primera batalla naval entre dos buques de guerra blindados.

En 1872, el Prototipo del submarino Halstead’s Folly, o Ballena Inteligente, ya retirado del servicio se expone aquí en el yard. Este primitivo submarino fue la respuesta del ejército del norte al CSS Hunly y Pioneer de los ejércitos del sur durante la guerra civil.

Entrando ya en 1889 la botadura en estos astilleros del buque USS Maine inicia la «era del acorazado» para la armada de Estados Unidos. 

Cuando, nueve años después se produce el polémico y hasta hoy controvertido incidente de su voladura en el puerto de La Habana, calificado por muchos historiadores como un ataque de falsa bandera, se activa la espoleta la guerra hispanoamericana con el incendiario grito de guerra «¡Recuerden el Maine!» acunado por los magnates de la prensa William Randolph Hearst y Joseph Pullitzer.

En un plano ya menos bélico y entroncando con el siglo de las comunicaciones a distancia que empezaba, en 1907, la cantante de ópera Eugenia Farrar canta la primera canción transmitida por radio inalámbrica. La canción llamada «I Love You Truly» se transmite para probar los radioteléfonos de arco del Dr. Lee DeForest  bordo del USS Dolphin, atracado en el Yard.

Entre 1907 y 1909 el USS Connecticut construido en Yard sirve como buque insignia de la Gran Flota Blanca del presidente Theodore Roosevelt, 26 embarcaciones que navegan por el mundo en una gira de 2 años que marca el comienzo de los EE. UU. Como aspirante a ser una potencia mundial.

En 1915 El USS Arizona, el barco más grande de la Armada, se bota durante la Primera Guerra Mundial pero no juega un papel determinante en la guerra.

Unas décadas más tarde, en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, el denominado por el presidente F.D. Roosevelt como “Día de la infamia”, una bomba lanzada desde un avión japonés detona el cargador de municiones de proa provocando una masiva explosion a bordo y el barco se hunde en menos de 10 minutos, llevando a la muerte a 1.177 hombres. El barco construido en Nueva York, y desde entonces hundido todavía permanece bajo las aguas en Hawaii constituyendo el Memorial del USS Arizona en la bahía de Pearl Harbor.

Durante los 6 años de la Segunda Guerra Mundial el astillero duplica su tamaño cuando el gobierno expropia y anexa los terrenos adyacentes que formaban hasta entonces el segundo mercado de productos agrícolas más grande del país, para así poder construir más diques secos para la construccion y reparacion de barcos de guerra y además contar con la que era por aquel entonces la grúa más grande del mundo. 

La población de los barrios limítrofes en Brooklyn se dispara a medida que la administración del astillero aumenta la fuerza laboral a más de 70,000 empleados. Las mujeres son contratadas por primera vez en el astillero para trabajar como personal mecánico y técnico. 

Antes de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres trabajaban en Brooklyn Navy Yard en calidad de oficinistas. En 1944, con la mayoría de los hombres en edad militar sirviendo en los frentes, se abrieron puestos para soldadores, remachadores, instaladores de tuberías y delineantes, y las mujeres encontraron trabajo en puestos relacionados con esos oficios por primera vez. 

Para muchas mujeres, recién salidas de la escuela y deseosas de ayudar en el esfuerzo de guerra, esta seria a la postre la única vez que trabajarian fuera de casa.

La Segunda Guerra Mundial terminaría también con un barco construido en los Brooklyn Navy Yards como protagonista y escenario. 

Sería el 2 de septiembre de 1945, cuando Japón firma la rendición incondicional a bordo del del USS Missouri, también conocido como «Mighty Missouri» fondeado en la bahía de Tokyo.

Pero no todo serían grandes efemérides en la historia del yard.

En 1960 cuando una plataforma montacargas accidentalmente perfora un tanque de combustible del portaaviones USS Constellation  durante su construcción, el combustible se derramara sobre los soldadores que trabajaban bajo cubierta, provocando un voraz incendio que se cobra 50 vidas y deja 323 heridos. 

La reparación costará a la armada 75 millones de dólares y retrasa la puesta en servicio del barco por siete meses, empañando seriamente la reputación del astillero, algo que a la postre acabaría sellando el destino de esta instalación.

El secretario de Defensa Robert McNamara, en 1966 decreta el cierre definitivo, junto con otras 90 bases e instalaciones militares. 

En el momento de su cierre, el Brooklyn NAvy Yard empleaba a más de 9,000 trabajadores siendo la planta industrial continuamente activa más antigua del estado de Nueva York.

En el periodo de entre 1969 y 1981 la ciudad de Nueva York toma el control y reabre el Yard como un parque industrial administrado por la organización sin fines de lucro para el Comercio, Trabajo e Industria del Condado de Kings (CLICK). 

El inquilino más grande, que era el astillero Seatrain Shipbuilding, despide finalmente a 3.250 trabajadores en 1975. 

En un intento desesperado de salvación,  Los representantes de la Cámara de Representantes de Brooklyn, Shirley Chisholm y Fred Richmond, obtienen préstamos del Congreso por un total de $ 40 millones para retener puestos de trabajo vitales, pero Seatrain cierra definitivamente en 1979. El por aquel entonces alcalde Koch reemplaza la organización CLICK en 1981 por la Corporación de Desarrollo de Brooklyn del Navy Yard.

Tras los cierres de dos importantes inquilinos marítimos y la catastrófica pérdida de puestos de trabajo resultante, la administración del parque industrial comienza a diversificar su base de inquilinos. Los grandes espacios existentes serán subdivididos para acomodar pequeñas empresas industriales y tecnológicas que buscará reflejar la diversidad, la energía y la creatividad de la comunidad de Brooklyn y Nueva York.

En 1998, esta diversificación conduce a una ocupación del 98%, con más de 200 pequeñas y medianas empresas que emplean a más de 3000 personas. 

Se amplía el Centro de Empleo, se establece un Programa de formación Juvenil de Verano y se lanza un servicio de transporte al metro para brindar un mejor acceso y fomentar el uso del transporte público.

En el periodo entre 2001 y 2011 la ciudad de Nueva York toma nota del éxito de la iniciativa y financia importantes mejoras a la infraestructura básica del Yard, algunas de las cuales databan de la era de la Guerra Civil. 

El número de empresas asentadas aumenta a 275 con casi 6.000 empleados. 

Los gestores emprenden iniciativas de sostenibilidad para apoyar a un grupo de fabricantes ecológicos en rápido crecimiento. La mayor expansión de Yard desde la Segunda Guerra Mundial está en marcha.

2004 marcará un importante hito en la historia reciente

Steiner Studios abre en el Yard. La instalación de 29,000 metros cuadrados es el complejo de estudios audiovisuales más grande y sofisticado fuera de Hollywood, que cuenta con cinco estudios de sonido e instalaciones de producción de cine y televisión de última generación. 

En 2010, Steiner Studios duplica su tamaño, y construye cinco nuevos estudios de sonido y reutiliza el antiguo Laboratorio de Ciencias Aplicadas de la Marina. 

Una asociación con Brooklyn College funda la primera escuela de cine abierta del país en un estudio en activo. 

En 2018 se abre el emblemático y nuevo Edificio 92, que cuenta con  un centro de exposiciones, de visitantes y de formación para el empleo, para dar apoyo  a los inquilinos empresariales del Yard, brindar mejores servicios de colocación laboral para la comunidad y celebrar la rica historia de este enclave de Brooklyn. 

La construcción también se completa con un Centro de Fabricación Ecológica de 23,000 metros cuadrados, el Invernadero Duggal de más de 3000 metros cuadrados y la granja en azotea más grande del país, la llamada Brooklyn Grange.

Toda esta historia de esta instalacion industrial que durante mas de 150 años significo el lugar de nacimiento y partida de las mas determinantes flotas de guerra del ultimo siglo,pero tambien como lugar de paso, hogar y lugar de trabajo de innumerables mujeres y hombres veteranos que sirvieron desde ahi al pais.

Para poner en valor esas memorias la Corporación de Desarrollo del Brooklyn Navy Yard inicio el  Brooklyn NAvy Yard Oral History Project, pare del Home Front Project, una iniciativa para preservar y compartir entrevistas sonoras con mujeres y hombres civiles que experimentaron desde las lineas de montaje de fabricas y astilleros los avatares de las II Guerra Mundial

El Brooklyn Navy Yard ahora alberga a más de 450 empresas que emplean a más de 11,000 personas y generan más de 2500 millones de $ por año en impacto económico para la ciudad. 

Sobre la base de la historia prolongada del historico Navy Yard como corazón económico de Brooklyn, el nuevo parque empresarial, hoy en dia activo frente a las transitadas aguas del East River ofrece en muchos casos un camino crítico hacia el desarrollo laboral, económico y personal para muchos neoyorquinos.

En este nuevo podcast visitaremos la historia del Brooklyn Navy Yard, el astillero que en Wallabout Bay, durante mas de 150 años vió la creación de algunos de las buques de guerra más importantes en la historia de los Estados Unidos.

Brooklyn Navy Yard Oral History Project
https://nationalhomefrontproject.org/brooklyn-navy-yard-oral-history-project/

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Podcast: The New York Public Library. Algo más que un grandioso edificio

Podcast: The New York Public Library. Algo más que un grandioso edificio

En la segunda mitad del siglo 19, Nueva York ya había superado en población a París y se aproximaba de manera inexorable a rebasar a la de Londres.

Algunos de sus más ilustres ciudadanos se dieron cuenta de que una ciudad así no podía estar carente de una institución tan importante para la cultura como era una gran biblioteca.

Uno de estos prohombres era el gobernador Samuel J. Tilden que dejó en herencia la mayor parte de su fortuna personal, unos 2.4 millones de $ para, según sus palabras “establecer y mantener una biblioteca gratuita y una sala de lectura en la ciudad de Nueva York¨. 

Su intención era compararse con instituciones como la Biblioteca Nacional de Francia o la Británica del Reino Unido, además de colmar la aspiración de todo neoyorquino de superar a la biblioteca pública de Boston, la ciudad rival en ese y muchos otros ámbitos.

En este punto de la historia, el calendario marcaba alrededor del año 1859 y no se podía decir que la ciudad no contase ya con biblioteca alguna. 

John Jacob Astor, un inmigrante alemán que a su muerte en 1848 era el hombre más rico de EEUU dejó escrito en su testamento que asignaba 400,000 dólares de su fortuna para la creación de una biblioteca en la ciudad. 

Esta biblioteca, la biblioteca Astor, abriría sus puertas en 1849, en el edificio llamado hoy Joseph Papp Public Theater que hoy podemos encontrar en el 425 de Lafayette Street.

A pesar de que en esta biblioteca no se daban libros en préstamo, sí que constituyó un recurso muy valioso para la investigación.

Por otra parte, y coincidiendo en el tiempo tenemos la biblioteca fundada por James Lenox, en el número 1001 de la 5a, avenida, un edificio posteriormente demolido en 1912, la cual estaba compuesta principalmente por su colección personal de libros poco frecuentes o exclusivos, la cual incluía, entre otros, la primera Biblia impresa por Gutenberg que llegaría al Nuevo  Mundo.

Esta biblioteca también estaba principalmente orientada a estudiosos y académicos y aunque el uso de los libros era libre para estos, sí que se cobraba una entrada para la admisión a la biblioteca.

Estas dos instituciones, que claramente eran insuficientes para suplir la demanda de libros de la ciudad, a finales del siglo 19 estaban experimentando serias dificultades económicas. 

Las pocas donaciones aparte de las inicialmente hechas por sus fundadores y los gastos de mantenimiento y expansión de las colecciones hacía que sus gestores empezaran a cuestionar la viabilidad de estas dos empresas filantrópicas.

Tuvo que ser un miembro de la fundación establecida por el ex-gobernador Tilden, el abogado John Bigelow, el que viniese a idear un atrevido plan destinado a fusionar estas dos bibliotecas que estaban experimentando serias dificultades, y con ayuda de los fondos asignados años antes por Tilden para crear una nueva institución, que a la postre sería denominada como The New York Public Library.

El nacimiento de esta institución se establecería finalmente el 23 de mayo de 1895, hace ahora 125 años,con la firma del acuerdo por parte de las tres partes y fue aclamado como un ejemplo sin precedentes de filantropía privada en beneficio del interés público.

En estos primeros años de la institución, el funcionamiento sería similar al de las dos bibliotecas originarias, con libros únicamente disponibles en las salas de lectura.

Por otra parte, ya en 1879, un grupo de mujeres costureras pertenecientes a la Grace Church, habían creado la llamada New York Free Circulating Library, una biblioteca situada en Bond Street, y dedicada al préstamo de libros y que atraía gentes de todos los puntos de Manhattan, llegando incluso a producir frecuentemente aglomeraciones en la calle de lectores esperando poder acceder  al préstamo de los libros.

La Free Circulating Library cosecharía en esos años un éxito rotundo entre la población  llegando a abrir hasta 11 sucursales e incluso una biblioteca móvil itinerante.

Parecía que esta popular institución era la pieza que faltaba a la NYPL para convertirse en la institución cultural que cubriese la demanda de conocimiento de todos los ciudadanos de Nueva York.

Y así, tras varias conversaciones, en febrero de 1901, la New York Free Circulating Library se incorpora a la New York Public Library como departamento de préstamo de libros.

A esta nueva fusión, y solo un mes más tarde, el magnate del acero, Andrew Carnegie  anuncia que donará 5.2 millones de dólares para la construcción y financiación de 67 bibliotecas que posteriormente pasarían a ser mantenidas mediante los fondos públicos por la ciudad.

Finalmente, serian solo 39 las bibliotecas construidas por Carnegie las que se incorporarían a la NYPL pero esta fórmula de colaboración público-privada pervive hasta hoy en día, en que las colecciones de préstamo son mantenidas y financiadas por la ciudad, mientras que las 4 grandes bibliotecas de investigación cuentan con financiación privada pero están abiertas al público.

Por aquel entonces. y con un plan de futuro y financiación asegurada, la nueva institución pondría  sus ojos en el ambicioso objetivo de construir un gran biblioteca central que diera una cara visible, reconocible y grandilocuente  a la NYPL: El objetivo sería construir la llamada Main branch

El lugar elegido sería el viejo Croton Reservoir. Una ciclópea construcción de inspiración egipcia, con masivos muros de más de 7 metros de espesor y que almacenaba las aguas traídas a la ciudad por el Acueducto del río Croton que se encontraba 40 millas al norte en el condado de Westchester. 

Este gran reservorio ocupaba el lugar que hoy ocupa la Biblioteca Central y parte del actual Bryant Park. 

Este gran depósito de agua potable, hasta esos momentos se había convertido en uno de lugares favoritos de la ciudad para pasear sobre la senda que existía sobre sus gruesos muros a modo de muralla, algo que el propio Edgar Allan Poe recomendaba como visita obligada a todo aquel que viniese a Nueva York, por las maravillosas vistas hasta los 4 confines de esta que ofrecía desde este lugar elevado.

Como vestigio histórico de esta desaparecida construcción,todavía podemos encontrar en la cimentación del actual edificio de la biblioteca que conocemos hoy, rastros materiales en sus cimentaciones y niveles inferiores de ese viejo depósito de agua que dio servicio a la ciudad entre 1842 y 1890.

El primer director de la biblioteca, creó un diseño director inicial que se convirtió en la base del nuevo edificio que debería contener una gran sala de lectura en su espacio principal además de otras salas secundarias y múltiples pisos para el almacenaje de libros, combinado con un ágil sistema para poner los libros en manos de los usuarios de la biblioteca de la forma más rápida posible

Para la concepción de esta nueva gran biblioteca central, a la que hoy frecuentemente nos referimos como Main Branch, se organizó un concurso al que se presentaron los arquitectos más prestigiosos de la ciudad siendo desvelados los vencedores de este en 1897, siendo los seleccionados la oficina de Carrere & Hastings, una firma poco conocida hasta aquel entonces.

Tras unos iniciales titubeos para iniciar las obras por problemas financieros de la ciudad, en junio de 1899 de inicio la demolición de los muros del existente Croton Reservoir y en noviembre de 1902 se puso la ceremonial primera piedra de la nueva biblioteca.

El basamento del edificio no se completó hasta 1903, y el primer piso en 1904. 

La grandiosa columnata de entrada se colocó en 1905 dando paso a los trabajos en cubierta.

Para completar los interiores, los trabajos se alargarian aún varios años más, en una obra caracterizada por un ritmo especialmente  lento.

De esta manera, no se llegó a completar la mayor parte de los trabajos hasta finales de 1910

Uno de los recursos que Carrère & Hastings aprovecharon fue la terraza sobre la cual levantaron su edificio desde el nivel de la calle. 

La terraza no solo eleva la biblioteca, exaltando simbólicamente al público que la usaría, sino que también ayuda a orquestar una secuencia de movimientos cuidadosamente calibrada dentro y a través del edificio, comenzando con el enfoque desde la calle. A medida que el visitante sube por las amplias y acogedoras escaleras de la terraza de la Quinta Avenida, la fachada principal de la biblioteca se expande horizontalmente y domina completamente el campo de visión. Carrère & Hastings diseñaron esta larga fachada de acuerdo con el tipo de palacio francés de cinco partes (entrada central o frontispicio, alas empotradas y pabellones finales). 

El pórtico central (un pórtico sostenido por columnas) compuesto por tres grandes aberturas arqueadas con un alto ático esculpido (pared) arriba recuerda un antiguo arco triunfal romano, una referencia simbólica que sugiere una bienvenida ceremonial a la biblioteca.

Flanqueando la entrada del conjunto encontramos a los dos majestuosos leones de mármol rosa de Tennessee, obra del escultor Edward Clark Potter, inicialmente apodados Leo Astor y Leo Lennox, en honor a los dos fundadores de la New York Public Library, y que han visto pasar frente a su grave mirada los más importantes acontecimientos vividos y celebrados por la ciudad. Estos leones pasaron el pasado año 2019 por un proceso de limpieza y restauración para estar a la altura del aniversario que ahora conmemoramos.

En el interior, tras remontar la escalinata principal y acceder al interior a través de la columnata exterior al imponente Astor Hall, el lector o visitante sería invitado a acceder a los niveles superiores mediante dos majestuosas escaleras, que tras el paso por la segunda planta, con salas de tipo eminentemente funcional, nos llevan al tercer nivel donde encontramos las salas principales de la biblioteca.

Quizás la más icónica y que reciba la mayor parte de la atención por parte del visitante es la grandiosa Rose Main Reading Room, la joya de la corona de la NYPL, con una dimensiones interiores de 297 por 78 pies y con sus techos artesonados a 52 pies de altura y con una capacidad para acoger en su espacio a 600 lectores y con acceso directo en ella a más de 20000 volúmenes.

Bajo esta gran sala encontraremos  siete niveles dedicados al almacenaje de los fondos bibliográficos de consulta, los llamados stacks, visibles a través de las ventanas enfrentadas al Bryant Park, que son traídos bajo demanda de los lectores a la gran sala de lectura mediante un sistema de transporte vertical para dichos libros. Un sistema que originalmente consistía en cápsulas que viajaban verticalmente por unos conductos neumáticos y que posteriormente se reemplazaria por un sistema mecánico dada la complejidad de mantenimiento del sistema.

Esta Main Branch, proyectada en el omnipresente estilo Beaux-Arts era en este momento la estructura de mármol más grande construida en los Estados Unidos, con 3.5 millones de piezas distribuidas en (unos 34,800 m2).  

El coste final  fue de $10 millones, excluyendo el costo de los libros y el propio terreno, lo que representa un aumento de cuatro veces sobre el costo inicial estimado de $2.5 millones.  

Durante gran parte del siglo XX, muchos arquitectos, críticos e incluso historiadores consideraron que la arquitectura Beaux-Arts tenía poca estima. Sin embargo, el edificio principal de la Biblioteca Pública de Nueva York siempre ha suscitado un grado de reverencia entre sus usuarios: académicos y otros investigadores, novelistas y dramaturgos, líderes culturales y ciudadanos comunes, quienes parecen encontrar cosas de valor especial y duradero en el edificio. Entre estas cosas especiales se encuentran, por supuesto, sus abundantes tesoros: los libros y documentos que constituyen a la postre su razón de ser. 

Pero también proporciona, a través de sus hermosos pasillos, rincones graciosos y acogedores, y un ambiente en sintonía con las actividades académicas, un refugio temporal de la dureza del mundo que las bibliotecas, grandes y pequeñas, siempre han proporcionado. 

El vestuario arquitectónico de Carrère & Hastings para la biblioteca ha puesto de acuerdo a todas estas personas, e incluso a los críticos más duros de la actualidad, en que es un signo apropiado y duradero de la importancia de la institución para la vida intelectual y cultural de una metrópolis mundial.

El 23 de mayo de 1911, la Main Branch de la Biblioteca Pública de Nueva York se abría ceremonialmente con la asistencia de más de 15,000 invitados.  

La ceremonia fue presidida por el presidente William Howard Taft y contó con la presencia del gobernador John Alden Dix y el por entonces alcalde William Jay Gaynor. 

 Al día siguiente, 24 de mayo, se invitó al público, y decenas de miles fueron a la «joya de la corona» de la Biblioteca.  

El primer libro solicitado fue Filosofía de las obras de Shakespeare, de Delia Bacon, aunque el libro no estaba realmente en la colección de esta biblioteca principal en ese momento;  

Esto más tarde se reveló ser un mero recurso publicitario.  El primer artículo entregado fue»Ideas éticas de nuestro tiempo»), un estudio de Friedrich Nietzsche y Leo Tolstoy.  El lector presentó su solicitud a las 9:08 de la mañana y recibió su libro siete minutos después.

Debido a que hubo tantos visitantes durante la primera semana de la apertura de la gran biblioteca  principal, los directores de la NYPL inicialmente no contaron el número de visitantes, pero estimaron que unos 250,000 visitantes y lectores fueron atendidos durante esta primera semana.

Hoy en día, las 92 ubicaciones de la Biblioteca incluyen cuatro centros de investigación, que se centran en las humanidades y las ciencias sociales, artes escénicas, la historia y la cultura afroamericana, así como los negocios y la industria, así como una red de bibliotecas de proximidad en todo el Bronx, Manhattan y Staten Island. 

En todo el sistema, la Biblioteca proporciona acceso gratuito y abierto a sus colecciones e información en formato físico y electrónico, así como sus servicios para personas de todas las edades, desde niños pequeños hasta adolescentes y adultos. 

Las colecciones de investigación y circulante conforman un total de más de 51 millones de artículos, entre ellos materiales para personas con discapacidad visual. 

Además, cada año, la Biblioteca presenta miles de exposiciones y promueve programas públicos, que incluyen clases de tecnología, alfabetización, investigación e inglés para hablantes de otros idiomas. 

La Biblioteca atiende a unos 18 millones de usuarios que pasan por sus puertas anualmente; Además, el sitio web de la Biblioteca recibe 32 millones de visitas anuales de más de 200 países.

Además de la NYPL, Nueva York cuenta con otros dos sistemas independientes de bibliotecas. Tanto Brooklyn como Queens, boroughs integrados en Nueva York desde la llamada Consolitation de 1898, cuentan hoy en día con sus propios sistemas de bibliotecas.

La razón inicial, es precisamente esta, que estos dos sistemas de bibliotecas fueron fundados antes de 1898, cuando Brooklyn era una ciudad independiente de Nueva York y Queens una serie de poblaciones predominantemente agrícolas y ganaderas, puerta de entrada la gran área rural que era Long Island.

Al producirse la unión de los 5 boroughs que hoy conocemos, los antiguos representantes de estos dos grandes boroughs incorporados se opusieron a la unificación con el sistema de la NYPL por temor a que esta cerrase muchas de las bibliotecas que ya tenían, por considerarlas ineficaces o poco frecuentadas por estar en ubicaciones remotas de la ciudad, algo que podemos comprobar hoy en día en ubicaciones tan lejanas que por aquel entonces no se considerarian esenciales, como localizaciones remotas como los Rockaways o la zona maritima de Queens, donde la Queens Public Library cuenta hoy con múltiples bibliotecas de barrio.

Por otra parte, cuando en 1901, el magnate Andrew Carnegie donó los más de 5 millones de $ para la construcción de las nuevas bibliotecas, y Queens y Brooklyn se negaron a incorporarse, la ciudad les amenazó con cortar su financiación bajo la acusación de no actuar en favor del interés general.

Esto provocó una oleada de encendidos artículos y manifiestos por parte de los representantes de Brooklyn y Queens. Estos argumentaban que sus respectivas localidades ya habían hecho concesiones suficientes a Manhattan en el proceso de consolidación, y el cierre de sus bibliotecas no iba a ser otra de esas cesiones.

Huelga decir, que la voz de los opositores a la fusión  prevaleció y así se mantienen hasta nuestros días.

La idea de un único sistema de bibliotecas en toda la ciudad todavía surge de vez en cuando, generalmente por razones fiscales y presupuestarias.  En 2014, Eric Ulrich, un concejal de Queens, pidió una consolidación después de que un informe afirmara que las bibliotecas de la ciudad estaban al «borde de una crisis de mantenimiento».

 Las conversaciones con representantes de los tres sistemas confirmaron que hay poco apetito por una fusión.  Las colecciones y servicios de cada sistema se adaptan a las necesidades de las comunidades a las que sirven, un equilibrio que se ha perfeccionado durante décadas.

También hay que decir que estos tres sistemas de bibliotecas frecuentemente trabajan coordinadamente.  Para el proceso presupuestario del consejo de la ciudad cada año (dado que los tres reciben la mayoría de sus fondos de la ciudad), los representantes acuerdan una estrategia común para buscar su mejor financiación e incluso en ocasiones, como en octubre de 2017, los tres sistemas perdonan las multas acumuladas por retrasos de los socios menores de 18 años, ofreciendo a los jóvenes de la ciudad un borrón y cuenta nueva en sus expedientes como lectores.

Una potencial fusión de los 3 sistemas se vería también obstaculizada por algunas diferencias logísticas y de funcionamiento interno.  

Por ejemplo, Nueva York y Brooklyn usan un sistema de código de barras para rastrear materiales, lo que les permite compartir la clasificación de sus libros, mientras que la Queens Public Library emplea el sistema de etiquetas basadas en radiofrecuencia

Desde aquel ya lejano 23 de Mayo de 1895, la New York Public Library ha contribuido e inspirado la educación de millones de personas que han pasado en sus 125 años de existencia por alguna de sus salas e instalaciones.

Fundada por inmigrantes y magnates. Admirada por presidentes y líderes como William Howard Taft o el propio Vladimir Lenin, ha tenido en su plantilla desde atletas olímpicos, a espías soviéticos, ha servido mediante sus mapas a la búsqueda de tesoros y planificación de operaciones para los comandantes aliados en la Segunda Guerra Mundial. 

Pero además de eso, ha evolucionado junto a la ciudad a la que sirve, creando sucursales en puntos tan singulares como antiguas prisiones, cines o más recientemente una reconvertida fábrica de chocolate.

En la década de 1930, durante los años de la Gran Depresión, el tan renombrado alcalde de Nueva York, Fiorello LaGuardia rebautizó a los queridos leones que custodian la emblemática biblioteca en su acceso principal , como Patience and Fortitude, Paciencia y fortaleza, representando las dos cualidades que sentía que los neoyorquinos necesitarían por aquel entonces para superar esos momentos tan difíciles.  

Ese sentimiento ciertamente parece aplicable a los tiempos que vivimos ahora.  

Así como los leones de la NYPL continúan firmes, vigilantes y desafiantes en sus podios de la 5a avenida, también lo hará Nueva York.  

Creo firmemente que superaremos este momento juntos, con paciencia, fortaleza y un firme apoyo mutuo.

Traemos hoy al podcast una de las instituciones culturales más importantes y queridas de Nueva York: La NYPL o New York Public Library, que en Mayo de 2020 cumplió los 125 años desde su fundación.

Hacemos un repaso por su historia, el grandioso edificio de la Main Branch en la 5a Avenida y su papel de difusor cultural en la actualidad.

Todos los métodos de contacto del podcast están aquí.

Podcast: Las epidemias que modelaron Nueva York

En septiembre de 1668, Samuel Megapolensis, el pastor de la iglesia holandesa en la recién creada Nueva York, escribía a un amigo acerca de cómo el Señor nos había «visitado con la disentería, la cual incluso ahora está aumentando en virulencia».  Muchos han muerto por eso, y muchos están enfermos «.

Lo que Megapolensis estaba describiendo era probablemente el primer brote de fiebre amarilla de la ciudad y que la asolaría intermitentemente  durante más de un siglo.

 Más de 350 años después, el mundo y Nueva York se encuentran en medio de otra pandemia, y el número de casos aumenta cada día.  

Es instructivo e incluso puede llegar a ser sedante el recordar que hemos estado aquí antes: desde la fiebre amarilla y el cólera hasta la polio y la mal llamada gripe española.

La forma misma de la ciudad ha sido dictada por su respuesta a las epidemias.  Revisitar estos brotes en el pasado ​​no solo proporciona una idea de la capacidad de recuperación de la ciudad, sino que también apunta a formas en que la pandemia puede remodelar Nueva York una vez más.

 La fiebre amarilla fue tan devastadora en los principios de Nueva York porque, como el nuevo coronavirus, nadie tenía inmunidad natural.  Esto estaba en marcado contraste con la viruela, la enfermedad más prominente en los siglos XVI y XVII;  

Si bien esa enfermedad devastó las comunidades de nativos americanos como la población de la Confederación de los Iroquois y los grupos a ellos alineados cuya población se redujo hasta en un 87 por ciento, muchos colonos habían adquirido inmunidad a la enfermedad mientras aún vivían en Europa, donde los brotes de viruela eran casi rutinarios por aquel entonces.

 Las estadísticas precisas sobre los primeros brotes de fiebre amarilla son difíciles de encontrar, pero revisando las crónicas, en 1702, Lord Cornbury, el gobernador colonial de Nueva York, escribió que «en diez semanas, la enfermedad ha barrido a más de quinientas personas de todas las edades y sexos».  

Para poner eso en perspectiva, la población de la ciudad de Nueva York en ese momento rondaba únicamente los 5,000;  El 10 por ciento de los vecinos de la ciudad murió en menos de tres meses.

Si bien el vector más común para la fiebre amarilla fueron las picaduras de mosquitos, en los siglos XVII y XVIII la enfermedad se atribuyó a todo, desde los malos vapores (la llamada teoría de la enfermedad «miasma») hasta el saneamiento deficiente y el aumento de la inmigración, tanto así que  llegó a ser conocida como «la enfermedad de los extraños».  

Para combatir el miasma, en la década de 1730, Nueva York comenzó a regular el estabulado del ganado dentro de los límites de la ciudad, y finalmente  los mataderos y los corrales se trasladaron al área cerca del llamado Collect Pond, un estanque que cubría el área donde ahora se encuentran los tribunales de Foley Square y el edificio municipal, en el lower Manhattan.

Esta reordenación no logró hacer mucho para detener los embates de la enfermedad.  Impulsada por un nuevo brote en 1793, la ciudad de Nueva York creó su primer Departamento de Sanidad, que promulgó una serie de leyes de cuarentena cada vez más estrictas, también creó una Comisión de Sanidad, constituida tres responsables para administrar y autorizó al Consejo local a aprobar ordenanzas sanitarias y nombrar un inspector sanitario.

 Si bien la comisión de sanidad no tenía mucho poder más allá de reaccionar ante los brotes de las enfermedades, en otros lugares de la ciudad, los médicos y los reformadores estaban considerando cómo abordar los problemas de salud pública.  

Entre las soluciones estudiadas estaba una ubicación permanente para el paso de las cuarentenas, que finalmente sería una granja fuera de los entonces límites de la ciudad llamada «Belle Vue», y que fue comprada en 1798 por el hospital del centro de la ciudad con dicho nombre y pronto, como el propio Hospital Bellevue, se convirtió en un lugar clave para aislar a las víctimas.

En 1799, respondiendo a las llamadas para limpiar las innumerables fosas sépticas de la ciudad, Aaron Burr, más conocido por su brazo financiero, el Banco de Manhattan, precursor del actual JP Morgan Chase, fue el precursor en instalar una primitiva tubería de madera en el bajo Manhattan y así por primera vez, algunos privilegiados neoyorquinos pudieron disfrutar en sus viviendas de lo que por aquel entonces podía considerarse como agua potable.

Pero la fuente de agua potable de de Burr, ubicada cerca del estanque de recolección de aguas fecales, el Collect Pond, era en sí totalmente insalubre.  En 1803, el Consejo de la Ciudad votó por desecar y rellenar de tierras este estanque, que había acabado irremediablemente contaminado completamente por los desechos urbanos y de los numerosos mataderos cercanos.  

Para ello, la ciudad cavó un canal de desagüe que discurriría en dirección oeste hacia el río Hudson y para ello pagó migajas a los neoyorquinos que por aquel entonces se ofrecieron a ello por hallarse sin trabajo para ayudar en la tarea.  

Este canal, una vez drenado el estanque , se rellenó durante la década de 1820 y ahora es lo que todos conocemos como Canal Street;  Los terrenos recuperados donde se encontraba este estanque dieron origen al vecindario de Five Points, que pronto se convertiría en la ubicación de algunas de las viviendas ocupadas por inmigrantes más superpobladas de la ciudad, los llamados Tenements.

A su vez, y mientras se acometía esta empresa de drenaje , una comisión formada a tal efecto, estaba ya trazando la cuadrícula de calles y avenidas rectilíneas de Manhattan desde Houston St. Hasta la actual calle 155, marcando una vía para que los por aquel entonces neoyorquinos más ricos escapasen de los primitivos e insalubres confines del bajo Manhattan.  

Una crítica a este nuevo Commissioners plan para Manhattan fue su falta de espacios abiertos, pero los comisionados señalaron que, a diferencia de París o Londres, donde una gran cantidad de lugares amplios como los parques podrían ser necesarios, en Nueva York con sus grandes brazos de mar que la envuelven por el este y el oeste, esto no era particularmente necesario en lo que respecta a la salud y el placer de sus habitantes.

Esencialmente, después de haber presentado el plan, pensaron que el plan proveía de espacio libre más que suficiente para una población mayor de la que por entonces habitaba en cualquier lugar de Estados Unidos. 

Los comisionados sostenían que la mayor parte de Manhattan, con o sin cuadrícula trazada, en cualquier caso era espacio libre y abierto para el necesario esparcimiento de los vecinos.

Solo tendrían que pasar un par de generaciones para constatar que ese espacio libre inicialmente previsto había desaparecido por completo.

En la década de 1830, unos años en la que la población de la ciudad creció de 200,000 a más de 310,000 habitantes, Nueva York se vio afectada por nuevos desastres.  Así es, que en junio de 1832, un brote de cólera mató a 5.000 personas en solo dos meses, y particularmente en el creciente barrio de Five Points.  Como nadie sabía aún que la enfermedad se propaga principalmente a través del agua contaminada, la ciudad continuó ignorando sus galopantes problemas de escasez de agua realmente potable.

Esta percepción cambió cuando, en diciembre de 1835, estalló un incendio en Hannover Square , destruyendo casi todo lo que quedaba de la primitiva ciudad colonial holandesa y británica.  

Aunque Nueva York ya tenía códigos de protección de incendios relativamente estrictos, este incendio, que, a diferencia del brote de cólera, golpeó los edificios de los más ricos, destacó la continua dependencia de la ciudad del agua de los pozos.

Si bien la compañía de suministro de agua Burr ‘s Manhattan Company todavía existía, nunca había llegado a tender  suficiente  cantidad de tuberías de suministro para llegar a ser realmente viable financieramente .  

Las casas que se estaban construyendo en áreas emergentes más al norte como Greenwich Village todavía tenían letrinas y cisternas de agua, a veces construidas una adyacentes a las otras, lo que hacía muy poco para frenar la propagación de las enfermedades en el agua de consumo humano.

En respuesta al incendio, la ciudad impulsó la construcción del Acueducto Croton, una obra faraónica que se inauguró en octubre de 1842 y que a día de hoy sigue surtiendo a Nueva York de agua potable.

Este  sistema de transporte hidráulico  fue construido siguiendo los principios romanos antiguos, con agua que descendía por gravedad desde la presa del río Croton, a 40 millas al norte de la ciudad en el condado de Westchester.  «

Nueva York a partir de ese momento no solo tendría la capacidad de combatir incendios de manera más efectiva gracias a un constante suministro de agua, sino que las nuevas construcciones que se llevarán a cabo en la ciudad también podrían incluir tuberías interiores de suministro de agua potable.

Al igual que Greenwich Village había proporcionado un escape para algunos neoyorquinos de clase media que buscaban salir del bajo Manhattan, la promesa de agua corriente en las viviendas empujó a otros futuros propietarios hacia el norte a vecindarios recientemente acuñados como Gramercy Park y Chelsea, lo cual brindó a los residentes con mayores posibilidades, la oportunidad de vivir en hogares más limpios y salubres.

Pero para la creciente clase trabajadora de la ciudad, en su mayoría inmigrantes de Alemania e Irlanda, las condiciones empeoraron.  La construcción del primer Tenement de la ciudad (probablemente en el número 65 Mott Street) a mediados de la década de 1820 provocó una nueva ola de densidad en Five Points.  

Para cuando estallaron los disturbios debido al reclutamiento de soldados de la Guerra Civil en julio de 1863, la ciudad albergaba ya a más de 800,000 personas, casi una cuarta parte de las cuales eran irlandesas, y la mayoría de ellas vivían en este barrio de Five Points.

Una vez concluida la Guerra Civil, los reformadores encabezaron el movimiento para mejorar la salud y el bienestar de estos inmigrantes que seguían llegando en oleadas al país y a la ciudad.

La primera de ellas fue la introducción de la «Ley para la Regulación de Viviendas en las ciudades de Nueva York y Brooklyn», una precursora de los actuales Building Codes, que regulaba las salidas de incendios, los primitivos medios de extinción y la evacuación de los edificios.

En 1879, esta primitiva ley se revisó para introducir la obligatoriedad de inodoros en los edificios y proporcionar una ventana al exterior en cada habitación de las viviendas.  Esto creó lo que se conoció como una tipología de vivienda de edificio en H con patios interiores entre los distintos edificios para la ventilación de los espacios interiores, lo cual tampoco evitaba que estos mismos patios eran a menudo demasiado estrechos para proporcionar realmente un flujo de aire adecuado y que en cambio, se llenaban de olores nocivos e incluso acababan convertidos en receptáculos para la basura.

Finalmente, el proporcionar la conexión de los edificios al nuevo alcantarillado de la ciudad fue un gran paso adelante en la batalla contra las enfermedades.  

Pero colocar tuberías de alcantarillado y obligar a abrir ventanas de viviendas era solo una parte de la gran cruzada en pos de salud pública.  

A partir de la década de 1850, el movimiento para crear Central Park y otros parques de la ciudad no solo consistió en corregir los errores de la cuadrícula del plan inicial de la cuadrícula de los Comisionados, sino en mejorar la salud, tanto física como moral, de los neoyorquinos.  

De hecho, para muchos en el siglo XIX, la mala salud a menudo estaba vinculada a la moral laxa, y no es de extrañar que el co-diseñador de Central Park, Frederick Law Olmsted, considerara que el parque tenía una «influencia armonizadora y refinada sobre las más desafortunadas y sin ley clases sociales de la ciudad.

Si bien, al menos la mayoría de las personas, ya no vinculan la mala salud con la depravación moral, que, en el siglo XIX, también tenía una implicación de oposición a la inmigración, no hay duda de que los patrocinadores del parque tenían razón en una cosa: pasar tiempo en espacios verdes es bueno para la salud.

A principios del siglo XX se producirían  dos epidemias más que pusieron de nuevo a prueba la preparación y capacidad de reacción de Nueva York.

 El 8 de junio de 1916, se informó de cuatro casos de poliomielitis, más conocida como polio o parálisis infantil, en la comunidad italiana del Gowanus, en Brooklyn.  La polio, una enfermedad viral, había comenzado a aparecer más regularmente en los Estados Unidos a fines del siglo XIX, pero rara vez se generalizó.  El primer brote importante en Nueva York había sido en el verano de 1907, cuando se informó de alrededor de 2.500 casos.

 Pero este brote de 1916 sería diferente: los investigadores pronto descubrieron una serie de casos no reportados tanto en Brooklyn como en Manhattan, y para el 17 de junio, el departamento de sanidad había declarado ya la epidemia.  

Los hogares donde alguien había contraído la polio podían optar por la cuarentena o que los contagiados fueran enviados a un hospital de la ciudad.  

Dado que muchos no podían cumplir con los estrictos requisitos de cuarentena de la ciudad, que incluía una habitación separada para uso exclusivo del paciente y un asistente que no estaría involucrado en ninguna preparación de alimentos en el hogar, se les arrebataron a muchos padres sus hijos y muchos murieron finalmente separados en los  hospitales de cuarentena.  

Finalmente, más de 23,000 personas contraerían la enfermedad, de las cuales aproximadamente 5,000 perecerían.

Pero esto fue solo un preludio de lo que llegaría de Europa dos años después, en 1918: la gripe, que terminó matando a entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo en tres oleadas y que, junto con los 18 millones de personas que perecieron en la Primera Guerra Mundial, casi destruyó a toda una generación.

 Al igual que con la polio, Nueva York pudo aprovechar su infraestructura de salud preexistente.  El Departamento de Sanidad requisó almacenes de armamento y otros edificios públicos para crear clínicas de campo, y además lanzó una campaña que instó a las personas a costumbres bastante generalizadas por aquel entonces como no escupir en público o toser cerca de otros.

Finalmente , Nueva York consiguió uno de los mejores resultados en los Estados Unidos: alrededor de 30,000 neoyorquinos perecieron por la gripe en 1918-19, con una tasa de mortalidad de aproximadamente 3.9 personas por cada 1,000.  (En Filadelfia, donde la gripe probablemente desembarcó por primera vez en el país, casi 8 de cada 1,000 casos terminaron siendo fatales). Algunos atribuyeron el éxito de la ciudad a la práctica novedosa de escalonar los horarios comerciales y de entretenimiento para aliviar la congestión del metro y así  mantener a los neoyorquinos más alejados entre sí ,similar al distanciamiento social actual que tratamos de aplicar en estos momentos.

En la década de 1920, el recuerdo de los estragos causados por estas epidemias ayudó a dar forma a las nuevas políticas de vivienda de la ciudad, y en especial la vivienda pública. 

El Lower East Side albergaba a más de un tercio de la población de Manhattan, con muchas personas todavía viviendo en viviendas abarrotadas y de deplorable calidad.  

Muchos reformadores argumentaban que mejorar las condiciones de las viviendas sería un primer paso necesario para prevenir otro brote de enfermedad.  

Fue así como surgieron nuevos edificios de apartamentos subsidiados, como los Apartamentos Dunbar financiados por el propio Rockefeller en Harlem y las Viviendas Amalgamadas en el Bronx.  El Dunbar, inspirado en los apartamentos con jardín populares en lugares como Jackson Heights, presentaba entradas privadas a patios interiores de manzana o interior courts (en lugar de viviendas, a las que se ingresaba desde la calle) y apartamentos bien diseñados con cocinas y baños modernos, junto con llamadas “amenities” como una guardería, sala de esparcimiento, área de juegos e incluso seguridad privada.

 Estos edificios promovidos con fondos privados fueron seguidos por los primeros edificios de la llamada  NYCHA, la New York City Housing Authority, y sus primeras Casas en East 3rd Street, que prometían en su lema «sol, espacio y aire», y señalaban que estos eran los requisitos mínimos de vivienda a los que tiene derecho todo estadounidense.  

El diseño de una torre en un parque que floreció en las próximas tres décadas del siglo XX a menudo se atribuye a Ville Radieuse de Le Corbusier y la creencia de este arquitecto de que los conjuntos de edificios altos ampliamente espaciados solucionarían los problemas de la sociedad.  Le Corbusier, como muchos de sus contemporáneos modernistas, estaba profundamente influenciados por los efectos del brote de la gripe de 1918, por lo que sus ideas de que la planificación urbana y la construcción de viviendas deberían promover la buena salud y la buena moral habrían resonado intensamente en los planificadores urbanos de Nueva York.

Pero la ciudad sabía que la luz del sol y el aire por sí solos no serían suficientes.  

En los edificios de vivienda pública de NYCHA, el alquiler debía pagarse semanalmente, y tomando prestado de la respuesta de salud pública durante las epidemias del pasado, se contrataron asistentes de vivienda tanto para cobrar este alquiler como para hacer un control sanitario semanal.  De esta manera, la ciudad consideró que podría estar un paso por delante de cualquier problema, incluidas enfermedades graves, y esencialmente poner a los inquilinos en contacto con un trabajador social de manera regular.

En la actualidad, puede ser difícil, con gran parte de las viviendas públicas de Nueva York plagadas de roedores, moho, pintura con plomo y a veces ascensores rotos, ver estos edificios como una historia de éxito de salud pública.  Pero para aquellos que se mudaron a ellos  desde las condiciones de viviendas hacinadas, los llamados “projects” fueron un cambio a mejor en sus condiciones de vida.

Sin embargo, a fines de la década de 1940, la fuerte resistencia de los inquilinos había eliminado estos controles semanales y, a medida que se desarrollaban las vacunas contra la polio, la fiebre amarilla y otros flagelos para la salud, en la década de 1950, la amenaza inminente de una emergencia de salud pública se fue desvaneciendo.  

Décadas más tarde, cuando Nueva York entró en la gran crisis fiscal de la década de 1970, muchos bienes inmuebles residenciales sufrieron, pero ninguno más que el envejecimiento sufrido por las viviendas públicas, donde el deficiente mantenimiento permitió que los problemas crecieran, a veces de manera exponencial.

Hoy en día, 1 de cada 15 neoyorquinos depende de la vivienda pública.  Mientras Nueva York se enfrenta a la pandemia de Covid-19, ¿cómo se atiende a los inquilinos más vulnerables de la ciudad de estos edificios?  

En una era de distanciamiento social como en la que nos hallamos recluidos, la validez del énfasis de Le Corbusier en el espacio abierto es evidente.  

Pero si se les va a pedir a los neoyorquinos que se refugien dentro de sus viviendas para soportar lo peor de la pandemia, está la ciudad a la altura?  

Durante casi cuatrocientos años, Nueva York ha podido responder a diversos brotes de enfermedades mediante la construcción de nuevos hospitales, la creación de estaciones de cuarentena y el establecimiento de zonas seguras.  Pero la asistencia a sus residentes más desfavorecidos generalmente es reactiva y ocurre generalmente después del hecho.  Desde los patios interiores de los edificios de viviendas hasta los espacios verdes en torno a las viviendas públicas, la arquitectura de Nueva York generalmente ha mirado por encima del hombro al último problema sufrido y rara vez se adelanta al siguiente.

Lo que el futuro cercano nos depara y el mundo que nos espera ahí fuera cuando salgamos es incierto.

El mundo y para  notrosos aquí la ciudad estará  esperándonos para recordarnos que hemos de perseverar en los esfuerzos por la mejora del entorno vital de todas las personas y a no cejar en la observación y vigilancia de nuestros gobiernos para que actúen imparcial y responsablemente con la información proporcionada por la ciencia para que la historia no vuelva a escribir una vez más uno de estos capítulos de tragedia e irreparables perdidas de vidas humanas.

En estos tiempos de cuarentena echamos la vista atrás en la historia de Nueva York para revisitar la historia de las epidemias que asolaron esta ciudad y de un modo u otro le dieron la forma que hoy tiene.

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Podcast: Seneca Village, el barrio de Nueva York que Central Park destruyó

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Central Park, la gran alfombra verde que preside la mitad superior de la trama urbana de Manhattan es algo ya inherente a esta ciudad. Ha sido un ejemplo para la creación de multitud de parques y zonas verdes de recreo tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.

Hoy, con sus más de 150 años de historia continúa siendo ese verde oasis que tanto el neoyorkino como el visitante encuentra cuando busca abstraerse del ajetreo y la actividad de la ciudad que le rodea.

Pero esta gran y rectangular mancha verde de más de 3 km cuadrados de extensión, formada por praderas, pequeños bosques, lagos, senderos, parterres y calles y que la ciudad concibió y promovió entre 1857 y 1876 con el diseño de los arquitectos paisajistas Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux no fue establecida sobre terrenos vírgenes de la isla de Manhattan.

Este gran parque hoy delimitado por la calle 59 en su parte sur, la calle 110 en su extremo norte ya colindante con Harlem, la quinta avenida por el este y Central Park West u Octava avenida por el oeste, ocupa, al menos en su lado oeste los terrenos que en los años anteriores a su planeamiento y construcción ocupara un asentamiento urbano que constituía una dinámica y casi desconocida comunidad, entre las actuales calles 83 y 88, y que únicamente en los últimos años ha salido a la luz gracias al trabajo de historiadores y arqueólogos.

Antes de que se creara Central Park, el paisaje a lo largo de lo que ahora es el perímetro del parque desde la calle 83 oeste hasta la calle 89 era el original emplazamiento de Seneca Village, una comunidad de predominantemente de afroamericanos, muchos de los cuales eran propietarios de los terrenos. 

Alrededor de 1855, el núcleo de población estaba formado por aproximadamente unos 225 residentes, compuestos por aproximadamente dos tercios de afroamericanos, un tercio de inmigrantes irlandeses y un pequeño número de personas de ascendencia alemana. 

Seneca Village, uno de los pocos enclaves afroamericanos de la época, permitió a los residentes vivir lejos de las secciones más urbanizadas del centro de Manhattan y en cierto modo escapar de las condiciones insalubres y sobre todo el racismo al que se enfrentaban allí.

Quizás la primera pregunta que nos hacemos sería el origen de la denominación de este núcleo o poblado como Séneca Village.

Como en muchos otros asuntos históricos no estudiados hasta fechas recientes, las opiniones y argumentos son diversos.

Aún así, la teoría de que el nombre pudiese derivar de la tribu nativa de los Seneca parece poco probable, dado que la isla de Manhattan no era territorio habitado por esta tribu o grupo nativo. 

Otros historiadores sustentan la teoría más poética y políticamente más  atrevida, que el nombre derivaría de la figura del político y filósofo hispano Romano Seneca, que postulaba por  un gobierno fundamentado en el respeto a las libertades individuales.

Los habitantes negros de Seneca Village que estudiaban filosofía clásica en las African Free Schools, podrían haber adoptado este nombre para su poblado reflejando sus aspiraciones para esta nueva comunidad.

Para conocer los orígenes de Seneca Village tendremos que remontarnos a 1825, cuando los propietarios de los terrenos de la zona, John y Elizabeth Whitehead, subdividieron sus tierras en 200 lotes y las pusieron a la venta. 

Andrew Williams, un zapatero afroamericano de 25 años, compró los primeros tres lotes por la cifra de $125. 

Epiphany Davis, empleado de una tienda, compró 12 lotes por $578, y la Iglesia AME Zion compró otros seis lotes. De allí nació una comunidad. 

De 1825 a 1832, los Whiteheads vendieron aproximadamente la mitad de sus parcelas a otros afroamericanos pudiéndose encontrar a principios de la década de 1830 unas 10 casas construidas en este nuevo núcleo de población en la isla de Manhattan.

Hay según los historiadores algunas pruebas de que los residentes tenían en sus casa jardines y se dedicaban a criar ganado en Seneca Village, y el cercano río Hudson era una fuente probable de pesca para esta comunidad. 

Además, un manantial cercano, conocido como Tanner ‘s Spring, proporcionaba un suministro de agua.

Avanzando dos décadas, a mediados de la década de 1850, Seneca Village comprendía ya 50 hogares y tres iglesias, así como sus propios cementerios e incluso una escuela para estudiantes afroamericanos.

Para los afroamericanos, Seneca Village ofreció la oportunidad de vivir en una comunidad autónoma lejos del centro densamente poblado. 

A pesar de la abolición de la esclavitud en el estado de Nueva York en 1827, la discriminación aún prevalecía en toda la ciudad de Nueva York y limitaba severamente la vida de los afroamericanos. 

La ubicación remota de Seneca Village probablemente proporcionó un refugio de este clima hostil.

Nueva York, que históricamente creció con la ficción de que la esclavitud se limitaba al Sur, se dio cuenta de lo contrario en 1991, cuando trabajos de construcción en el Bajo Manhattan desenterraron cientos de esqueletos de un cementerio olvidado de la era colonial que había servido como el lugar de enterramiento colectivo de 15,000 africanos.  

El sitio del enterramiento, conocido desde 2006 como el Monumento Nacional del Cementerio Africano, subrayó el hecho de que la ciudad de Nueva York a fines del siglo XVIII era un epicentro de la trata de esclavos, con más africanos que cualquier otra ciudad del país, con la posible excepción de Charleston, Carolina del Sur.

En comparación con otros vecinos afroamericanos de Nueva York, los residentes de Seneca Village parecen haber disfrutado de mayor estabilidad y prosperidad económica : en 1855, aproximadamente la mitad de ellos poseía sus propios hogares. 

Con la propiedad, llegaron otros derechos que los afroamericanos no disfrutaban comúnmente en la ciudad, como por ejemplo, el propio derecho al voto. 

En 1821, el estado de Nueva York exigía a los hombres afroamericanos que poseyeran al menos un capital de $250 en propiedad y que tuvieran acreditada su residencia durante al menos tres años para poder votar. 

De los 100 neoyorquinos afroamericanos con derecho para votar en 1845, 10 de ellos vivían en Seneca Village.

El hecho de que muchos residentes fueran dueños de propiedades contradice algunas percepciones erróneas comunes a mediados del siglo XIX de que las personas que vivían en la tierra expropiada posteriormente para el Parque eran habitantes pobres que vivían en chabolas. 

Mientras que una minoría de residentes vivían en humildes cabañas en condiciones de hacinamiento, la mayoría vivía en casas de dos pisos. 

Los registros del censo muestran que los residentes estaban empleados, y los afroamericanos generalmente empleados como trabajadores en negocios locales  y en trabajos de servicio, las principales opciones para ellos en ese momento. 

Los registros también muestran que la mayoría de los niños que vivían en Seneca Village se encontraban escolarizados.

A principios de la década de 1850, la ciudad comenzó a planificar un gran parque municipal para contrarrestar las condiciones urbanas poco saludables y proporcionar espacio para el esparcimiento de sus vecinos. 

En 1853, la cámara de representantes del Estado de Nueva York promulgó una ley que designó 775 acres de terreno en Manhattan, desde las calles 59 a 106 y entre las avenidas Quinta y Octava, para crear el primer parque público ajardinado más importante del país.

La Ciudad adquirió la tierra a través de la expropiación , lo cual permitió al gobierno hacerse con terrenos privados para uso público con una compensación establecida pagada al propietario. 

Esta era una práctica muy común en el siglo XIX, y ya se había utilizado previamente para construir la cuadrícula de calles de Manhattan unas décadas antes con el llamado Commissioner ‘s Plan de 1811. 

Con esta operación que afectó a Seneca Village, hubo aproximadamente unos 1.600 habitantes desplazados en toda la zona y aunque los propietarios de las tierras fueron compensados, muchos argumentaron  que sus tierras habían sido infravaloradas por las autoridades del Estado. 

Esta destrucción se asemeja a lo ocurrido. 100 años más tarde, en la década de 1960 cuando el país se embarcó en un frenesí de renovación urbana clasificando muchos barrios de clase obrera y gran dinamismo como “slums” o zonas marginales para justificar su demolición y sustitución por infraestructuras o nuevos barrios, política encabezada por el comisionado Robert Moses.

Finalmente, todos los residentes tuvieron que irse a finales de 1857. 

Para algunos autores, la desaparición de Seneca Village supuso la muerte del sueño de la utopía negra

Se están realizando investigaciones para determinar dónde se mudaron los residentes de Seneca Village; algunos pudieron haber ido a otras comunidades afroamericanas de la región, como Sandy Ground en Staten Island y Skunk Hollow en New Jersey.

Aunque tenemos un conocimiento limitado de cómo era la vida en Seneca Village, ha habido un trabajo continuo para aprender más sobre sus residentes y sus vidas. En 2011, arqueólogos de la Universidad de Columbia y la Universidad de la Ciudad de Nueva York realizaron una excavación del lugar. 

En ella, descubrieron una gran variedad de artefactos que habían sido allí abandonados y enterrados, tales como una tetera de hierro, una sartén para asar, una botella de cerveza de gres, fragmentos de porcelana de exportación china y un zapato pequeño con suela de cuero y parte superior de tela. Estos artículos nos han ayudado a reconstruir cómo era la vida de los residentes del pueblo.

A pesar de su corta historia de solo 32 años, Seneca Village se entiende como una comunidad muy unida que sirvió como una fuerza estabilizadora y de afianzamiento social en tiempos de incertidumbre para una comunidad históricamente maltratada.

Hoy en día, Central Park nos ofrece la posibilidad de explorar esos vestigios históricos de Séneca Village a la vez que aprender algo de su historia y circunstancias que lo rodearon.

Una exposición al aire libre disponible hasta Octubre de 2020 a la que llegaremos desde la entrada del parque en la calle 85 oeste nos guiará mediante paneles informativos y señalización a través de los diversos lugares que ocupó este asentamiento cuasi olvidado de Nueva York cuya memoria yace sepultada bajo las praderas y bosques de Central Park.

En este nuevo podcast abordamos una página un tanto desconocida de Nueva York.
La de Seneca Village, el asentamiento predominandemente afroamericano que se hallaba en el lado Oeste de lo que hoy conocemos como Central Park.

Podcast: Empire State Building. Así nace un icono

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Podcast: Empire State Building. Así nace un icono

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Nueva York ofrece al mundo numerosas imágenes icónicas que se hallan ya incrustadas en la cultura popular contemporánea : hitos como el propio el puente de Brooklyn, sus antiguos taxis amarillos,que hoy son ya únicamente recuerdos de décadas atrás, una vez ya reemplazados por vehículos híbridos, las  luminosas y cegadoras pantallas de Times Square, el Skyline de Manhattan o incluso el Flatiron Building con su aguda y dramática cara mirando uptown.

Pero si hay una imagen que probablemente el 99% de la población mundial  asociaría con esta ciudad, probablemente sería la del Empire State Building y su aguda silueta recortada sobre el horizonte.

Sin embargo, por otra parte, la relación del neoyorquino con el Empire State Building no siempre es la misma que la del visitante.

A veces infravalorado dada la tumultuosa y no siempre propicia para la contemplación de la zona donde se encuentra enclavado, este hito de la ciudad es sin embargo el edificio más popular entre la población de los Estados Unidos por delante incluso de la propia Casa Blanca.

Es obligación al poner un pie en esta ciudad levantar la vista para reconocer y estudiar con la mirada al menos durante unos instantes el que sería a la postre el símbolo de una época y del carácter emprendedor de una ciudad que se negaba a sucumbir y admitir el trauma de la Gran Depresión.

La parcela que ocupa el Empire State Building, situada en la 5a avenida de Manhattan, entre las calles 33 y 34 se hallaba ocupada hasta 1929 por el original hotel Waldorf Astoria, un edificio, que era el símbolo por excelencia de la alta sociedad que forjó la llamada Gilded Age, una época marcada por el masivo flujo de inmigrantes hacia Estados Unidos desde Europa, la creación de grandes industrias que constituirían esqueleto de una nueva nación, y las grandes fortunas creadas a su alrededor.

Este magno edificio, inaugurado en 1893, curiosamente compuesto inicialmente  por dos edificios construidos independientemente y separados, producto de la rivalidad entre dos facciones de la familia Astor, terminó finalmente siendo unificado mediante el que se llamaría Peacock Alley, dando lugar a uno de los más significativos ejemplos de las arquitecturas del pasado perdidas de Nueva York. 

Además de ser el centro de reunión y confluencia de las clases sociales más adineradas de la ciudad durante este primer tercio del siglo XX, otros acontecimientos históricos se vieron enmarcados dentro de sus regios salones. Una muestra de esto es la propia comisión de investigación constituida por el Senado de los Estados Unidos en 1912 tras el hundimiento del Titanic en la gélidas aguas del Atlántico norte, una de cuyas víctimas en el naufragio fue el propio John Jacob Astor IV, directamente relacionado con la familia propietaria de este hotel.

A finales de la década de 1920, Estados Unidos se encuentra inmerso de lleno en el proceso de una fuerte expansión económica, con unos mercados bursátiles y financieros alimentados por una salvaje especulación bursátil y como no, un mercado inmobiliario que trataba desesperadamente de suplir la demanda de una economía donde la industria, y entre toda ella, especialmente la del automóvil marca el ritmo del crecimiento económico la nación.

Por aquel entonces, el Midtown de Manhattan, y en especial la quinta  avenida, en otros tiempos flanqueada por grandes mansiones residenciales, propiedad de las mayores fortunas del país , deja de ser el punto focal de esta clase adinerada y sus refinadas residencias, las cuales preferirán desplazarse en dirección uptown hacia el más discreto y tranquilo Upper East Side.

El Midtown pasa a ser el centro de negocios y comercial de la ciudad. La economía demanda edificios comerciales y de oficinas que puedan albergar a los miles de nuevos habitantes y trabajadores que han llegado a la ciudad para mover su trepidante economía.

Solo unas calles más en dirección norte, en la 42, el magnate automovilístico Walter Chrysler inicia en 1928 la construcción de su rascacielos Art Deco corporativo que aspiraba a ser el edificio más alto del mundo por aquel entonces y mostrar la pujanza de la compañía que él encabezaba.

En medio de este boom inmobiliario sin precedentes, durante el cual en Nueva York se podía contabilizar más de 700 edificios comerciales en construcción, el principal reclamo para un edificio de oficinas pasó a ser el de su altura y visibilidad. Por ello, era imperativo destacar claramente sobre los demás. Había que construir lo más alto posible.

En 1928, parece claro que los tiempos están cambiando. Las fortunas cambian de manos y la familia Astor no es ajena a estos nuevos vientos, por lo que vende el hotel y su solar a la Bethlehem Engineering Corporation por la nada desdeñable cifra de 16 millones de dólares. 

Los planes de la compañía serían construir en su lugar un edificio de 50 plantas que sería bautizado con el nombre de Waldorf Astoria Office Building.

Con esta determinación , se comienza la demolición del histórico conjunto de edificios, la cual y dada la sólida y masiva construcción que los caracterizaba, requiere más de 16.000 cargas efectuadas mediante camiones que transportarán los ricos materiales y refinados elementos  arquitectónicos demolidos hasta las barcazas que los transportarían finalmente hasta las costas de Sandy Hook en New Jersey donde finalmente serían arrojados al mar sin mayores contemplaciones.

Una vez que estos trabajos de demolición alcanzaron los niveles de la cimentación del edificio, se llegó a descubrir en ella una cámara secreta repleta de las más selectas botellas de vino y champagne que presuntamente estaban destinadas a ser disfrutadas por los acaudalados propietarios y huéspedes del hotel durante los años de prohibición del alcohol.

Pero de manera inesperada, los planes de construcción de este nuevo edificio de oficinas se verán frustrados finalmente por no ser capaz la compañía promotora de asegurar la tercera parte del préstamo de construcción de parte del banco que la iba a financiar.

El fracaso de esta operación no pasa inadvertido para un adinerado promotor inmobiliario llamado John J. Raskob. Raskob, al mismo tiempo que ocuparse de sus negocios, se encontraba muy involucrado en la vida política como secretario del Partido Demócrata y contaba con amigos dentro del mismo partido como Al Smith, anterior gobernador del estado de Nueva York y candidato a la presidencia en 1928 (elección que perdería en favor de Herbert Hoover) o Pierre S. Dupont, que a la sazón era presidente de la compañía General Motors desde 1923.

Parecía aquel un trío  idóneo para acometer cualquier gran empresa que se propusieran. Por una parte Raskob y Dupont con acceso a los fondos y recursos financieros necesarios y Smith con su familiaridad con todas las altas esferas políticas del estado y del país.

Desde el primer momento tendrían una visión clara de lo que pretendían hacer, y que no era en absoluto quedarse en las 50 plantas del edificio inicialmente anunciado en lugar del hotel Waldorf Astoria.

El 30 de agosto de 1929 la portada del New York Times anunciaba que Alfred E. Smith, anterior gobernador del estado de Nueva York sería la cabeza de la compañía que construiría sobre los terrenos anteriormente ocupados por el Waldorf Astoria el edificio más alto del mundo.

El edificio tomaría el nombre del apodo dado, según algunos teóricos, al estado de Nueva York por su riqueza y recursos: Empire State.

El edificio de oficinas que se denominaría Empire State Building se elevaría 86 plantas sobre el cielo de Manhattan y tendría un coste de construcción de 16 millones de dólares.

Para el proyecto de este nuevo coloso, el trío se encomienda a los arquitectos que iban a encargarse del inicial proyecto del Waldorf Astoria Office Building: William F. Lamb y Richmond Shreveport, de la firma Shreve, Lamb & Harmon.

El reto propuesto a los arquitectos era simple: ¿Cuál es la altura que se puede alcanzar con un edificio y que a la vez sea seguro?

Sin embargo, el grupo de promotores mantuvo en secreto los planes referentes a la altura final del edificio en vistas a la feroz competencia por conseguir ser el edificio más alto que se disputaría con el entonces ya en construcción Chrysler Building.

Con esta configuración de 86 plantas, el Empire State sería únicamente 4 pies más alto que el Chrysler Building y Raskob y Smith albergaban temores que con tan estrecho margen, el Chrysler en ese momento en construcción, pusiera en marcha algún plan alternativo para elevar su altura lo suficiente para arrebatarles el título de edificio más alto.

En un momento donde el edificio más alto de la ciudad era el edificio Woolworth Building, el rascacielos neogótico finalizado en 1913, estas rivalidades por atraer la atención del público y los inquilinos basándose en alcanzar mayor altura eran moneda común, estando el propio Chrysler inmerso en una lucha, con tintes de rivalidad personal, por su altura final,  con el Manhattan Company Building, también llamado 40 de Wall Street, pero esa, ya sería otra historia.

En diciembre de 1929, los promotores deciden añadir al diseño una coronación metálica y un mástil de 68 metros, que daría así al edificio un total de 1250 pies o 380 metros de altura con un total de 102 plantas. 

Estos planes no se revelarían tampoco a la opinión pública hasta el 8 de enero de 1930, pocos días antes ya del inicio de los trabajos de construcción.

La altura final del edificio quedaría por tanto determinada, además de estas disputas e intrigas entre los egos de sus promotores, por el diseño estructural y las nuevas capacidades de carga permitidas por el Código de la Edificación de Nueva York revisadas durante la elaboración de este proyecto y la normativa urbanística o Zoning Resolution vigente en Nueva York desde 1916.

Según estas ordenanzas, un edificio que contase con una ocupación efectiva de parcela o lot coverage del 25%, no tendría ningún límite legal en cuanto a su altura máxima a alcanzar.

Este principio impulsó a los promotores a adquirir más terrenos adyacentes en la misma manzana para así poder reducir ese porcentaje de ocupación y alcanzar una mayor altura.

Este mismo factor sería un impedimento clave para el edificio de Chrysler para poder alcanzar mayor altura en su diseño dada la imposibilidad de poder añadir parcelas adicionales al proyecto del edificio.

El resultado de aplicar estos parámetros urbanísticos sería la base de 5 plantas formando la alineación de calle del edificio con la 5a avenida y las calles 33 y 34.

Y ya en un plano retranqueado, sobre esta base se yergue la gran torre con otros retranqueos sucesivos a lo largo de su altura hasta alcanzar la planta 86 donde sus espacios útiles y comerciales son culminados por la coronación y mástil.

Ya en aquellos años, la arquitectura construida en Nueva York se había desprendido casi por completo del tan popular en otras décadas y grandioso estilo Beaux Arts importado al país por los afamados arquitectos de la Escuela de Chicago con formación académica europea y destinado a proyectar mediante su arquitectura la imagen de una nación emergente y con vocación de superpotencia en el escenario mundial en el futuro próximo. 

Es sin embargo el momento para el Art Decó, un estilo que tuvo una influencia relativamente efímera , aproximadamente entre 1920 y 1949, de tintes claramente modernistas y con claros puntos de contacto con otras corrientes estilísticas como el art nouveau o el futurismo italiano. 

El Art Deco empleará los materiales modernos como el acero o el vidrio, pero quizás una de sus señas de identidad más marcadas sea el alto nivel de ornamentación, generalmente empleando colores metálicos y brillantes, motivos zigzagueantes, formas radiadas , dramáticas y que a veces buscarán presentar un aspecto plano y gráfico.

Aún así, y a pesar de su clara expresión en elementos como su coronación o su representativo vestíbulo de entrada, estos elementos estilísticos  están menos acentuados en el Empire State Building que en el tan próximo Chrysler Building.

En el contexto de este competitivo frenesí entre edificios, una verdadera efervescencia de ideas, el mástil de la coronación del edificio se ideó inicialmente como un punto de atraque para los zepelines que a finales de la década de los años 20 comenzaron a servir rutas aéreas comerciales entre Europa y especialmente la Alemania nazi los y Estados Unidos.

Esta coronación del edificio sería de este modo el punto de desembarco de los pasajeros que descenderían desde las aeronaves allí amarradas por una escalera exterior metálica hasta el punto de control de inmigración y aduanas que se situaría en el mismo piso 86.

Estos ambiciosos y quizás vistos con la perspectiva del tiempo, disparatados planes que parecerían únicamente posibles en los felices y locos años 20, no acabaría llevándose a cabo de manera regular una vez finalizado el Empire State Building, habiéndose producido únicamente el amarre de un dirigible al mástil de atraque en 1931 cuando un dirigible de la armada de EEUU intentó sin éxito el amarre en más de 25 ocasiones estando a punto de provocar una tragedia cuando los vientos lo zarandearon de manera violenta.

Años  después, la idea sería definitivamente descartada cuando en 1937 el zepelín Hindenburg fuera consumido por las llamas tras el histórico accidente ocurrido en Lakehurst, New Jersey tras una travesía del Atlántico desde Europa.

El colapso de la bolsa de Nueva York de octubre de 1929 abre un profundo interrogante sobre la viabilidad del proyecto. El frenesí inmobiliario de la década se ve frenado súbitamente en ese octubre negro, y se inicia un estancamiento que no va a disiparse hasta bien entrados los años 50.

Pero la determinación de los promotores no va a verse condicionada por estos acontecimientos. 

Si bien ni Al Smith o Raskob se vieron afectados en gran medida por el colapso bursátil, éste sí afectó a otros muchos inversores menores del proyecto.

Los iniciales planes de Raskob de iniciar las obras en ese mes de octubre de 1929 tuvieron que ser pospuestos hasta que consiguió asegurar un crédito de 27 millones de dólares de la Metropolitan Life Insurance Company para comenzar las obras. Era el mes de Diciembre de 1929.

La empresa constructora que acometería esta ingente obra fue la compañía Starrett Brothers and Eken, ya experimentada en la construcción de muchos otros edificios y que sin lugar a duda estuvo a la altura del reto empresarial, organizativo y técnico que Al Smith y Raskob le planteó al firmar este contrato con ellos.

Los trabajos de construcción comenzarían finalmente el 22 enero de 1930 con dos turnos de 12 horas donde 300 hombres en cada uno de ellos trabajarían sin descanso para excavar los 17 metros de profundidad que servirían de base para la cimentación sobre el lecho de roca del subsuelo de Manhattan donde se incrustarían los cientos de pilotes metálicos que anclan el Empire State a la isla.

Las primeras piezas de acero correspondientes a la estructura se instalaron el 1 de abril de 1930.

El traer al Midtown de Manhattan los más de 15.000 pilares y vigas de acero desde sus factorías en Pittsburgh y su zona de desembarco en el Hudson e instalarlas posteriormente en su definitiva posición en la construcción del edificio supondría un desafío para la logística y el transporte no acometido hasta aquel entonces.

A este ingente número de elementos de acero se sumarían otros materiales de construcción necesarios como ladrillo, tabiquerías ligeras, revestimientos metálicos o piezas de fachada de piedra caliza de Indiana que hoy en día podemos contemplar junto con mármoles de Italia y Francia, maderas del Pacífico Noroeste o granito de Suecia.

La construcción de un edificio de tal magnitud  requeriría una planificación y logística propia de relojeros suizos que supuso que se programara hasta el último transporte de materiales mediante las grúas y ascensores elevadores que tendrían programada hasta la más insignificante de las cargas a izar hasta las distintas plantas del edificio que se iban levantando.

El ambicioso reto que los constructores se propusieron fue el de construir un piso por día para acelerar la construcción, un objetivo del que estuvieron bastante cerca con un progreso de 4 pisos y medio por semana superando el anterior récord en vigor hasta entonces de 3 pisos y medio por semana.

Pero la eficiencia buscada en la construcción del coloso del Midtown no se limitó únicamente a la gestión en la distribución de los materiales y recursos de construcción a pie de obra.

También se buscó la eficiencia en el trabajo y gestión de los operarios y obreros, que fue a la postre una parte esencial en el desarrollo y consecución final de la construcción.

Para ello, entre otras medidas, y permitir que los trabajadores pudiesen hacer dentro de su turno de trabajo sus comidas sin tener que tomar los ascensores y descender a la 5a avenida en busca de su comida, la compañía instalaría a intervalos de 20 plantas cafeterías y comedores donde estos obreros podrían comprar por 40 centavos de dólar su merecido lunch e incluso tomar una taza de café.

Cuando se habla de estos trabajadores, sería injusto no rememorar las condiciones extremas a los que estos se verían sometidos por aquel entonces, trabajando a tales alturas, y especialmente durante el proceso de montaje de la estructura de acero roblonado del edificio.

La propia altura del edificio, la exposición a los fuertes vientos imperantes en la zona y las precarias medidas de seguridad laboral existentes en aquellos tiempos nos dejarían esas impactantes imágenes de los obreros transportando e instalando los roblones encaramados a vigas y caminando sobre el vacío sin mayor medida de seguridad que su equilibrio y pericia, arrojando un saldo final de trabajadores fallecidos en accidentes de 5 víctimas según fuentes oficiales de la compañía, una cifra que fuentes sindicales elevarían hasta los 42 fallecidos.

Un buen número de estos trabajadores en altura serían integrantes de la tribu nativa americana de los Mohawk, venidos desde la reserva Kahnawake cerca de Montreal, y conocidos por su ausencia de vértigo en estos entornos lo cual les proporciona gran capacidad para trabajar en construcciones a gran altura.

Estos trabajadores Mohawk acabarían tomando parte en la construcción de muchos otros edificios de Nueva York e incluso acabarían  estableciéndose en el barrio de Boerum Hill en Brooklyn.

A estos trabajadores en altura especializados hay que sumar otros 3500 que en determinados momentos llegaron a trabajar simultáneamente en la construcción tal como el 14 de agosto de 1930. 

Muchos de estos trabajadores serían principalmente inmigrantes irlandeses e italianos, afortunados por poder ganar un salario diario en medio del desolador panorama económico y social que dibujaba la Gran Depresión marcada por sus rampantes niveles de desempleo y pobreza.

La ceremonial puesta de bandera en el piso 86 a 319 metros de altura, una vez la estructura fue completada se coloca el 19 de septiembre de 1930, 12 días antes de lo inicialmente planificado y el 21 de noviembre, solo dos meses después se coloca sobre la coronación y el mástil que dará al edificio su altura final de 102 pisos.

Mientras tanto, continuarían los trabajos en fachada y el interior, con entre otros, la instalación de los 66 ascensores que la Otis Elevator Company suministró con una velocidad de 366 metros por minuto, y que supuso el mayor encargo de ascensores que la compañía  había recibido hasta entonces.

El coste final del edificio, 40 millones de dólares, claramente por debajo de los 60 millones inicialmente presupuestados para la demolición del Waldorf Astoria y finalización de la construcción del nuevo, fue fruto inevitable del abaratamiento de costes de todo tipo causado por las penurias de la depresión que todavía arreció en mayor medida durante los siguientes años de la década de los 30.

La inauguración del Empire State Building, que fue todo un acontecimiento de masas en la ciudad, y con una recepción de autoridades celebrada en el piso 86, se produciría el 1 de Mayo de 1931, con 45 días de adelanto sobre la fecha inicialmente prevista. 

A ella acudieron personalidades como el entonces  presidente Hoover, quien fue el encargado de accionar el inicial encendido de luces del edificio, el alcalde Jimmy Walker, el propio promotor Al Smith o el por aquel entonces gobernador del estado Franklin Delano Roosevelt, que más tarde se convertiría en uno de los presidentes más determinantes y recordados de la historia de los Estados Unidos, especialmente por sus políticas dirigidas a paliar la Gran Depresión, el llamado New Deal.

Pero al entusiasmo de los fastos y festejos de la inauguración, sucedió la preocupación por la baja ocupación inicial de las oficinas por parte de nuevos inquilinos. 

Si bien los impulsores del proyecto lograron completar la construcción y apertura durante el estallido de la Gran Depresión, fue a partir de 1931 donde los efectos de ésta se propagaron de manera más devastadora por la economía estadounidense y mundial.

El mercado inmobiliario y la construcción sufriría un brutal estancamiento y una ausencia en la demanda de nuevos edificios de oficinas que se prolongará dos décadas.

La estrategia de los propietarios ante esta circunstancia adversa sería no dejar que el edificio aparentase estar vacío a los ojos de la opinión pública.

La solución sería simple: mantener las luces de todas las plantas encendidas, a pesar del consumo eléctrico que ello generaría.

Y si esta desesperada medida no consiguió paliar de manera determinante la ausencia de demanda por parte de nuevos inquilinos, en cambio sí contribuyó a que la ciudad se enamorase irremisiblemente de su nuevo hito.

Una vez abandonadas las utópicas y quizás alocadas pretensiones de que el Empire State fuese ese puerto de atraque para dirigibles, fue en las atracciones para el público que la altura del edificio proporcionaba lo que hizo que tanto a neoyorquinos como a visitantes les entusiasmase pagar el dólar que costaba ascender a su mirador de la planta y 86 y tomar allí una bebida o aperitivo con unas inmejorables vistas al área metropolitana de Nueva York, desconocidas hasta entonces para la mayoría de la población.

A ello contribuiría  también, el estreno el 2 de marzo de 1933 en el Radio City Hall de la película King Kong , el cual encaramándose al Empire State fue la guinda que culminó una inteligente campaña de marketing y publicidad para atraer la atención del público hacia este nuevo prodigio de la arquitectura y la ingeniería.

Aún así, durante los años de la guerra, tampoco se vio exento el Empire State de las medidas preventivas de defensa aérea consistentes en el apagado de sus luces como medida ante posibles ataques.

También, y durante los últimos meses de la guerra, el 28 de julio de 1945,  sufrió el Empire State su único gran percance con la colisión contra su cara norte, entre los pisos 79 y 80 de un bombardero B-25 que volaba hacia un cercano campo de aviación en Newark y cuya tripulación volaba desorientada debido a la espesa niebla reinante ese día sobre la zona.

El accidente se saldó con 14 víctimas mortales, una de ellas en un edificio adyacente sobre el que cayó uno de los motores desprendidos del avión.

Sin embargo, el edificio no sufrió daños estructurales de consideración, por lo que fue reabierto al público solo dos días  después del accidente.

El Empire State Building no fue rentable hasta los años 50, década en la que comenzó a atraer la atención de nuevos inquilinos gracias a la reputación y leyenda que se había creado en torno a él dentro de la cultura popular.

A ello se sumó que en aquellos años dorados de la radio y la televisión, la demanda por parte de muchas compañías de utilizar su torre como privilegiada antena de retransmisión.

A pesar de esta entrada en beneficios, en 1951, Raskob puso el edificio en venta por 51 millones de dólares, el precio más alto jamás demandado por un edificio por aquel entonces.

En los años siguientes, y tras este inicial cambio de propietarios, el edificio volvería a cambiar de manos en varias ocasiones con una serie de complejas transacciones inmobiliarias, algunas de las cuales incluirían hasta un proceso judicial en los años 80 del que fue parte el mismo Donald Trump que pretendía hacerse junto con un grupo inversor japonés del control del edificio, una operación que finalmente no tuvo éxito.

Posteriormente, en 1961, la autoridad portuaria, anuncia su apoyo al nuevo World Trade Center que se empieza a concebir en el bajo Manhattan cerniéndose sobre el Empire State la sombra de un futuro gran competidor y que a la postre sería el proyecto que le arrebatará el título de edificio más alto de la ciudad y el mundo que ostentó hasta 1970 a manos de las malogradas torres gemelas.

La apertura en estas de un observatorio para el público en su planta 110, claramente superior al piso 86 del Empire State supuso un fuerte impacto en su cuenta de ingresos y beneficios.

También muchas compañías que hasta ahora utilizaban sus antenas desde su coronación, decidieron trasladarlas al nuevo complejo del World Trade Center.

A pesar de estos inevitables reveses asestados por la historia y el progreso, este edificio mantenía en 1980 un número de visitas cercano a los dos millones de personas y en mayo de ese año incluso le fue asignado un código postal propio.

En 1981, la Landmarks Preservation Commission, o comisión del patrimonio declara su lobby, primer y segundo piso como hito histórico y en 1986 el edificio en su totalidad pasa a ser Monumento Histórico Nacional por su relevancia en la historia de la arquitectura.

Durante los años 90 se acometerán profundas obras de renovación  y mejora, reemplazando los sistemas contra incendio y de alarma, ascensores, ventanas y climatización además de hacer accesible su terraza de observación en cumplimiento de la ley de accesibilidad denominada Americans with Disabilities Act.

En 2010 se inició un nuevo proceso de renovación a 10 años vista con énfasis en la eficiencia energética y los espacios públicos para mejorar el flujo de los visitantes al edificio.

Esta fase, completada en 2019 incluye el nuevo alumbrado exterior basado en tecnología LED.

A comienzos de la década de los 2000, tras la destrucción del World Trade Center, el Empire State recuperó el título de edificio más alto de Nueva York pero ya muy lejos del trono de los edificios más altos del mundo e incluso siendo únicamente el segundo más alto de EEUU tras la torre Willis de Chicago.

Hoy en día, el Empire State es el 3er edificio más alto de Nueva York tras el World Trade Center One y la torre residencial 432 Park Avenue y en breve se verá relegado de nuevo por el nuevo One Vanderbilt actualmente en construcción en la confluencia de la calle 42 y la quinta avenida.

Tras casi 90 años de majestuosa presencia en el skyline de Nueva York, la silueta del Empire State Building parece un elemento inseparable ya de la historia de esta ciudad y de la vida de los que la han habitado a lo largo de todos estos años, un referente obligado para todo aquel que alguna vez llega a Nueva York y levanta la vista al horizonte en busca de un hito.

Quizás lo más significativo es que, ya sea en la cultura popular, con referencias en la historia del cine como el propio “King Kong”, “An affair to remember” o “Sleepless in Seattle “ como en acontecimientos del mundo del deporte representados por la extenuante subida que cada año se celebra ascendiendo sus escaleras de 1500 peldaños hasta su piso 86, parece que a pesar de haber perdido el Empire State Building hace tiempo su cetro de edificio más alto, aún conservará su parcela en el corazón e imaginario colectivo de muchos de nosotros como ese colosal desafío técnico y empresarial que unos osados emprendedores decidieron llevar a cabo hasta el final, a pesar de no darse para ello las más favorables condiciones.

Hoy, cuando en Nueva York hay en construcción o en fase de proyecto hasta 10 nuevos rascacielos que a medio plazo superarán al Empire State en altura y preeminencia en el skyline, parece difícil que estos nos puedan hacer olvidar la historia de esos visionarios que buscaron un dia ser los más altos.

El paso de las décadas nos enseña que la historia tenía un lugar reservado para ellos.

El podcast Un Minuto en Nueva York cierra 2019 con un episodio hablando sobre el Empire State Building, el icónico edificio construido en 1931 y que todavía hoy destaca en el skyline de Manhattan.

Escucha aquí su historia y la de sus promotores.

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Podcast: Las cuatro vidas del Madison Square Garden

Podcast: Las cuatro vidas del Madison Square Garden
Dentro del catálogo del imaginario colectivo de Nueva York, es difícil no tener en él la referencia del famoso Madison Square Garden, ese gran recinto deportivo y de espectáculos.
 
Y ciertamente no es menos frecuente, a veces, cuando desde Nueva York hablamos desde el quizás menos conocido Madison Square Park, el que se dé una cierta confusión entre ese parque que sin duda es uno de los lugares más agradables y disfrutables dentro del tejido urbano de Manhattan que se sitúa entre las calles 23 y 26 y al final de Madison Avenue, con el recinto del que hoy hablamos en este podcast.

Y no es en absoluto una confusión gratuita, sino que está fundamentada en que en realidad no estamos hablando de un solo edificio o recinto de espectáculos sino en realidad de 4 versiones del edificio que han compartido a lo largo de los años el mismo nombre y que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo y el espacio en  Nueva York, y en algunas de sus versiones, el entorno que hoy ocupa el bonito parque al que nos referíamos al principio, bajo la majestuosa sombra del Flatiron Building.


El actual  Madison Square Garden destaca como sede de grandes citas del deporte como aquel tan recordado como infausto partido para la afición de los New York Knicks en 1995, conocido como el Double Nickel Game de Michael Jordan.
En el Jordan, después de haberse retirado del baloncesto profesional para probar suerte en el baseball, retornaba año y medio después a los Chicago Bulls con su ya famosa rueda de prensa coronada por un lapidario  “I´m back” para enfrentarse al equipo local, los Knicks.
En este partido, Jordan acabaría llevando a su equipo a la victoria con una cuenta anotadora final de 55 puntos. Algo que todavía duele a la afición local de Nueva York cuando se le recuerda.

Menos doloroso, al menos para los aficionados, fue el legendario combate de boxeo del 8 de marzo de 1971 entre Muhammad Ali y Joe Frazier, por el título mundial de los pesos pesados con victoria final para Frazier.

On en el mundo de la música el 20 de octubre de 2001, el concierto benéfico en favor de las víctimas del World Trade Center, organizado  por Paul MCCartney, una cita histórica que incluyó actuaciones de artistas como Mick Jagger, Keith RIchards, The Who, David Bowie, Eric Clapton , Elton John o Billy Joel.

Pero tal como apuntábamos al principio,  este edificio y recinto deportivo que conocemos hoy es solo uno de los cuatro que históricamente ha conocido Nueva York. Hay una historia de edificios predecesores que vamos a repasar en el podcast de hoy.

El lugar: en torno al Madison Square Park, frente a la intersección de Broadway, la 5a avenida y la calle 23.
En la esquina entre la calle 26 y Madison Avenue, que aquí finaliza,existía una pequeña estación de tren de pasajeros del ferrocarril del Harlem, (los ferrocarriles en superficie que existían antes de el metro subterráneo)

Esta estación se trasladó a la 42 en 1871 y en 1974 , un tal P.T Barnum decidió montar un recinto al aire libre de forma oval con bancadas al aire libre también que se utilizó para montar circos y otras representaciones. A este recinto se le llamó el Gran Hipódromo Romano.

Este recinto fue pasando por las manos de distintos propietarios que lo fueron empleando para todo tipo de eventos y espectáculos, desde conciertos, concursos de belleza, boxeo o incluso concursos caninos como el el Westminster Kennel Club, dog show, que a día de hoy sigue celebrándose anualmente en el MSG.
Curioso que por aquel tiempo, el boxeo era ilegal por lo que de manera hipócrita se les llamaba conferencias ilustradas….

A estas alturas de la película, el propietario era Commodore Vanderbilt, (familia de potentados de NYC que construyeron Grand Central Terminal).
A la muerte de éste, su nieto William Kissam Vanderbilt en 1879 se puso al frente del negocio y decidió él mismo asumir la gestión del recinto, y lo primero que hizo fue bautizarlo como Madison Square Garden.

Además de espectáculos tan variados y bizarros como la exposición de un elefante que compró del zoo de Londres, se añadieron otros acontecimientos deportivos como carreras atléticas o ciclismo en pista, con la creación de una pista del velódromo incluso con sus curvas peraltadas.
Por aquel entonces, el ciclismo en pista era de los deportes más populares en EEUU y sus protagonistas eran grandes estrellas del momento.
De todo esto queda que una disciplina olímpica de ciclismo en pista en 2000, 2004 y 2008 , el Madison, tenga sus orígenes en este tiempo.

A pesar de toda esta actividad , este recinto al aire libre era muy frío en el gélido invierno neoyorkino y caluroso en días de verano, por lo que la rentabilidad no era la mejor e hizo que Vanderbilt finalmente decidiera venderlo a un holding formado por otros potentados de la época como eran JP Morgan, Andrew Carnegie, James Stillman y WW Astor, nombres que hoy todavía son notables, 125 años después.

El Segundo

Este grupo de magnates del acero y las finanzas decidieron tirar por la calle de enmedio y tiras el edificio abajo para crear uno nuevo, el segundo Madison Square Garden. No se mataron al pensar el nombre. 

El diseño lo encargaron al que quizás fuese el arquitecto más notable de finales del 19 y principios del siglo 20: Stanford White , la Mckim, Mead & White, autores de grandes edificios como la desaparecida Penn White.
Stanford White tendrá un episodio reservado en este podcast porque lo merece y su historia relacionada con este edificio no tiene desperdicio tampoco.

El edificio nuevo, abierto en 1890 estaba diseñado en estilo Beaux Arts y fue en su inauguración el segundo edificio más alto de la ciudad con su torre minarete copiada de la giralda de Sevilla alcanzando una altura equivalente de 32 plantas, con 200 metros de altura.

El recinto principal interior era el más grande del mundo por aquel entonces con 61 x 110 metros y asientos permanentes para 800 personas. Además, tenía un teatro para 1200 espectadores y una sala de conciertos para 1500., además del restaurante más grande de la ciudad y un jardín cabaret al aire libre en su cubierta.

El edificio, que presentaba en sus decoraciones reminiscencias  moriscas, costó 3 millones de dólares de entonces y fue encuadrado junto con el Central Park y el Puente de Brooklyn dentro de las grandes instituciones de la ciudad de Nueva York.

La torre estaba coronada por la estatua de Diana, obra del escultor Augustus Saint-Gaudens. La estatua original tenía 5.5 metros y pesaba 820 kilos. En un momento dado pensaron que era demasiado grande y la quitaron sustituyéndola posteriormente por otra versión un poco más pequeña y hueca, la cual hoy se encuentra en exposición en Philadelphia y una copa en el Met.

A la inauguración del edificio acudieron más de 17000 personas que pagaron hasta 50$.

Este recinto de espectáculos fue muy importante en el primer cuarto del siglo XX pero tampoco llegó nunca a ser un negocio rentable para sus promotores.

En 1925, el banco que había concedido la hipoteca del edificio, la New York Life Insurance Company finalmente se hizo con el control de la propiedad y ante la poca viabilidad económica que le vieron, decidieron tirarlo.
Este edificio está en el libro Lost New York que he recomendado en otros podcast donde vemos la arquitectura pérdida de NY.

El único consuelo es que en el mismo solar donde estaba este MSG, la compañía encargó a Cass Gilbert la construcción del New York Life building que todavía hoy podemos contemplar en esa intersección de Madison Ave y la calle 26, construido entre 1926 y 1928.

El Tercero

Y como no hay dos sin tres y casi sin solución de continuidad, a este demolido MSG le salió un sucesor, este caso no en el mismo entorno del madison square park, sino que mucho más arriba en Manhattan, Eighth Avenue between 49th and 50th Streets, en la zona llamada Hell’s Kitchen.
El promotor del edificio fue el promotor de boxeo Tex Richard, que logró juntar un grupo de más de 600 inversores que financiaron el proyecto.
El edificio, diseñado por el arquitecto Thomas W. Lamb, costó 4.75 millones de dólares y su construcción que llevó únicamente 249 días, se inició en enero de 1925.

En cuanto a estilo era totalmente distinto al MSG de Stanford White, careciendo de todo ornato, el cual únicamente se encontraba en el entorno de la marquesina de su entrada principal.
Podemos decir que arquitectónicamente fue un edificio con mucha menos trascendencia que las versiones previas del recinto.
El espacio del recinto tenía 61 x 144 metros con asiento en tres niveles que llegaban a albergar hasta a 18500 espectadores, generalmente en combates de boxeo.
El edificio era bastante deficiente en cuanto a su diseño ya que era conocido que la visión de los espectáculos o partidos de hockey o baloncesto era muy mala si no estabas muy cerca de la primera fila.

También era conocida su deficiente ventilación lo que unido a que estuviese permitido fumar en estos recintos, hizo que se formase una auténtica nube de humo en los niveles superiores de este espacio cerrado.
Albergo aparte del boxeo, los partidos de los NY Rangers de la NHL y de los NY Knicks de la NBA.

Demolición

La demolición se llevó a cabo en 1968 después de la apertura del cuarto y actual MSG y concluyó en 1969. En el solar se barajó la construcción del que sería por aquel entonces el edificio más alto del mundo pero esto despertó una gran oposición vecinal y finalmente se restringe la altura edificable en ese distrito. El solar permaneció vacío hasta 1989 cuando en él se construyó un nuevo edificio residencial.

En paralelo a este 3er MSG, habría que hablar de la variante que fue el llamado El Madison Square Garden Bowl en Queens

Madison Square Garden Bowl was the name of an outdoor arena in the New York City borough of Queens. Built in 1932, the arena hosted circuses and boxing matches. Its seating capacity was 72,000 spectators on wood bleachers.

It was located at 48th Street and Northern Boulevard in Long Island City. This was the site where James J. Braddock defeated Max Baer for the World Heavyweight title on June 13, 1935 that was dramatized in the film Cinderella Man. 
The bowl was torn down during World War II to make way for a US Army Mail Depot.

El Cuarto y Actual

La última y actual versión del MSG, situado sobre la actual Penn Station, el MGS4, como decía, es el fruto del error histórico de la demolición de la original Pennsylvania Station, sobre la cual os recomiendo que tiréis hacia atrás en la lista de podcast y escucheis el que hice ya hace casi 5 años.
Todo aquel que haya ido a tomar el tren a Penn Station ahora se dará cuenta de lo que digo.

¿Qué decir del actual MSG?

Está localizado en el Midtown de Manhattan, sobre la estación como os decía entre la 7a y octava avenida y las calles 31 y 33.

Realmente se compone aparte del Garden, del edificio One Penn Plaza, un edificio de 57 plantas completado en 1972.

Se utiliza para conciertos, partidos de baloncesto, hockey, circo, lucha, rodeos, espectáculos sobre hielo.
Sede de los Rangers, Los Knicks y el New York Liberty de la WNBA hasta 2017.

Hoy en día es el segundo recinto de conciertos con más actividad del mundo solo tras el O2 arena de Londres.

Tiene una capacidad que varía hasta los 20000 como máximo en los conciertos a los que hay que añadir el llamado Hulu Theater con otras 5,600 localidades.
También hay en sus sótanos una bolera de 48 calles.

En cuanto a su definición formal, presenta la particularidad de estar construido sobre la estación, sus pasillos y andenes.

Fácilmente desde el exterior se puede distinguir su forma cilíndrica y podemos destacar su estructura de cubierta, que se trata de una estructura suspendida de cables de acero que parten de las 48 columnas perimetrales y de 404 pies de diámetro, la primera de este tipo de manera permanente en EEUU, y una tipología estructural que va a favor de proporcionar un espacio interior totalmente diáfano, adecuado para la actividad que iba a alojar el recinto.

Esta estructura radial de 48  cables de acero recubiertos de zinc no solo soporta el tablero de cubierta del recinto sino también dos pisos más con estructura de acero sobre el espacio diáfano central, lo cual nos habla de lo osado que fue en su día el diseño estructural.

Aparte de esto, el estar montado el complejo sobre las vías hizo que se tuvieran que salvar grandes luces con enormes vigas de acero, dicen que las de mayores dimensiones utilizadas nunca en Nueva York hasta la fecha. 

Ha pasado por dos grandes obras de renovación, en 1991 y 2011, dando al final un coste de construcción de más de 1100 millones de dólares, un edificio muy caro a lo largo de su vida útil.

Ahora se da el problema de que el estado quiere acometer la gran reforma de Penn Station para hacerla una estación digna que haya competencia a Grand Central.
El problema es que el Garden está encima. De momento, lo que se está haciendo es dotar a la estación de un nuevo acceso desde la emblemática oficina de correos Farley, en la Octava Avenida con un nuevo hall de entrada.

También se barajan propuestas para la construcción de una nueva estación y ahí es donde nos encontramos ahora, con un futuro un tanto incierto.

Y todo confluye en que la actual licencia de actividad del MSG actual concluye en 2023.

Según un artículo de las ordenanzas urbanísticas municipales, la Zoning Resolution, todo recinto con capacidad de más de 2500 localidades precisa de un permiso especial. Esto nos conecta con el año 1963, cuando el permiso inicial de actividad del MSG se concedió por 50 años, algo que no es frecuente, pero tampoco está claro porque en ese caso se hizo así.

Bien, en 2013 ese permiso expiraba pero a pesar de la presión de muchos grupos de presión que buscaban y buscan la renovación de Penn Station, la ciudad y en un gesto que buscaba dar tiempo a los propietarios del Garden para establecer sus planes para el futuro, les concedió una extensión del permiso de 10 años. Técnicamente, podrían reducir la capacidad a 2500 espectadores y quedarse permanentemente, pero eso no parece factible frente a la actual capacidad de 20000.

Lo más grave es que los propietarios del Garden no han mostrado hasta ahora signos de estar haciendo nada con respecto a planes de futuro, y no se descarta que en 2023, el city council decrete un cierre del MSG. Desde luego que va a haber presiones y veremos en qué queda ese enfrentamiento.

Podrían negociar con la ciudad una excepción en las normas pero desde luego que tendrán que argumentar muy bien y probablemente tendrán que dar algo a cambio o la ciudad ofrecer una alternativa a los propietarios para irse.

Aun así, y quedando el Garden donde esta, lo que parece que es imparable es la renovación de Penn Station. A ello están contribuyendo la construcción del nuevo hall en la oficina postal y el túnel de interconexión entre Penn Station y Gran Central, que se abrirá en 2022 y que hará que esta última pueda asumir algo del tráfico ferroviario durante las obras.

Se quede el Garden o no, parece claro que el complejo va a cambiar en los próximos años así que habrá que permanecer atentos a las distintas propuestas y negociaciones que van a llevarse a cabo en los próximos años.





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